Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






"GRANADA, 1039", de Gerard F. Fast. Relato






El relato está inspirado en un hecho real. El 20 de octubre de 1039 el príncipe Badis de Granada mató con sus propias manos al intelectual y poeta de origen árabe Abu-´l-Fotuh, que murió sin soltar una queja. Junto a éste, Badis asesinó a un capitán bereber,el cual suplicó por su vida, lo que irritó aún más al príncipe.


A finales del verano de 1039 la ciudad de Granada vivía con el alma en vilo. La tragedia se cernía sobre sus habitantes como un negro nubarrón que amenazaba descargar el infortunio con la equidad del pedrisco, que no mira sobre la testa que cae y distribuye chichones en igual proporción tanto al hacendado como al humilde.
Quien más y quien menos ya había colocado sus pertenencias a buen recaudo, y lo tenía todo dispuesto para escapar a uña de caballo al menor rumor de desastre.
Hacía ya tres días que el príncipe Badis-ibn-Habbus había partido de Granada para salir al encuentro de Ismael — el hijo del cadí de Sevilla—, que sitiaba la ciudad de Carmona. El príncipe de Carmona, Jalil-inb-Abdallah, había enviado a Badis un propio con una misiva en la cual solicitaba ayuda en términos desesperados.
Engrosaban las tropas de Ismael un grupo de sediciosos granadinos, encabezados por un emigrante árabe llamado Abu-´l-Fotuh. Tan diestro manejando la pluma como la espada, Abu-´l-Fotuh  era querido y admirado por la descontenta aristocracia de Granada, que no veía el momento de destronar al borrachín, zafio, ignorante y cruel Badis, y de paso cortarle la cabeza y exponerla a la entrada de la ciudad para escarmiento de futuros aspirantes a tirano.
Ninguna noticia se tenía, pues, del frente. Si bien, se sabía en Granada, para desazón de todo el mundo salvo de los descontentos, que las tropas sevillanas eran harto numerosas y que ya habían metido mano a las ciudades de Osuna y Écija, antes de poner sitio a Carmona.



Yahya descansaba plácidamente sobre un jergón de paja en el puesto de guardia, un cuchitril maloliente sin más iluminación que la proporcionada por tres mezquinas lámparas de aceite que pendían del techo y la poca luz natural que se colaba por las dos saeteras que defendían el pasaje de entrada a la alcazaba.
Pensativo, miró la singular cota de escamas que colgaba de un clavo en la pared como la piel reseca de un reptil de fábula. Las escamas de la cota eran de cuerno de vaca: blancas, jaspeadas con tierras ocres y aguas grises y negras. La había comprado en el bazar, en el tenderete de Mohamed-ibn-Barca. Importada de Normandía, la cota no se oxidaba, era fácil de limpiar y ofrecía una resistencia al acero mayor que las fabricadas con los materiales de siempre. Al menos eso le había asegurado Ibn-Barca, antes de vaciarle la bolsa tras un encarnizado regateo. El precio final de la cota había sido escandaloso. Pero merecía la pena. Se trataba de una pieza única.
Yusuf, el oficial de puesto, de cuerpo grueso y enérgico, pasaba limpiamente de los cincuenta años.
Estaba sentado en un catre, la espalda apoyada en la mugrienta pared de sillería y los pies sobre un taburete; se hurgaba los dientes que le quedaban con una pajita que había extraído por una rendija del colchón.
Sentados a una mesa, dos guardias comían queso y gachas en platos de madera. Se trataba de Hafiz e Idriss, dos tipos con los que Yahya  no se llevaba ni bien ni mal.
El puesto de guardia consistía en una sala alargada, con un calabozo al fondo que encerraba un costal de habas. Había también un armero con cuatro lanzas y cuatro escudos de madera de tilo con umbo metálico en el centro.
Desde su lecho, Yahya podía ver unos pies balancearse dentro de unas botas de cuero: los pies de Nadim. El chico estaba sentado en el borde del catre superior de la litera.
Se quitó una legaña. Luego, cuando llegase el relevo, se daría una vuelta por el zoco.
Sí señor, eso es lo que haría Yahya: darse una vuelta por el zoco.
Dos horas más tarde, llevaba puesta la cota de cuerno de vaca y se paseaba por las estrechas calles de la ciudad. A cada paso que daba el entrechocar de las escamas producía un sonido como de castañuelas.
La mañana era espléndida y apetecía sumergirse en las callejuelas umbrías de Granada, protegidas del sol por toldos de colores abigarrados que volaban de una terraza a otra. Pasear por el zoco, oír a la gente regatear por cualquier bagatela en los tenderetes, dejarse aturdir por el acompasado batir de los mazos de los caldereros, detenerse ante los puestos de los zapateros remendones, contemplar a los alfareros bregar con la arcilla en los tornos, sentir el sugestivo aroma a cuero, a barro, a especias, le proporcionaba a Yahya un sin cuento de placeres. Una sensual miscelánea de aromas y colores,  de sonidos y voces en tolerable confusión babélica —el hebreo de los judíos, el árabe hispano de los musulmanes, el romance andaluz de los cristianos…—, despertaban Granada.
—¿Qué novedades tenemos, Yayha? –le preguntó Mohamed- Ibn-Barca desde el tenderete, parapetado tras un muro de quincalla.
—Ninguna —respondió Yayha. Se interesó por un manojo de linternitas de hierro que pendían de una trencilla de esparto y hurgó en él.
—¡Ninguna, ninguna! ¡Esa no es una respuesta que me tranquilice! Tengo miedo, Yahya, ¿entiendes? —Mohamed bajó la voz y abrió mucho los ojos. —Si las tropas de Ismail entran en la ciudad arrasarán con todo. Mírame, tengo cincuenta y seis años. No es edad para empezar otra vida. ¿Qué va a ser de mi mujer y mis hijitas? –Mohamed tenía tres hijas, de quince, diecisiete y veinte años. A Yahya se le dibujaron en la mente. Las mujeres jóvenes era lo primero que iba a buscar la chusma que mandaba Ismael cuando entrase en la ciudad. —¿Me dices todo lo que sabes, Yahya, o simplemente no quieres alarmarme?
—¿Estaría yo paseando tan tranquilo si Ismail estuviera a la vuelta de la esquina? —Yahya hizo una pausa mientras descolgaba dos de las linternitas de aceite y las examinaba de cerca. —¿Y estaría de esta guisa, enfundado en esta armadura de cuerno de vaca, con el calor que hace, si supiera que todo iba bien? No sé nada, Mohamed, te digo la verdad —añadió.
Ibn-Barca examinó a Yahya de arriba abajo, expectante: parecía una especie de animalejo raro, con esas escamas de cuerno de vaca. No sabía si fiarse de él. El tenderete de Ibn-Barca se caracterizaba por exponer, además de quincalla común, objetos exóticos y raros. La armadura de cuerno de vaca que llevaba Yahya, por ejemplo, Ibn-Barca se la había comprado a un comerciante judío que mercadeaba con los reinos del norte. Yahya se había encaprichado de ella nada más verla. Era una rareza, desde luego. No se trataba de un producto que se pudiera permitir un cabeza de familia, pero sí un solterón con sus buenos ahorros, como Yahya, dispuesto a rascarse la bolsa y costearse caprichos.
El quincallero lo miró, receloso.
—Ven en cuanto te enteres de algo. Prométemelo, Yahya. —Le regaló las dos linternillas a cuenta del favor. —¡Tienes que avisarme con tiempo! —insistió.
Media hora más tarde, los almuédanos voceaban desde los alminares la derrota de Ismail. Un mensajero había traído la noticia  justo cuando Yahya visitaba el tenderete de Mohamed-Ibn-Barca.
Yahya se olvidó de Ismail. En un puesto de frutas compró granadas y peras, y de otro, en el que vendían hierbas, se llevó un saquito con semillas de arveja.



La bolita de miga de pan rebotó en la frente de Yahya, que dormía apaciblemente en su litera.
Yusuf se sorprendió de su puntería: había acertado en el entrecejo de Yahya, justo donde había apuntado. Por si acaso la primera bolita no lo despertaba, ya estaba moldeando otra dispuesto a repetir la proeza de estamparla en la frente de Yahya. No hizo falta, éste abrió los ojos tras el primer impacto.
—Id a relevar a Hafiz y a Idriss—le dijo Yusuf.
Nadim estaba de pie, frente a la litera. Miraba sonriente a Yahya, y al sonreír las palas le asomaban como si fuesen los incisivos de un roedor. Terminaba de vestirse, y en ese momento se abrochaba el cinto de la espada.
—¿Quién me ha despertado? —le preguntó Yahya, tanteándose la frente. Notaba la molestia producida por el impacto de la miga, pero desconocía qué había pasado.
—Ha sido Yusuf, con una bolita de pan. Dormías como un cachorrillo —le respondió Nadim.
—¿Como un cachorrillo de qué? —preguntó Yahya, mientras se incorporaba.
—De gato.
Yusuf estaba sentado a la mesa, comiendo queso y pan. Junto a él estaban Mustafá y Rachid, dos zoquetes de unos treinta años; habían llegado desde África hacía ya nueve años y aún hablaban el árabe andalusí con acento bereber.
Yahya cogió la espada, que colgaba a los pies de la litera.
—¿De gato?
Nadim se encogió de hombros.
A sus dieciocho años, Nadim era un joven alto y bien plantado, de pelo castaño y piel blanca, como su madre hispana. Veinticinco años atrás, el padre de Nadim, Hassan-Inb-Anwar, y Yahya habían partido de un pueblo de pastores en las montañas del Atlas para viajar hasta Al-Andalux y ejercer de soldados de fortuna. Luego Hassan dejó de ser soldado, y con el fruto de los pillajes compró una granja en la vega de Granada.
Hassan le había pedido a Yahya que le buscase a Narim alguna cosilla, como soldado. Así que Yahya había hablado con Yusuf, y éste había movido los hilos precisos para que Narim se quedase como guardia en la alcazaba. El chico había resultado ser espabilado y muy predispuesto a aprender el antiguo oficio de su padre.
—Conque un cachorrillo de gato —dijo Yahya. Se colocaron en la cabeza la cofia de cuero y los yelmos, y armados con lanza y escudo salieron afuera.
Hafiz e Idriss estaban sentados a la sombra, en un poyo de piedra a la entrada de la alcazaba. Se esfumaron por el vano del puesto de guardia en cuanto vieron aparecer a Yahya y Narim.
El sol proyectaba sombras cortas y oscuras sobre los pálidos adoquines de la plaza. Una nube solitaria aguardaba a que una ráfaga de viento desplazase su cuerpo blanco y esponjoso por el firmamento azul. En los bajos de las casas de enfrente había una de esas tabernas con mesas en el exterior, tan habituales en Granada, regentada por un cristiano llamado Orosio; en una de las mesas dos hombres disfrutaban del fresco vino de una jarra de barro.
Yahya notó que debajo del casco los piojos le empezaban a nadar en un mar de sudor. Un riachuelo salado surgió de la cofia de cuero y se deslizó rápidamente desde la sien hasta la barba. Se enjugó el sudor con la manga de la camisa. No llevaba puesta la armadura de escamas de cuerno de vaca, pero aun así el calor se hacía notar; envidiaba a los dos tipos sentados a la sombra, en la taberna del cristiano.
Un hombre con un burro y un carro vendía nieve de Sierra Nevada a la sombra de un grupo de pinos de copa ancha, junto a un pozo. Se llamaba Gabriel, y era uno más de los muchos judíos de Granada, a la que acertadamente se conocía como «la Ciudad de los Judíos». Además de la nieve, que llevaba en unas tinajas de barro envueltas en corteza de árbol, Gabriel también vendía miel, quesos, legumbres y artículos de buhonería. Con la nieve fabricaba helados de sabores a fresa y limón, que gustaban mucho a los granadinos; llenaba de nieve unos cuencos de madera y la regaba con un líquido rosa que sabía a fresa, o con otro transparente que sabía a limón. Al terminar de comer el helado había que devolverle los cuencos.
—Hace calor, ¡eh!, Narim —dijo Yahya—. No nos haría ningún mal zamparnos uno de esos sharbets.
—¡Vaya que sí! —exclamó el chico, relamiéndose.
—¿De qué sería el tuyo?
—De fresa.
—Anda, corre y pídele a Gabriel dos sharbets. El mío que sea de limón. Deja aquí el escudo y la lanza. —Yahya  sacó de una bolsa que le colgaba del cinto dos monedas cobre y se las dio a Narim.
El judío Avshalom y su hija, la hermosa Myriam, acompañada de su marido Calev, habían asomado por una de las callejuelas que daban a la plaza y ahora caminaban hacia el carro de helados de Gabriel. Avshalom era un erudito que hablaba varias lenguas y conocía los secretos de las letras, de los números y de los astros. Amigo íntimo de Samuel Ben-Naghedela, el visir judío de Badis, solía visitar con relativa frecuencia la alcazaba. Yahya lo conocía de estas visitas y levantó la mano para saludarlo.
Casi a la vez que Avshalom y su familia entraban en la plaza, por otra calle, la más ancha de las que ascendían hasta la alcazaba, había aparecido una escuadra compuesta por cuatro soldados de infantería, más dos soldados y un capitán, de a caballo. Los siete hombres escoltaban un carro tirado por una mula, que transportaba dos prisioneros.
Yahya apoyó un hombro contra la pared y observó intrigado a la perezosa tropilla que avanzaba hacia él. Una vieja doblada por la cintura cruzó apresuradamente la plaza con una enorme hogaza bajo el brazo; había surgido de una tahona, tres portales más allá de la taberna de Orosio. A su vez, Narim corría con los helados de vuelta al puesto de guardia. Yahya reconoció al carretero que conducía el carro con los cautivos. Se trataba de Said, un comerciante de Jun. El carro lo utilizaba para transportar tejas y cacharros de barro, y así se ganaba la vida y no debía nada a nadie. Pero también se encargaba de llevar reos al cadalso, si se lo pedían; cobrando, naturalmente.
Yahya se llevó a los labios el cuenco con nieve y jugo de limón que le había entregado el chico. La acidez del cítrico le hizo arrugar la cara.
—Dile a Yusuf que salga —le dijo a Narim.
—¡Yusuf! —gritó el chico.
—¿Qué pasa? —respondió Yusuf desde dentro.
—Que salgas.
Yahya se volvió hacia Narim.
—Para llamarlo desde aquí, lo hubiera llamado yo. No me hacía falta pedírtelo a ti —le reprendió, molesto.
El capitán había descabalgado. Se trataba de un hombre de unos treinta años, bien plantado. Parecía aburrido y sus movimientos eran perezosos.
—Dad de beber a los caballos y ponedlos a la sombra —les ordenó a los dos soldados de a caballo.
Los dos jóvenes bereberes cruzaron la plaza, llenaron el abrevadero adosado al pozo y acercaron a él los caballos. Ellos bebieron del balde de madera utilizando una cacilla de hierro que estaba atada al pozo con una cadena. Sentados en el borde del abrevadero, se relamían con la visión de Gabriel despachando tres cuencos con helado a Avshalom. Cuando la familia de judíos desapareció calle abajo, los jóvenes bereberes hablaron entre sí en su lengua africana; luego se acercaron al carro y pidieron dos helados de fresa en un torpe árabe andalusí. Gabriel les sirvió disimulando su mala gana. Los mercenarios bereberes no caían bien a nadie en Granada,  pues eran ignorantes, burdos y, además, se les atribuía toda suerte de crueldades.
Salam —saludó el capitán de la tropilla.
Salam, Hassan —le respondió Yahya. Hassan era un valeroso granadino; un buen tipo, gallardo, de alta cuna y con dotes para la milicia.
Los cuatro soldados de infantería de la escolta se habían arrimado al poyo; sacaron de sus macutos arenques desecados, amarillentos y negruzcos, y algo de queso y pan.
—¡Eh!, muchacho, tráenos un poco de agua, haz el favor —le pidió a Narim uno de los soldados. Narim corrió adentro; salió con un cubo de madera con agua y una cacilla. Detrás de él asomaron por el vano las jetas de Hafiz, Mustafá, Idriss y Rachid, atraídas por el jaleo.
Yusuf hablaba con Hassan. Estaba sorprendido de que le trajeran dos prisioneros del campo de batalla. De ordinario, la celda del puesto de guardia solía albergar temporalmente delincuentes comunes, de paso a las lóbregas mazmorras de la alcazaba en donde aguardarían la llamada del cadí, y beodos y gamberros sin importancia que el propio Yusuf despachaba al día siguiente con dos guantazos bien dados.
—El mismo Badis en persona me ha pedido que te los traiga —dijo el capitán.
—De modo que Badis. Y ¿quiénes son esos dos pájaros? —preguntó Yusuf.
— Abu-´l-Fotuh y Jalil-el-Kabir.
Yusuf  torció el gesto, y lo mismo hizo Yahya. Ambos conocían al capitán de Badis, Jalil-el-Kabir; y Abu-´l-Fotuh era un reputado poeta. Que Badis se hubiera fijado en ellos no auguraba nada bueno para los dos cautivos.
—¡Eh!, Yusuf, ¿por qué no me haces un favor y descargas los prisioneros?, para que me pueda ir. Sabes que suelo estar muy ocupado —se lamentó Said de Jun, el carretero.
Salam, Said. ¿No te pagan por estar aquí el tiempo que haga falta? —le respondió Yusuf.
Salam ale kum, Yusuf; que el Profeta te ilumine. Desde luego que puedo tirarme aquí todo el día. Pero ahora recuerdo que mañana por la mañana tengo que llevar a tu casa de la vega cincuenta tejas. Claro que no podrá ser, si no cumplo con los encargos que tengo para hoy.
—¡ Hafiz, Idriss!, bajad a esos dos del carro y llevadlos dentro —ordenó Yusuf.



Habían transcurrido seis horas desde que Jalil-el-Kabir y Abu-´l-Fotuh fueron llevados a la alcazaba y encerrados en el calabozo del puesto de guardia. Sus ropas estaban sucias, desgarradas y cubiertas de lamparones de sangre coagulada. Abu-´l-Fotuh permanecía sentado en el suelo, encogido, con los brazos cruzados sobre las rodillas y la frente apoyada en ellos, como si durmiese. Parecía ausente, y no había probado las habas que le dieron para comer.
Cuando los encerraron les dieron un barreño con agua, y ellos mismos, Abu-´l-Fotuh y El-Kabir, se limpiaron las heridas. Jalil tenía el pómulo derecho inflamado, la nariz rota, el labio partido y la cabeza llena de chichones. Alguien le había dado una buena zurra. Permanecía pegado a los barrotes; su alargada cara podría colarse entre ellos con suma facilidad; y si quisiera, su inmensa y afilada nariz ganchuda podría ensartar, sin complicaciones, una de esas rebanadas de pan negro con aceite y ajos que comía Yusuf.
—Tengo rota la clavícula —se quejó.
—No la tienes rota —le respondió Yahya, desde la litera. Jalil tenía un extenso moratón en la zona del hombro, pero nada de qué preocuparse.
Al final de la batalla, cuando el ejército de Ismail huía despavorido, a Jalil lo derribaron del caballo y cayó en mala postura, sobre el hombro. Tras una breve carrera, un grupo de soldados de Badis le dio alcance y lo tundieron a palos, al tiempo que le recriminaban:
—¿Qué?, Jalil, maldito traidor, ¿ibas a matarnos a todos y a violar nuestras mujeres? ¡Piojoso! ¿Te parecen nuestros puños caricias de hembra?
Jalil conocía a cada uno de los bastardos que le daban patadas y puñetazos. Había sido soldado con ellos, de joven, y luego  los había tenido bajo su mando. Así que reconocía sus voces, y hasta podía adivinar quién le pateaba las costillas, quién le buscaba las ingles con la puntera de la bota o quién le daba de coscorrones. Le robaron la espada y, más tarde, cuando estaba sentado en el suelo con los demás prisioneros, el muerto de hambre de Zayed fue a visitarlo para robarle las botas.
—Jalil, no me llevo tus botas por hacerte ningún mal. Si no lo hago yo, otro vendrá para despojarte de ellas y dejarte con los pies al aire. Al menos yo te conozco y, aunque te hayas convertido en una despreciable cucaracha, en recuerdo de los viejos tiempos te dejo mis zapatillas. Tienes suerte, Jalil, pues Badis te quiere vivo; si no, a estas alturas ya te habríamos rebanado el cuello como a un corderito  —le dijo Zayed, el muy desvergonzado.


—Yahya, tienes que recuperar mi espada —dijo Jalil.
—¿Tu espada? ¿Cómo quieres que sepa dónde está tu espada? Y, además, ¿para qué la quieres?
—La tiene Amir-inb-Aza; me la quitó cuando me cogieron. Tienes que buscarlo y pedírsela. La quiero para mi hijo Mustafá.
—No me la dará sin más ni más.
—Dale el dinero que pida. Amina te lo devolverá luego, cuando le entregues la espada. —Amina era la esposa de Jalil.
—¿Participó Amir en la paliza?
—Cogió la espada y se fue. No me tocó un pelo.
Yahya y Jalil se habían criado en el mismo pueblo, en África. Yahya conocía a Amina, al niño Mustafá y a las dos niñas, Afraa y Nayla, y los consideraba como si fueran su propia familia. Tendría que hacerse cargo de ellos si, por desgracia, la cabeza de su amigo dejaba de asentarse en su lugar habitual. Se casaría con Amina; todavía era una mujer joven, de caderas anchas y buenas tetas con las que sacar adelante una criatura. Además, Amina era blanca, y a él le gustaban las blancas. Por descontado, no pensaba pedirle una sola moneda a Amina por la espada.



—Yo fui quien lo derribó del caballo. Cayó de cabeza, y te juro que no sé cómo no se desnucó —le dijo Amir-inb-Aza.
— Si se llega a desnucar te retuerzo el pescuezo —replicó Yahya.
Amir se movió en la banqueta, incómodo. Bebió un trago de vino, apoyó los antebrazos en la mesa y miró ceñudo Yahya, a los ojos.
—Un momento, Yahya, no se me puede reprochar nada. Jalil fue un idiota al meterse en semejante aventura. Yo me limité a derribarlo del caballo y a coger la espada.  —La jarra de vino estaba vacía—. ¡Mesonero!
—¿Es ésa la espada?
El pomo asomaba por el borde de la mesa, en el arnés de Amir; Yahya lo había visto cientos de veces balancearse en la cintura de Jalil.
Amir sacó la espada de la vaina y la puso sobre la mesa. Era un arma bella, perfectamente equilibrada, con una magnífica hoja del mejor acero templado; tanto el pomo como la guarnición llevaban incrustaciones de pasta de vidrio, plata y oro; en el regazo tenía grabados unos símbolos misteriosos que Jalil nunca quiso descifrar.
—No te vas a llevar la espada gratis. Es botín de guerra. ¡Maldita sea!, Yahya, ¡bebe un trago!



Gabriel, el buhonero vendedor de helados, como de costumbre estaba parado con su carro al otro lado de la plaza, bajo la sombra de los árboles, junto al pozo. Un grupo de criados de Badis asía por las asas cinco vasijas con nieve y empezaban a transportarlas del carro de Gabriel a la alcazaba, mientras Shakir-al-Labib, el jefe de cocina de palacio, terminaba de pagar el cargamento de nieve.
Yahya caminó con la mula cogida por las riendas desde el puesto de guardia hasta el buhonero; devolvió el saludo a Shakir-al-Labib y pidió un helado de fresa; luego montó en la mula, la arreó y, al paso, fue calle abajo lamiendo el helado. Tenía que viajar a  Peligros y visitar a la viuda de Jalil. Puede que Amina aún no supiera de la muerte de su marido.
Tres días antes, el almibarado Barhun se había detenido en el umbral del puesto de guardia, había olisqueado el aire, había hecho un gesto de repugnancia y, desde el vano, había dicho que Badis requería la presencia de los dos prisioneros.
Yusuf, Yahya, Narim y dos soldados más, guiados por el afectado sirviente, escoltaron a los prisioneros hasta un pequeño salón con aroma de rosas, adornado con amplias telas de seda y lino, amarillas, verdes y lilas, que colgaban de las paredes; dos ventanas de arco geminado daban a una distante vega granadina.
Allí aguardaba, Badis, sentado en un sillón de respaldo alto; y de pie, a su derecha e izquierda, había cinco hombres ricamente engalanados, dos de ellos en traje militar.
Badis se levantó nada más verlos entrar y empezó a insultar a Abu-´l-Fotuh. Éste aguantó las vejaciones en silencio, con la vista clavada en el suelo. Pero cuando el príncipe le dijo que ahora su vida dependía de su capricho, el poeta le respondió con una sonrisa de desprecio, ya que no tenía nada que perder ni esperaba ninguna piedad de aquél  príncipe borracho, mezquino y cruel.
Abu-´l-Fotuh no había sido capturado en la batalla, pero cuando supo que Badis había hecho encerrar en Almuñécar a su mujer y a sus hijos se entregó y suplicó por su vida y por la de los suyos, humillándose más allá de lo exigible en un hombre de su posición y valía. Entonces Badis ordenó que le afeitasen la cabeza; luego lo pasearon por las calles de Granada montado en un camello, mientras un enorme negro, sentado detrás de él, le daba de manotazos y lo insultaba a cada pescozón.
Despechado por la altiva actitud de Abu, Badis desenvainó la espada y la hundió en el pecho del poeta, sin que éste soltase un gemido de dolor cuando el acero le atravesó las costillas y el corazón. Abu-´l-Fotuh había recibido la muerte con nobleza, admirando a todos los presentes, y hasta el propio Badis, que apreciaba los espíritus valeros tanto como el buen vino, no puedo reprimir un grito de asombro.
Entonces Jalil, incomprensiblemente y para su vergüenza, se puso de rodillas y suplicó por su vida. Badis, indignado, le reprochó su traición de antes y su cobardía de ahora, comparándolo con Abu-´l-Fotuh que, aun siendo un poeta y no un guerrero, había muerto como un valiente. Y que sin embargo él, Jalil-el-Kabir, un soldado curtido, obligado a guardar la compostura y las formas, lloriqueaba como una mujerzuela y temblaba  ante la muerte como un capón.
Levantó Badis la espada, dispuesto a descargarla sobre su antiguo capitán, cuando Jalil se le abrazó a una pierna, clamando piedad entre sollozos, y le hizo tambalearse y perder el arma.
—¡Tu espada! —le gritó Badis al soldado más próximo, después de librarse de la presa de Jalil a puntapiés y manotazos. Esperó con el brazo extendido el arma, y al no recibirla se volvió irritado hacia el soldado, un jovencito empalidecido que lo observaba con los ojos muy abiertos, debajo de un yelmo que le venía grande. Badís le cogió la espada de la vaina y mató a Jalil. Luego caminó hasta el joven soldado, con la espada por delante, y le preguntó:
—¿Te asusta la sangre?, muchacho.
—No, sidi —respondió el chico.
Badis miró a Yusuf.
—Es Narim, el hijo de  Hassan-Inb-Anwar. Yahya se encarga de instruirlo en el oficio —dijo Yusuf.
Badis observó detenidamente al muchacho. Le devolvió la espada; él mismo la introdujo en la funda.
—Yahya, haz de este muchacho un capitán —dijo.
Se dio la vuelta y se encaminó a la salida. Barhun, que había recogido la espada de Badis, se apresuró a entregársela.
—A estos dos, que les corten la cabeza y las claven en estacas durante un mes —le ordenó Badis, señalando los muertos.
Ahora, las cabezas de los desventurados Abu-´l-Fotuh y Jalil-el-Kabir estaban ensartadas en dos postes a la entrada de la ciudad, descompuestas y picoteadas por los pájaros. Yahya detuvo la mula y, mientras miraba las cabezas cortadas, reflexionaba:
«—Tú, Abu-´l-Fotuh, intelectual insigne, poeta y hombre de honor, admirado en Granada incluso por aquellos contra los que te habías sublevado, los cuervos te han sacado el cerebro por las cuencas de los ojos y te han dejado el cráneo más vacío que el de Badis. Eras feliz con tu hermosa mujer andaluza y con tus hijitos, poseías todo lo que un hombre puede desear. Pero no estabas conforme, noble Abu, y tenías que ponerte a enredar.»
«—Y tú, Jalil, querido amigo mío, no podías dejar de hacer el imbécil. Poca sustancia habrán sacado los cuervos al hurgar en tu cráneo. Pero no te preocupes ni sufras por tus hijos y tu mujer, que yo me haré cargo de ellos y de tu hacienda.»

Azuzó la mula y la encaminó a Peligros. Había pensado que no le iba a dar la espada al pequeño Mustafá. Se la dejaría en herencia. Jalil habría aplaudido esta decisión. Era una buena espada. Le había preguntado al viejo Avshalom sobre los misteriosos símbolos que tenía grabados en el regazo. Avshalom la elogió y le dijo que era una espada antigua, visigoda, y que los signos misteriosos del regazo eran runas, la escritura de los visigodos. El significado de los signos era: «Hecha por Ger Hard para Frithinanths hijo».


2 comentarios:

secuencia dijo...

Magnífico y entretenido relato. Enhorabuena!

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Ríos.