Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






"LA CRISÁLIDA", de Gerard F. Fast. Relato.






          La crisálida

El entomólogo Martín Esparza examinaba aquella cosa dando vueltas alrededor de ella. El inspector de policía Aitor Ayala lo observaba con gesto grave.
—Esto es lo que hay, Martín. No me digas que no es lo más raro que has visto en tu vida —le había dicho momentos antes el inspector al entomólogo.
Martín se había echado la gafa a la nariz y había mirado a la cosa con aire circunspecto. Ésta colgaba del techo por un delgado hilo de seda, a escasos centímetros del suelo de la salita de estar del piso de Beñat Maiz. Tenía la forma de un gusano y estaba cubierta de duras protuberancias, algunas de ellas afiladas. Su color era de un gris blanquecino, salpicado de puntos negros. En la zona superior, en lo que podría considerarse la cabeza y el tórax, dos bultos imitaban los ojos; esta zona era un caparazón de dura quitina, como pudo comprobar el entomólogo cuando la golpeó repetidas veces con los nudillos. La parte inferior, la abdominal, era blanda, y se movía convulsivamente a derecha e izquierda cada vez que el científico hundía un dedo en ella para comprobar de qué estaba hecha.
—Si no fuera porque es imposible, yo diría que estamos ante la crisálida de una Pierias rapae —dijo el científico al concluir el examen.
—Tendrás que aclararme qué es una Pierias rapae, Martín —le pidió el inspector.
—Una mariposa. Vulgarmente se la conoce como «blanquita de la col»; sus alas son blancas, con algunas manchas negras. Es muy común.
El inspector se rascó la sien.
—¿Hay mariposas de este tamaño? —preguntó señalando la cosa.
—No, y tampoco es exactamente una crisálida gigante de Pierias rapae; sólo digo que se le parece mucho. De lo que sí puedes estar seguro es de que no verás nada igual en ningún lugar del mundo.
El inspector torció el morro; tocó con un dedo el abdomen de la cosa y ésta se movió de un lado a otro, como si diera un coletazo. El propietario del piso, Beñat Maiz, no había dado señales de vida en tres días, y sus familiares, así como los compañeros de trabajo, se habían alarmado y habían dado parte a la policía. Ésta se personó en el domicilio del desaparecido, acompañada de un cerrajero y dos testigos tomados aleatoriamente de entre los vecinos.
—Hasta que no lo escaneemos no sabremos qué es esto realmente —agregó el científico.
El policía uniformado que estaba junto al inspector se hizo a un lado, y cuatro bomberos entraron con una escalera y una cizalla; cortaron el hilo de seda que sujetaba al techo la supuesta crisálida  y se la llevaron.




Unidad de Medicina Nuclear del Hospital Universitario

La «cosa» reposaba sobre la bandeja del escáner de la Unidad de Medicina Nuclear, en el Hospital Universitario; permanecía sujeta con correas, para evitar los latigazos del abdomen. La habían tallado; medía ciento ochenta y cinco centímetros de largo y pesaba ciento dos kilos. A un lado y a otro de la bandeja estaban el inspector Aitor Ayala, el entomólogo Martín Esparza y dos médicos de la Unidad. Cuando uno de los médicos apretó un botón, la bandeja se introdujo en el escáner y el interior de la cosa apareció en un monitor de cuarenta y dos pulgadas que colgaba verticalmente de una barra metálica, junto a la cabecera del escáner. La imagen que se veía en el monitor era la de un joven entre veinticinco y treinta años, desnudo, sumergido en algo que podría ser líquido amniótico.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —dijo el entomólogo.
El inspector no apartaba la vista del hombre desnudo que aparecía la pantalla.
—Si te refieres a que si creo que ese chico puede ser Beñat Maiz, entonces, afirmativo —respondió.
Los médicos extrajeron una muestra del líquido amniótico de la crisálida y otra del cuerpo del hombre desnudo. Los análisis de ADN de ambas muestras se cotejaron con los realizados a familiares de Beñat; el resultado fue que las muestras coincidían: el cuerpo desnudo que estaba dentro de la crisálida era el cuerpo del muchacho desaparecido.




En la morgue

El inspector Ayala acudió al hospital en cuando le avisaron de que la crisálida había sufrido visibles mutaciones en las últimas horas, y que se preveía un posible desenlace del caso.
La crisálida se hallaba sobre una mesa de acero inoxidable, de las que se utilizan en las morgues para diseccionar los cadáveres. Su color había cambiado desde la última vez que la vio, hacía tres días. Ahora, en vez de gris, era marrón oscuro. Estaba seca y como  acartonada.
Martín Esparza, al lado de la mesa, charlaba con dos mujeres y un hombre vestidos con batas blancas; de vez en cuando, el grupo apuntaba con el dedo a la crisálida.
—Está a punto de eclosionar —le dijo el entomólogo al inspector—, por eso te hemos llamado con urgencia.
—¿Ha habido algún cambio en el interior de la crisálida? —preguntó el inspector.
—No, ninguno —le respondió Martín.
La crisálida comenzó a convulsionarse.
Por el vientre, a la altura del caparazón de quitina, la crisálida se abrió y por la abertura primero asomó la cabeza de un joven bañada en un líquido gelatinoso dorado; le siguieron los hombros y después los brazos. Tras estos fueron las manos, que el joven utilizó para ensanchar la grieta abierta en el vientre reseco de la crisálida.
 El joven quedó en cuclillas dentro de la crisálida, en la abertura, chorreando gelatina dorada.
De pronto, se levantó, extendió los brazos como si fuera a volar y los elevó rápidamente hasta ponerlos por encima de la cabeza. La gelatina adherida al cuerpo y a los brazos se transformó en una membrana. Por unos instantes, pareció que al chico le habían crecido alas de mariposa cubiertas de deslumbrantes estrellitas. Finalmente el joven quedó de pie, hundido en el vientre abierto de la crisálida.
Desde lo alto de la mesa miró a los científicos y al inspector.
—¿Sabes quién eres?, chico —le preguntó el entomólogo.
El muchacho, que no había dejado de sonreír ni un instante, respondió muy seguro:
—Soy Beñat Maiz.
—Muy bien, Beñat, veamos cómo te encuentras. Siéntate en el borde de la mesa, para que podamos auscultarte —le pidió una de las doctoras.
El chico dudó. Luego, con movimientos cuidadosos, abandonó la camisa de la crisálida, se sentó en el borde de la mesa y esperó a que la doctora se acercara con el estetoscopio.
De la anatomía perfectamente conformada y bella del joven resbalaban colgajos dorados de gelatina que se espesaban por momentos.
La doctora se detuvo a escasos centímetros del risueño Beñat. Lo miraba a los ojos, arrobada.
—¿No les parece, amigos, que este muchacho rebosa salud?  —dijo volviéndose a sus colegas. Éstos confirmaron el diagnóstico sin pestañear, cautivados también por la prestancia de Beñat.
Desde el momento en que el joven puso parsimoniosamente el pie fuera de la crisálida hasta que se hubo sentado en el borde de la mesa, la habitación se había ido llenando de buenas vibraciones; los ojos de todos se habían cubierto de brillos acuosos, y una repentina cascada de pensamientos sublimes inundó los espíritus.
—Llevémosle a una habitación, para cuidarlo —sugirió la doctora del estetoscopio.
Espantosos ascensores de acero, fríos como la nevera de una morgue, y un laberinto de asfixiantes pasillos iluminados con las pálidas luces de las fluorescentes, se sucedieron antes de llegar a la planta onceava.
Tendido bocarriba en una camilla empujada por dos celadores, escoltado por una legión de rostros sonrientes que se disputaban el privilegio de verlo, Beñat cubrió la distancia hasta la habitación que le habían asignado.  Durante el recorrido las curaciones fueron moneda corriente.
Los enfermos sanaban allá por donde pasaba Beñat. Salían de los cuartos como lázaros de sus tumbas y caminaban detrás de la camilla, en procesión, arrebatados por un vivo y repentino deseo de hacer el bien; y no les importaba si las batas del hospital, abiertas por detrás, les dejaban el culo al aire y a la vista de todos.
 Cuando el cortejo llegó a la habitación de la onceava planta, en el hospital ya no había una sola persona enferma. El influjo benefactor de Beñat las había curado a todas.
Los doctores, en cuyos pechos ardía el oculto deseo de retener a Beñat en el hospital en calidad de fetiche, programaron una interminable lista de pruebas médicas.
—Odio los hospitales —manifestó Beñat, ante la insistencia de los médicos.
—Es por su bien, joven —le respondió el gerente.
—¡Un momento! —saltó el inspector Ayala—. Si el señor Beñat Maiz desea abandonar el establecimiento, legalmente nada ni nadie puede impedírselo.




Beñat Maiz

Los extraordinarios poderes de Beñat asombraban al mundo. Sus prodigios ocupaban las primeras planas y su nombre los encabezados. Su sola presencia bastaba para curar a los enfermos; los miembros amputados se regeneraban; los ciegos veían; los mudos hablaban; los sordos oían; los impedidos dejaban de serlo. El que ignoraba, sabía; el malvado se hacía bondadoso.
 Los gobiernos requerían a Beñat.
 Bastaba con pasearlo sobre una ciudad, colgado de un helicóptero, en una canastilla, como si fuera un incensario, para que la ciudad sanase tanto de espíritu como de cuerpo.
Allá donde estallaba un conflicto bélico, allá las Naciones Unidas enviaban a Beñat y la paz reinaba al instante.
Que una sequía asolaba un territorio, se colgaba a Beñat de la canastilla del helicóptero y las nubes aparecían de pronto y regaban el suelo. Que un siniestro volcán amenazaba con tragarse una población, se llevaba a Beñat en la canastilla y mano de santo.
 Beñat daba sesudas conferencias de filosofía. Beñat resolvía complicadas ecuaciones matemáticas. Beñat disertaba de medicina, de arte, de astronomía, de historia.  Beñat por aquí, Beñat por allá. Beñat, Beñat, Beñat, y a todas horas Beñat.
Todo el mundo quería a Beñat.
Habían surgido asociaciones que impulsaban la idea de cambiar el nombre al planeta y llamarlo «Beñat» en vez de Tierra.
Pero ¿cómo era Beñat? ¿Cuál era su aspecto físico? ¿Qué lengua hablaba?
Nadie se ponía de acuerdo.
Beñat parecía pertenecer a todas las etnias y a todas las culturas. La gente veía en él los rasgos de los seres más amados, los de los hijos, los de los antepasados. La gente veía lo mejor de sí misma, el yo infantil y oculto, cuando miraba a Beñat.
La traca final a sus prodigios la puso Beñat ante una multitud de ansiosos seguidores, los cuales no deseaban otra cosa que verlo e insuflarse de su esencia. Subido en la plataforma de una grúa, a quince metros de altura, extendió los brazos sobre los miles de cabezas. De todas las coronillas se elevaron finos hilos multicolores que fueron a confluir en las manos de Beñat, que los esperaba con los brazos en cruz.
Los hilos vibraron en el aire como si fueran cuerdas de marioneta y luego les fue cambiando el color y cogieron un tono dorado, como el del oro viejo. Los semblantes resplandecieron y los ojos lloraron: la gente había entrado en el interior de Beñat. La gente había visto la quintaesencia de la Creación y el primer soplo de la historia del Universo.





En la casa de Beñat Maiz

El inspector de policía Aitor Ayala y el entomólogo Martín Esparza se hallaban parados ante el domicilio de Beñat Maiz.
—Abra —le dijo el inspector al agente uniformado. Éste se agachó ante la cerradura y empezó a manipularla con un racimo de ganzúas.
Beñat Maiz se había enclaustrado cinco días atrás en el último piso de una torre de cristal de ciento cincuenta metros de alto. Tras dejar dicho que no se le molestase, a diario una empresa de catering le colocaba en el felpudo una bandeja con comida y luego se la retiraba. Pero hacía dos días que la bandeja aparecía con los alimentos sin consumir. Alarmado, el portero tocó el timbre y aporreó la puerta hasta que no hubo dudas de que nadie iba a abrir, en vista de lo cual el administrador de la finca consideró que había llegado el momento de dar parte.
El inspector Ayala había llamado a Martín en cuanto supo que se trataba de Beñat. Ahora, los dos contemplaban asombrados el inmenso desorden: documentos manuscritos que tocaban todas las ciencias y ramas del saber, y grandes láminas con planos de misteriosas máquinas de aspecto futurista, bañaban los muebles y el suelo del piso de Beñat.
—Que nadie toque nada —advirtió el inspector a los cuatro agentes uniformados que lo acompañaban. Estos se pararon en la puerta del salón. Detrás de ellos, el administrador de la finca, el portero y varios vecinos, estiraban el cuello para ver mejor.
Beñat se hallaba sentado de espaldas a la puerta, reclinado sobre una larga mesa de madera que rebosaba escritos y dibujos. El entomólogo lo examinó: el cuerpo del prodigioso joven estaba acartonado, oscuro, reseco y rígido, como una mariposa ensartada en un alfiler de coleccionista.
—Lleva varios días muerto —sentenció tras la inspección.
El inspector Ayala pasó las yemas sobre un puñado de folios con fórmulas matemáticas que había sobre la mesa. Los brazos de Beñat tapaban unas láminas con dibujos al carboncillo y sanguina, en los que se representaba una máquina metálica que evocaba vagamente a una crisálida de Pierias rapae. En los dibujos se veía cómo un hombre se introducía en la máquina y salía rodeado por un halo de luz.
 Los dibujos ilustraban con todo lujo de detalles las partes y componentes de la máquina y cómo construirla.
 En otra lámina aparecía el dibujo de un ángulo recto con el vértice hacia arriba, como un compás, y dentro del ángulo un círculo. La mano derecha de Beñat aún sostenía entre los dedos índice y anular la barra de sanguina con que habían sido trazadas las figuras geométricas. Resultaba evidente que este dibujo era lo último que Beñat había hecho en  vida.
El inspector miraba el dibujo, abstraído.
—¿Qué habrá querido decirnos al dibujar este símbolo? —dijo.
El entomólogo se puso a su lado.
—Representa al Gran Hacedor, el ojo Del Que Todo Lo Ve —le aclaró Martín.
—¿El ojo de Dios?
—Sí.



2 comentarios:

Alberto dijo...

Éste sí que está enteramente escrito con el tempo adecuado. Además, tu narrativa trasmite mucha más fuerza que en otras ocasiones, y los diálogos me parecen mejor encajados, dando mayor fluidez al texto. Para mí, el mejor junto a "La invasión". Parece que en ese universo, deudor de los films de ciencia-ficción de serie B, te desenvuelves muy bien.

Tienes que animarte con algo así pero más largo.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Alberto. Estoy tratando de acabar una novela. Los relatos los escribo para atraer lectores a mi novela "El arpa mágica"; a la vez, me sirven para coger estilo y para distraerme de los problemas diarios. "La crisálida" me ha servido para esto último.

Un abrazo.