Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

M. FABIUS SERGIUS




      Habías protestado, M. Fabius Sergius, naturalmente que sí. Habías repetido a tus torturadores que no sabías nada sobre la repentina desaparición de Q. Marcus Fabius. Habías berreado tu inocencia cuando el dolor de los golpes embotaba tu garganta. Y cuando el Tíber arrojó a la orilla el cuerpo de Q. Marcus Fabius, todos dijeron que tú, M. Fabius Sergius, ¡tú!, habías sido el asesino. Entonces proclamaste en balde tu inocencia. Suplicaste.
      Pero nadie te creyó, M. Fabius Sergius.
      Dinos, Marcus Fabius Sergius, ¿por qué nadie había de creer a un embustero redomado? ¿No has declarado que habías arrojado el cuerpo de Quintus Marcus Fabius al Tíber, en el mismo instante en que fuiste detenido?
      «¡Oh, sí! Yo, Marcus Fabius Sergius he declarado que arrojé el cuerpo al Tíber, ¡pero todo ha sido un terrible malentendido!»
      ¿Cómo?
      ¿Quieres decir que miente Sextus? Y Gaius, ¿miente también Gaius? ¿Miente Livia, la mujer de Iulius, el vinatero? Los tres son ciudadanos honestos y dicen que vieron a Quintus Marcus Fabius en tu carpintería esa mañana; pero tú, ¿dices que mienten? ¿También  mentían los testigos cuando dijeron que te habían visto arrojar al Tíber el cuerpo envuelto en una manta? ¿Mentían cuantos declararon haberte visto huir a hurtadillas del río, como avergonzado de tu mala acción, escondiéndote de las miradas de los vecinos?
      «¡No, que no!, que nadie miente; pero es que todo el mundo se equivoca, ¡que todo es un desgraciado error!»
      No hay peros que valgan, Marcus Fabius Sergius; para tu dañina acción no valen los peros ni las peras.
      El cadáver de Quintus Marcus Fabius (pobre hombre) presentaba un golpe en la nuca que lo había desnucado, y, además, había sufrido la ablación del dedo anular de la mano izquierda; dedo que, en vida del difunto, había ostentado un anillo con una esmeralda egipcia que evocaba un haba en tamaño y en forma. Un anillo que había pasado de padres a hijos en la familia de los Fabius. Un anillo más valioso que tu triste vida de perro; un anillo que has robado cruelmente.
      ¿No te había otorgado Quintus Marcus Fabius la libertad? Di, maldito ingrato: ¿le golpeaste la nuca con un martillo de carpintero? Un martillo de carpintero de tu carpintería, Marcus Fabius Sergius. Y el dedo, ¿lo seccionaste con una de tus tenazas? ¿No sientes ningún remordimiento, despreciable boñiga?
      «¿Ingrato, yo,  Marcus Fabius Sergius? ¿Ingrato con mi amo, Quintus Marcus Fabius? ¿Cómo podéis acusarme de ingrato? Yo, que gustosamente he cumplido las normas que las buenas maneras exigen para con los antiguos dueños; yo, que no pasaba semana sin que acudiera a su casa a presentarle mis respetos. Dos veces por semana, iba yo; y si no iba más era por no aburrirlo; y para no privarle de su caro tiempo con visitas reiteradas, que pueden llegar a ser tediosas y molestas. Me preocupaba por su salud, por la buena marcha de su hacienda, y, de paso, le ofrecía mis servicios de carpintería. Yo cultivaba la amistad de Quintus y jamás la puse en barbecho. Id a la casa de Quintus, si queréis: esa cómoda de roble que hay a la entrada se la hice yo, os digo, sin cobrarle un miserable sestercio.»
      ¿Sí? Y luego te faltó tiempo para asesinarlo y robarle los cuatro mil quinientos denarios que llevaba ese día para comprar tres esclavos.
      «¿Cuatro mil quinientos denarios? No sé nada de cuatro mil quinientos denarios. ¿De qué cuatro mil quinientos denarios me habláis? Quintus pasó por la carpintería a pagarme la cómoda de roble que os he dicho. Fijaos bien: ¡él vino a mi casa!, os digo, a casa de un liberto; pero no un liberto cualquiera: a casa de su amado liberto  Marcus Fabius Sergius. Y yo me sentí honrado por su visita y empequeñecido ante su presencia, la de mi carísimo amo. Sí, mi amo, os digo, el amo de Marcus Fabius Sergius, que será su esclavo hasta la muerte.»
      ¡Oh, claro que sí! Nos has convencido, noble Sergius. Amabas tanto a tu antiguo amo que no pudiste sufrir el verlo doblarse ante el peso de su bolsa, cargada con cuatro mil quinientos denarios del ala. Perdona nuestra estupidez por no haberlo visto antes. Está claro que este fue el motivo: tu amor por Quintus. ¡Qué estúpidos hemos sido!
      Pero sabes, Marcus Fabius Sergius, resulta que Petronius, el esclavo panadero de tu antiguo amo, del cual se dice que hace unas hogazas que aguantan nueve días sin endurecerse, pues resulta que Petronius ha declarado que vio salir esa mañana a Quintus Marcus Fabius llevando bajo el brazo un cofrecillo con cuatro mil quinientos denarios.
      «¿Un cofrecillo? Yo no vi ningún cofrecillo. ¿Por qué Quintus iba a cargar con un cofrecillo teniendo esclavos para sostener sobre sus lomos el peso de esos cuatro mil quinientos denarios que decís que llevaba?»
      No mientas más. Tú mismo has declarado que arrojaste el cadáver al río, envuelto en una manta.
      «¡El cadáver de Vesta, mi fiel mastín! Me preguntaron que si había arrojado el cadáver al río y yo dije que sí, porque creía que me preguntaban por Vesta. Había contraído la sarna y tuve que sacrificarlo dándole a comer carne envenenada. Lo envolví en una manta y lo arrojé al Tíber. ¡Mi pobre Vesta! Me sentía tan dolido y atenazado por los remordimientos que me alejé del lugar encogido, avergonzado, rehuyendo a mis vecinos para no tener que dar dolorosas explicaciones.»
      ¿Y dónde está el perro?
      «En el río, os digo.»
      ¿Y por qué no aparece su cuerpo?
      «¡Y yo que sé!»
      Míranos a los ojos, Marcus Fabius Sergius, y atrévete a repetirnos otra sarta de mentiras.


      Sallustius, el carpintero, amarraba en aspa dos viejos tablones de pino del grosor de dos dedos y palmo y medio de ancho. Cuando estuvieran amarrados la cruz alcanzaría la altura de un hombre y medio, puesta en pie.
       Lo ayudaba Iulius, el aprendiz de dieciséis años, un jovenzuelo pecoso, de pelo castaño y rizado. A un lado, el carromato de la carpintería; enganchado a él un burro, que soltó un rebuzno y una coz cuando le picó un tábano.
      Sallustius miró al animal de hito en hito, con desaprobación. El borrico replegó los belfos y mostró unos dientes color cardenillo. El carromato había golpeado contra el reseco poste anclado al borde de la vía Flaminia. Precisamente, por esta vía, avanzaban con desgana un decurión a caballo, dos soldados y el reo Marcus Fabius Sergius maniatado por la espalda, cabizbajo.
      Sallustius se incorporó. En un acto de confianza y buena fe dejó al aprendiz que rematara el trabajo y atase los dos tablones, pero vigilándolo discretamente por el rabillo del ojo. Conocía a Sergius desde que éste era esclavo, y, a su entender, no se concebía que pudiera cometer maldad alguna, y menos de la gravedad del delito por el que había sido condenado. El liberto era un buenazo, hombre de palabra, cumplidor en el trabajo, serio y honrado; y un carpintero cabal, maestro en el oficio. Sin embargo, cuatro mil quinientos denarios son cuatro mil quinientos denarios y le tientan a cualquiera, más aún si se está pasando una mala racha. ¿Estaba Sergius pasando una mala racha? No lo sabía exactamente, pero se lo imaginaba.
      El aprendiz había terminado de anudar la cuerda de esparto de las aspas. Sallustius se inclinó y dio el visto bueno. Entre los dos levantaron la cruz y la dejaron apoyada contra el poste, casi paralela al suelo.


      —¿Qué opinas, Sergius, crees que aguantará?
      Sergius lanzó una escrupulosa mirada a la chapuza que Sallustius llamaba cruz; esos dos tablones, que de resecos y renegridos ni los barrenillos osarían clavarles el diente, seguro que horas antes descansaban olvidados de los dioses en el rincón más tenebroso de la carpintería de Sallustius. Y para qué hablar de la mohosa cuerda con que los habían atado, tan vieja que probablemente ya sirvió para sujetar la carga de las mulas que los cónsules Lucius Aemilius Papus y Gaius Atilius Regulus llevaron a la batalla de Telamón. La proverbial racanería de Sallustius era sobradamente conocida en el gremio de los carpinteros y ya no producía extrañeza.
      —¿Has puesto cuatro clavos en el cruce del aspa o sólo dos? —preguntó Sergius con voz de experto, señalando el ruin artefacto con la barbilla.
      Sallustius puso cara de bobo.
      —¡Cuatro clavos he puesto! —exclamó—. Y fíjate lo bien que esta cuerda sujeta el aspa.
      Sergius miró la cruz con aprensión, sin ninguna confianza de que aquella cosa aguantase su peso y no se abriese descoyuntándolo dolorosamente, una vez lo pusieran en ella.
      Los soldados despojaron a Sergius de la túnica y, en paños menores, lo colocaron de espaldas a la cruz, los brazos rodeando las aspas. Sallustius le mostró una tablilla espetada por un clavo roñoso.
      —He puesto una tablilla para que no se te desgarre la mano con el clavo —dijo, como el alumno que busca la aprobación del maestro.
      Sergius se echó hacia delante para ver mejor la tablilla. La visión del clavo le produjo un escalofrío.
      —¡Que sea rápido!, te lo ruego, Sallustius —gimió, la cara congestionada por una mueca de dolor.
      El otro ocultó rápidamente la tablilla.
      —Ni lo vas a notar —dijo angustiado, tratando de reparar su falta—. Dos martillazos y atravesamos la madera; es delgadísima. ¡Si fuera por falta de práctica!
      Sergius se estremeció al contemplar aquella cara de bruto ignorante que pretendía ser convincente. La perspectiva de ser crucificado lo alucinaba, y no comprendía la injusticia que libraba de ser crucificados a mendrugos como Sallustius por el único mérito de haber nacido ciudadanos romanos.
      Los soldados le sujetaron los brazos mientras Sallustius y el joven Iulius, cada uno por su lado, le clavaban las manos por el dorso a los tablones de la cruz. Si fueron más de dos martillazos por barba Sergius no lo supo, pues un vahído le privó momentáneamente para las labores matemáticas. El último golpe lo dio el chico, como era de esperar, dada su condición de aprendiz. Los clavos sobresalían al otro lado de la madera.
      —Vamos a achaflanar las puntas de los clavos para que no se salgan —le informó Sallustius.
      Sergius le agradeció la delicadeza asintiendo con los párpados. Apretó los dientes para recibir el dolor. Las lágrimas le brotaron de los lagrimales y recorrieron las mejillas como ríos de fuego del Averno, abrasando la piel a su paso. Luego los soldados le sujetaron los tobillos a las aspas inferiores de la cruz.
      —Los pies no, te lo suplico, ahórrame este último tormento —sollozó al ver a Sallustius tratando de ocultar una tablilla espetada por un clavo. El chapucero miró al decurión. Éste se encogió de hombros en el caballo.
      —La sentencia dice crucificado, con las manos atravesadas por clavos. Nada dice de los pies —dijo.
      Ataron los pies a las aspas. Sergius se animó a pedir una nueva exención: que no lo despojaran del taparrabos.
      —Ahórrame también esa vergüenza, Sallustius.
      Sallustius miró al decurión, que negó con la cabeza.
      —La sentencia dice que desnudo —dijo.
      Sergius miró al muchacho.
      —Iulius, dile a tu padre que le perdono los trescientos sestercios que me debe.
      —Descuide, señor.
      —Mejor dile esto: que te dé a ti los trescientos sestercios. Te los mereces por tu buena labor de hoy.
      —Gracias, señor.
      Recogieron los útiles del oficio y los vio alejarse. Al atardecer llegó el decurión con dos soldados y un tipo mal encarado que empuñaba una barra de hierro, al cual no había visto en su vida. El tipo dio dos golpes a la cruz con la barra y se oyeron dos sonidos secos, como cuando algo hueco se rompe y astilla. Luego los cuatro se dieron la vuelta; entraron en Roma por la puerta Flaminia.
      Sergius estiró el cuello para ver qué demonios había hecho con la barra el tipo con cara de malas pulgas. Vio las dos piernas quebradas a la altura de la rodilla: sobresalía el hueso roto y había tuétano mezclado con sangre. Se pasmó de que no hubiera sentido ningún dolor. Buscando una explicación lógica, se dijo que o bien el suplicio padecido con anterioridad le había embotado los sentidos o bien estaba muerto. La última posibilidad parecía la más razonable.
      Como de costumbre, al anochecer las estrellas se desplazaron por el cielo y los sapos cantaron entre la maleza. Curiosamente, el amanecer llegó en un suspiro. La gente se paraba y cuchicheaba ante el crucificado, el cual se moría de vergüenza al verse expuesto a las miradas de todo el mundo en estas condiciones, con el rabo al aire. En uno de los brazos de la cruz Sallustius había clavado un cartel, en lo más alto: «Asesinó a su antiguo dueño, el muy desagradecido». El día y la noche se sucedieron dos veces con la velocidad de dos parpadeos. Al tercer día llegaron Sallustius y el aprendiz en el carromato.
      —¡Uf!, apesta un poco —se quejó el aprendiz cuando arrojaron el cadáver al fondo del carromato.
      Sallustius se puso a enderezar los clavos que habían atravesado las manos de Sergius, usando como yunque una de las llantas del carromato. A cada martillazo saltaban escamas de óxido manchadas de sangre seca. Tenían otro trabajo en la vía Tiburtina y no había por qué desperdiciar material. La cruz, aunque  astillada por los clavos, valdría lo mismo dándole la vuelta, y los clavos, enderezados, podrían seguir haciendo servicio.
      Sergius vio con tristeza cómo el carpintero y el aprendiz se llevaban sus restos mortales.
      —¿Y qué hago ahora? —se preguntó entonces con inquietud.
      Había nacido esclavo, vete a saber dónde, de qué padre y de qué madre. Habían arrancado al pequeñuelo lechal de los senos maternales y lo habían vendido a los Fabius. Toda su vida había sido dirigida por un dueño. Incluso de liberto, no tomaba ninguna decisión relevante sin pedirle consejo a Quintus Marcus Fabius.
     «¿Y ahora qué? ¿Adónde se puede encaminar uno?»
      Mientras estuvo en la cruz aún pertenecía a la formidable familia humana, y la gente se paraba y decía alguna ocurrencia más o menos desagradable, pero ahora…, ahora ya no tenía ni cuerpo, sólo un alma; un alma dejada al albur, sin que a nadie le importara un comino.
    «¿Dónde estaban los dioses?, si podía saberse. ¿Es que aquí nadie se encargaba de las almas? ¿Qué clase de inframundo era este, qué negligencia era esta?»


      Dos días después de ser enterrado el honesto M. Fabius Sergius, el carpintero, se vio flotando en el Tíber el cadáver de un perro sarnoso, pero nadie lo relacionó con el caso del liberto que asesinó a su antiguo amo. Tampoco nadie se fijó en Petronius, el esclavo de  Q. Marcus Fabius, el cual, tras comprar la libertad a la muerte de su amo, se mudó a Veius, en donde adquirió una casa y puso una panadería, la cual explota con éxito. La suma de todos estos negocios alcanzó la friolera de 4.500 denarios.
      Nadie se pregunta en Veius de dónde ha sacado el tal Petronius el anillo con una esmeralda egipcia del tamaño de un haba que luce en su mano derecha; anillo que le queda algo holgado.
    Nadie se fija en Petronius, el panadero, porque todo el mundo mira las alarmantes noticias que llegan del norte, las cuales anuncian que los cónsules Gaius Flaminius Nepos y Cnaeus Servilius Geminus han sido derrotados en el lago Tresimeno y en los pantanos de Plestia  por Hanni-baʾal, el cartaginés, cuyo nombre significa «Favorecido por el Señor».




3 comentarios:

Alberto Senda dijo...

Buen relato, Gerard. Has sabido mantener mi interés y trasladarme a esa época sirviéndote de muy pocos elementos, y eso lo consiguen los escritores, no los escribientes.
Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

¡Ah!, hola, Alberto, no había leído tu comentario hasta ahora y no sabes la ilusión que me hace que te haya gustado el relato, sobre todo la parte donde dices que te ha trasladado a aquella época. Sé que esto no le importa a nadie, pero empleé mucho tiempo en informarme de cómo se funcionaba en el 217 antes de Cristo. Escribir el relato no me llevó tanto tiempo.
He llegado a pensar que el relato está mal escrito y es aburrido; como nadie había dejado ningún comentario. Tu comentario llega como un viento fresco.

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Confía un poco más en ti mismo, independientemente de que lleguen o no los comentarios o incluso los lectores, pues eso también le otorgará un plus de fuerza a tus escritos. Tus relatos están siempre bien escritos, incluso los menos buenos, la diferencia de los mejores con esos que no lo son tanto es precisamente que en los primeros no dejas traslucir una cierta apatía derivada de esa falta de confianza, que acaba restando fuerza a alguno de tus escritos. A mi modo de ver está más ahí la clave que en una falta de inspiración o desinterés. En éste, como en muchos otros, no has dejado que eso se note.

Un abrazo.