Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

¡Marcianos! Relato de G. F. Fast




            En la plaza Biribila de la «Muy Noble y Muy Leal e Invicta» villa de Bilbao, encima de un alto pedestal, se encuentra la estatua de su fundador, el señor de Bizkaia don Diego López de Haro, vestido con las ropas de combate de un caballero de la Baja Edad Media. El brazo izquierdo de don Diego sostiene el yelmo a la altura de la cadera, mientras el derecho, extendido hacia la calle de Navarra, sostiene en la mano la Carta Puebla dada por Fernando IV de Castilla en 1301. A don Diego lo mató la peste en Algeciras en  1310, cuando estaba en campaña contra el reino musulmán de Granada, a más de mil kilómetros de la cristiana villa de Bilbao.
            En la plaza Biribila también se hallaba antes la sede de Incobank, un edificio prismático, de cristal tintado cobrizo, el cual parecía llenarse de cardenillo cuando por dentro se bajaban las persianas de láminas verdes de las ventanas.
            Sí, la sede Incobank se hallaba en esta plaza, hasta el día en que llegaron los marcianos…




  
SUENA EL TELÉFONO

            El alcalde abrió un ojo y miró el teléfono; se trataba de un modelo antiguo, de los años noventa. Estiró el brazo y descolgó.
            —Alcalde... ¿está despierto?
            La voz le tintineó en el tímpano.
            —Muy grave será la cosa para que me llame a estas horas, Aldekoa.
            Aldekoa no era funcionario; o lo que es lo mismo, se le podía despedir sin más explicaciones. Su puesto era de libre designación; había sido nombrado a dedo por el alcalde. «Así que ya podía mirar bien a quién le tocaba los cojones a las tres de la madrugada».
            —¡Marcianos! ¡En Artxanda! —gritó Aldekoa.
            El alcalde se quedó estupefacto y en silencio durante unos segundos. Luego sintió que le llevaban  los demonios.
            —¡Me cago en la madre que los parió! —exclamó.
            La mujer del alcalde se irguió en la cama.
            —Por el amor de Dios… ¡esa boca! —dijo, mirando a su marido con cara de no dar crédito.
            —Disculpe un momento, Aldekoa. —El alcalde tapó el micro con la mano. — ¡Marcianos! —le susurró a su mujer, mirándola de hito en hito.
          —¡Marcianos! —repitió ella, los ojos abiertos como platos. La almohada le había achaflanado la permanente; el peinado, aplastado por un lado y abultado por el otro, le daba un aspecto raro a la cabeza, como de alienígena.
            —Marcianos —le confirmó el alcalde.
            —¿En dónde?
            —Aquí, en Bilbao.
            —¿Y qué pueden querer de nosotros?
            —El Guggenheim, por ejemplo.
            —¡Virgen santa!
            El museo Guggenheim de Bilbao había sido diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry, y fue inaugurado el 18 de octubre de 1997. Desde entonces se había convertido en el buque insignia de la villa, atrayendo con su encanto a millones de turistas de todo el mundo. Cuando se diseñó, se pensó construirlo con un recubrimiento de planchas de titanio, pero como éstas encarecían mucho el proyecto se desestimó la idea. Entonces ocurrió algo así como un milagro: con la caída de la Unión Soviética los rusos sacaron al mercado grandes cantidades de titanio, lo cual bajo los precios y se pudo levantar el museo de acuerdo al diseño original.
            Así pues, si los marcianos querían llevarse las obras de arte del museo, de acuerdo, «pero el edificio ni tocar».
            —Aldekoa, ¿sigue usted ahí?
            —Sí, alcalde.
            —Vaya despertando a todo el mundo.
            —Ya está todo bajo control. Paso a recogerle a usted en veinte minutos.
            —Que sean treinta.
            —De acuerdo. Salude de mi parte a la señora alcaldesa.
            —Bien, bien —musitó el alcalde.
            Y colgó.
           —Tengo que salir —le dijo a su esposa.
            —Te prepararé algo mientras te aseas.
           —No hace falta. Duérmete.
            Cuando salió del aseo, duchado y afeitado, el alcalde encontró en la cocina a su amarcianada esposa; le había preparado café y tostadas con mermelada de frambuesa.
            —¿En dónde han aterrizado? —le preguntó ella.
            —En Artxanda.
            —¡Dios bendito!
         La mujer había sacado del armario el costoso traje azul oscuro, reservado para los grandes acontecimientos, y lo había dejado sobre la cama.
            —Ése no; mejor el de espiguilla —dijo el alcalde, al verlo.
            —El de espiguilla está pasado de moda —objetó la esposa.
            —Pero impone respeto.
            El alcalde rebuscó en el cajón de la mesilla de noche. Entre todas las gafas eligió la más agresiva, una ancha de montura de pasta, tan antigua como la vida misma.
            —¿Qué chapela vas a llevar? —le preguntó la esposa.
            —La azul Bilbao. ¿Está por ahí la makila?
La mujer le trajo la makila, bastón de alcalde de reluciente cantonera de plata, y un portafolio de cuero marrón. Aguardó de pie al lado de su esposo, revisando los detalles con la vista, mientras éste se vestía.
            El alcalde se plantó ante el espejo, vestido con su traje de espiguilla y su boina azul Bilbao. Se colocó la gafa de montura ancha, embrazó el portafolio de cuero y asió firmemente por el mango de plata el bastón de alcalde. A sus sesenta y ocho años, alto y erguido, transmitía la fuerza y determinación de un caballero medieval.
            Sonó el teléfono.
            —Alcalde, le espero abajo —se oyó decir a Aldekoa por el auricular.
            —Estoy en dos minutos, Aldekoa —respondió el alcalde, antes de colgar —.  Vuelve a la cama, cariño —le dijo a su esposa, besándole la mejilla.
            Ella le dio unos últimos retoques a la corbata y a la chaqueta.
             Listo.
            Se puso el abrigo y la bufanda, y salió.



EL ORIGEN

         El chófer le abrió la portezuela trasera. Aldelkoa estaba sentado en el asiento izquierdo, detrás del conductor. Era un hombre de treinta y seis años, estatura ligeramente inferior a la media; el alcalde precisaba inclinar un poco la cabeza hacia abajo cuando hablaba con él. Aldelkoa solía agitarse inquieto dentro del traje, como un bosquimano que siempre ha ido en taparrabos y es incapaz de adaptarse a la vestimenta occidental, y hacía gestos convulsivos con los hombros para asentar la chaqueta. De cuello corto, las camisas le producían sarpullido de recién afeitado y un angustioso ahogo a todas horas; metía los dedos en los cuellos de éstas para aflojarlos, en busca de alivio, haciendo muecas de lo más extrañas.
             —Habrá que avisar para que se tomen medidas —dijo el alcalde.
              —Está todo controlado. He llamado también a Baeta —le respondió orgulloso Aldekoa.
           Baeta era la concejala de cultura. El alcalde no alcanzaba a ver qué pintaba en esta historia.
            —¿A Baeta? ¿Para qué?
            —Para comunicarnos con los marcianos.
            El alcalde enarcó una ceja.
            —¿Baeta sabe marciano? —preguntó, más que sorprendido.
            —Lo chapurrea.
            En los primeros años de su llegada, los marcianos se tomaban su tiempo para elegir lo que querían llevarse, y pasaban largas temporadas en la Tierra. Esto dio lugar a que muchos terráqueos que frecuentaron los campamentos marcianos, con el roce, aprendiesen el habla extraterrestre. De ahí a que las academias de idiomas incorporaran a su currículo el idioma marciano sólo hubo un paso.   
            —Baeta puede ser de ayuda para negociar lo del Guggenheim —sugirió Aldekoa.
            —¡Chitón! ¡Que a nadie se le ocurra mencionar el museo delante de los marcianos! Mejor si no saben que existe, ¿entendido? —respondió el alcalde.
            —Ya lo han pedido.
            —¡Me cago en…! Pues van frescos. ¡El museo ni tocar!
            Los marcianos habían llegado a la Tierra de forma casual, en el Pleistoceno. Se trataba de comerciantes de curiosidades. Viajaban por el Universo en busca de edificios singulares que construían las civilizaciones de los planetas. Luego vendían estos edificios en su planeta a coleccionistas extraterrestres. Sucedió que una de las naves de la Gran Compañía Interestelar de Subastas y Coleccionismo, (GCISC), una de las más importantes del planeta marciano, iba sobrecargada y decidió depositar en la Tierra tres pirámides, (las de Guiza) con la intención de volver a  recogerlas en un próximo viaje. La idea de utilizar la Tierra como guardamuebles cuajó, y en sucesivos viajes los marcianos de la GCISC depositaron diferentes modelos de pirámides por todo el mundo, ante la atónita mirada del  hombre de neandertal.
            Cuando en el Pleistoceno Medio el mercado de pirámides perdió fuelle, los marcianos se olvidaron de las pirámides que habían depositado en el planeta Tierra. Pero al repuntar el mercado en el año terráqueo 2034, regresaron a buscarlas.
            Lo que encontraron fue un planeta totalmente diferente al que habían conocido, con una civilización constructora de unos edificios singulares que podrían causar furor entre los coleccionistas.
            Sólo después de que les derribaran la mayor parte de sus aeronaves, de que les hundieran sus mejores barcos de guerra y de que les redujeran a cenizas los cuerpos de ejército más modernos, con poderosas armas de alta tecnología alienígena, los gobiernos terrícolas se avinieron a negociar con los marcianos la venta de sus edificios más emblemáticos. Y si la parte más suculenta del pastel se la llevó la GCISC, por ser la primera en llegar, en cuanto se corrió la voz otras compañías de coleccionismo marcianas llegaron a la Tierra para rebañar el plato. De tal manera se expolió la Tierra que el mercado marciano del coleccionismo quedó saturado de productos terrícolas, y en los últimos años (años marcianos, por supuesto) únicamente se aceptaban pedidos por encargo.
            La nave marciana que había llegado a Bilbao pertenecía a la GCISC. Se trataba de una esfera dorada de más de cien metros de diámetro. Flotaba a unos diez metros del suelo, en el monte Artxanda, encima de una placita que hay entre la emisora de televisión y la estación del funicular. En esta placita los marcianos habían instalado unas casetas blancas, de diseño extraterrestre, que utilizaban como base de operaciones.



EL ENCUENTRO

            Nevaba cuando el alcalde llegó a Artxanda. A pesar del frío, los marcianos se movían en mangas de camisa dentro del campamento que habían levantado al amparo del ovni. Sucedía un hecho curioso, y era que la nieve no caía sobre el campamento marciano; éste disponía de un invisible escudo protector que repelía los copos.
Nagore Baeta se acercó paraguas en mano cuando vio llegar el coche.
            —¿Ha dicho algo esa gentuza? —le preguntó el alcalde.
           —Que quieren el Guggenheim —respondió ella con voz cantarina, tratando de ocultar su nerviosismo tras una sonrisa forzada.
            —Ya…
            La policía tenía acordonada la zona y, aunque la esfera dorada iluminaba como un sol, se habían traído focos que apuntaban a la grey marciana. Abajo, en la ciudad, las luces navideñas parpadeaban enroscadas en los árboles.
          El alcalde se internó en el campamento alienígena, flanqueado por Aldekoa y Baeta y secundado por cuatro concejales, en representación de los cuatro partidos de la oposición, y dos agentes municipales armados sólo con las porras. Dentro del espacio marciano la temperatura se mantenía en veintidós grados; los terrícolas empezaban a sentirse incómodos dentro de sus gruesos abrigos.
            Una especie de ujier marciano les indicó por señas que esperasen hasta que el comandante de la nave, los segundos oficiales y los representantes de la GCISC, terminasen de cenar. Desde donde estaban, los componentes de la delegación terrícola podían ver a los prebostes extraterrestres comer sin ninguna prisa los platos que les iban sirviendo. Al alcalde lo irritó aquella falta de consideración;  se le hinchó una vena y tuvieron que sujetarlo entre dos para que no fuera hasta los comensales y se liase a bastonazos.
            Cuando por fin les dieron vía libre, los terrícolas se dirigieron a la mesa.



PUENTE DE EINSTEIN-ROSEN 

            Los marcianos eran unos seres verdes y menudos, pongamos que de un metro veinte de estatura, regordetes y con la nariz y orejas en forma de trompetilla. Vestían túnicas verdes, violetas o azules, que les llegaban hasta las pantorrillas.
            En realidad, no eran originarios de Marte, sino de un planeta que giraba alrededor de un sol a miles de años luz de la Tierra. Un reportero de televisión les había llamado «marcianos», en las primeras horas de su arribo, y desde entonces se quedaron con el mote y no hubo manera de quitárselo.
            Los científicos explicaron a un expectante mundo cómo se podía salvar la imposible distancia de miles de años luz que separaban los dos planetas, el marciano y el terráqueo, sin morirse de viejo. Bastaba con introducirse en un «agujero de gusano» o «puente de Einstein-Rosen».
            Para exponer de una manera sencilla de lo que hablaban, y que todos lo entendieran, los científicos tomaban un folio, marcaban dos puntos, uno en cada extremo del folio, que representaban el planeta marciano y la Tierra, respectivamente. La distancia entre los dos puntos eran los insalvables miles de años luz; el folio, el Universo. Luego doblaban el papel y acercaban los dos extremos, dejando unos pocos centímetros entre ellos. Con un bolígrafo, que simulaba una nave espacial alienígena, atravesaban la hoja como si la fueran a coser, desde el punto marciano hasta el punto que representaba la Tierra.
            La gente, pegada a las pantallas de los televisores, asentía con la cabeza ante lo fácil que parecía todo: bastaba con doblar el Universo para viajar a la más lejana de las galaxias. ¿Cómo no se le había ocurrido antes a nadie utilizar los agujeros, como habían hecho los marcianos?, se preguntaba la gente. «Sencillamente, porque nadie ha visto jamás un agujero de gusano», respondían los científicos.
            Otra de las particularidades de los agujeros de gusano era que viajando por ellos el tiempo no discurría o discurría muy poco. De manera que si los marcianos habían llegado por primera vez en el Pleistoceno, ahora, a su regreso a la Tierra, en su mundo apenas si habían pasado unas cuantas décadas.



LA NEGOCIACIÓN

            Al ver llegar al alcalde empuñando un objeto alargado en cuya punta relucía un trozo de metal, el marciano jefe se alarmó y miró a al subalterno que tenía al lado, que luego resultó ser el intérprete. Éste lo tranquilizó, explicándole que lo que lleva el alcalde era un bastón, un inofensivo símbolo de mando, y no un arma.
            Más de cuarenta minutos estuvo el alcalde tratando, sin éxito, de convencer al jefe marciano de que llevarse el Guggenheim no era una buena idea, pero que sí había alternativas mejores. Le ofreció puentes, edificios de más de ciento cincuenta años, edificios modernos que parecían sacados de una película de ciencia ficción, iglesias antiguas, catedrales, y un sin cuento de edificios singulares y obras de arte que hubieran hecho babear a cualquier coleccionista que no fuera aquel tozudo marciano. Baeta hacía de lengua del alcalde, y el marciano subalterno de trompetilla de su jefe. «Trompetilla», esa es la palabra que más cuadra, pues al marciano las palabras le salían por la trompetilla que tenía en la cara, y no por la boca, aunque la moviera al hablar. La voz del marciano sonaba nasal, como afrancesada.
            Al alcalde se le crispaba la mano sobre el mango del bastón cada vez que oía una respuesta negativa de los marcianos, y se iba encendiendo por dentro. Sobre la mesa en la que habían comido los extraterrestres había ahora una imagen holográfica de Bilbao, y cada vez que la corporación municipal sugería un edificio la imagen de éste sustituía a la de Bilbao. En un momento dado de las negociaciones, en el cual el marciano jefe desechaba una oferta por boca de su traductor, el alcalde, rojo de ira, dio un bastonazo en la mesa con la makila y se puso a jurar en arameo.
            De un brinco, el marciano jefe se subió a la mesa; con manitas de sílfide raquítica agarró por las solapas al alcalde y tiró de él hacia sí con la parca energía de unos brazos delgados como el alambre. Aproximó su cara a la del alcalde y le escupió por la  trompilla toda una retahíla de insultos y amenazas que los traductores —el marciano y Baeta— tuvieron el buen seso de no traducir. Gracias a la rápida intervención de los presentes—marcianos y terrícolas— la cosa no pasó a más.
            Entonces Aldekoa sugirió que los marcianos se llevasen la sede de Incobank.
            En el año 2020 la banca mundial se fusionó en una sola, la International Confederation of Banks, más conocida por Incobank. En 2022, Incobank obtuvo de la ONU el estatus de nación. Su sede central, Doleur City, se situó en Manhattan. Los accionistas pasaron a ser ciudadanos de Incobank y a vivir en los edificios bancarios que la Confederation tenía repartidos entre las naciones; estos edificios se convirtieron en su territorio y país, con el reconocimiento de los gobiernos del mundo entero.
            La imagen holográfica de la sede de Incobank en Bilbao apareció sobre la mesa. El marciano jefe la miró con incredulidad: la vulgaridad de aquel edificio ofendería el buen gusto de cualquier coleccionista. Con su venta no cubriría ni los gastos del viaje a la Tierra. Aun así, aguardó a irritarse hasta obtener respuestas, y preguntó:
            —¿Qué es?
            Todos miraron a Aldekoa. «Sí, venga, dinos ¿qué tiene ese edificio que pueda interesar a los marcianos?», pensaron. El alcalde miró con ojos entrecerrados al adjunto. Éste se ahuecó el cuello de la camisa con un dedo.
            —Es un banco —dijo.
            —¿Qué es un banco? —preguntó ahora el alienígena.
            Hubo que explicarle al marciano lo que eran los bancos y su poder omnímodo en la Tierra, y quedó tremendamente impresionado.
            —¿Y por qué no se rebelan los terrícolas contra la tiranía de la Incobank? —, preguntó el jefe marciano, que no salía de su asombro.
         Se le respondió que no sólo no podían rebelarse, sino que si la Incobank dilapidaba su capital los terrícolas tendrían que reponerlo, aunque se arruinasen.
            —¿Por qué?
            Nadie supo responderle coherentemente, y esto pareció que complacía al marciano y aumentaba su interés por el edificio de la plaza Biribila. Apoyó el dedo índice en la mejilla, echó el labio superior sobre el inferior, lo cual le dio un aire morrón, de pato, y estuvo reflexionando, ante la mirada expectante de los terrícolas.
          Hay que decir, para que todo el mundo lo sepa, que los coleccionistas no sólo valoran los objetos por lo que son, sino también por lo que representan y por su poder evocador, y pagan jugosas sumas por estos motivos. De ahí que el marciano jefe estuviera considerando la oferta terráquea.
            —¿Cómo es que se le ha ocurrido la idea del banco? —le preguntó el alcalde a Aldekoa, en voz baja.
            —El edificio pertenece a la Incobank. Si se lo llevan no tenemos nada que perder y nadie nos puede exigir responsabilidades. Si la Incobank tiene ganas de reclamar, que lo haga a los marcianos.
            —¿Cómo sabía que les podía interesar el edificio?
            —No lo sabía.
           El marciano rompió su silencio y habló por la nariz trompetilla.
            —De  acuerdo, me lo quedo —dijo por medio del traductor, sin apartar la vista de la holografía del edificio.
            Se quitaron las imágenes holográficas de la mesa y los terrícolas pusieron sobre ella los papeles del acuerdo.
            El alcalde vio que Aldekoa arrugaba la cara. Se inclinó hacia él con disimulo y, cuidando que no le pudiera oír el intérprete marciano, le preguntó:
            —¿Qué sucede? ¿Hay algo que debamos saber antes de firmar el acuerdo con estos guisantes con patas?
            —No —respondió Aldekoa, el rostro fruncido.
            —Entonces, ¿a qué viene poner cara de cítrico?
            —Es que he tenido dos retortijones.
            —Si lo desea, puede retirarse para ir al baño. Le esperaremos para firmar.
            —Ya me aguanto...
            —¿Seguro?
            —Sí…
            —Ésa es la actitud.



EL ACUERDO

            Firmaron los papeles todos los terrícolas presentes —incluidos los dos guardias armados con porras— y los marcianos. Éstos se comprometían a no solicitar jamás nada de Bilbao y a no aterrizar en la villa ni para mear; corría por cuenta de los extraterrestres el poner los puntos sobre las íes a los de Incobank. Por su parte, los terrícolas no cobrarían ninguna tasa a los marcianos por las labores de desancle del edificio, y se liberaba a los marcianos de la obligación de dejar en buen estado el suelo tras el desalojo.
            De la esfera estelar marciana surgieron siete naves pequeñas con forma de platillo volante, se dirigieron al edificio de Incobank, se situaron a su alrededor y lo envolvieron con un aura azul. Luego el aura creció hasta convertirse en una especie de pompa de jabón gigantesca.
            El edificio fue elevándose poco a poco dentro de la burbuja, incluidos los garajes subterráneos, hasta alcanzar una altura de cuatro metros. Por las cristaleras iluminadas se veía a los incobankeses trotar al tuntún por el interior del banco, presas del pánico.
            Entonces, de la esfera dorada partió una nave rectangular que se situó justo encima del edificio y lo envolvió con un rayo verde. La sede de Incobank empezó a decrecer, dentro de la burbuja,  hasta quedar reducida a una especie de maqueta de dos metros y medio de alta. De la nave rectangular salieron cuatro tentáculos que sujetaron amorosamente el edificio y lo trasladaron a la nave nodriza.
            Serían las seis y media de la madrugada cuando la esfera dorada despegó, cubrió la villa con un luminoso manto amarillo, y partió en busca de un agujero de gusano, seguramente.
            El alcalde y su séquito habían supervisado todas las operaciones en las imágenes holográficas que se proyectaban sobre la mesa de los marcianos. Luego vieron la nave interestelar marciana perderse en el firmamento.
            —Aldekoa, llame a Doleur City e infórmeles de lo sucedido con su sede —dijo el alcalde.
            —¿Ahora? En Doleur City serán las doce y media de la noche, alcalde. Estarán durmiendo.
            —Que se jodan.
            En Artxanda se desmantelaba el sistema de seguridad levantado con motivo de la llegada de los marcianos. Corría una brisa helada y nevaba un poco. Abajo, en la villa, navideñas luces azul Bilbao inundaban la Gran Vía. Los marcianos habían sido precisos en su trabajo. Ningún sistema eléctrico, ninguna conducción de agua o de gas, se había visto afectado. Sólo un enorme socavón recordaba que pocos minutos antes ahí se alzaba un imponente edifico.
            El alcalde miraba orgulloso la villa —«su villa»—, asomado a la ladera del monte. Se atusó el bigote. «Habrá que tapar ese socavón», pensó.




No hay comentarios: