Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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"LA TIERRA",de Gerard F. Fast. Relato





«¿Dioses? Tal vez los haya. Ni lo afirmo ni lo niego, porque no lo sé ni tengo medios para saberlo. Pero sé, porque esto me lo enseña diariamente la vida, que si existen ni se ocupan ni se preocupan de nosotros.» (Epicuro)


Hubert Wells pegó la cara al monitor. Los datos enviados por la estación GPS/ELF/Gravity System, Everest-1, a la pantalla del 3D-HD/TOGd/Monitor no parecían fiables: 28899ft 34764in — 8.808,51m. Conectó el monitor de la estación Everest-2; registraba 28897ft 111364in — 8808.09m de altitud.
Consultó los datos de Everest-3, E-4, E-5 y E-6, en los otros monitores: todos enviaban similares mediciones, con una variante de unas decenas de centímetros. Esta variante entraba dentro de lo admisible. Las estaciones Everest se habían colocado en diferentes puntos de la cumbre, y tres satélites recogían los datos de posición y los enviaban a la consola ante la que se sentaba Hubert. La medida más alta la daba el monitor de la estación Everest-5: 8.809,09m. Esta medida era la altura actual del monte Everest.
La primera medición que hacían y el resultado no encajaba. Algo tenían que haber hecho mal los de arriba cuando instalaron las estaciones GPS/ELF/GS, pensó Hubert.
—¡Eh!, chicos, venid a ver esto.
Winston Carson y Claire Martin dejaron la copiadora en tres dimensiones que estaban desembalando y se acercaron a Hubert. Los dígitos holográficos flotaban a cinco centímetros de la pantalla del monitor ME-1. Hubert hizo con la mano unos movimientos en el aire; los números se separaron diez centímetros de la pantalla y se agrandaron.
—¿Ocho mil ochocientos ocho metros con cincuenta y un centímetros? —exclamó Claire, asombrada. No podía ser. El Everest medía 8.848 metros. Algo fallaba en las estaciones Everest.
Hubert se encogió de hombros y puso las palmas hacia arriba.
—Es lo que marca —confirmó.
Winston y Claire miraron los dígitos naranjas que flotaban a pocos centímetros de las pantallas cárdenas, retro iluminadas, de los otros cinco monitores TOGd.
—Todos dan medidas erróneas… —dijo Winston.
—Exacto —convino Hubert.
—¿Están estropeados los GPS? —preguntó Claire.
—¿Los seis? —respondió Hubert.
Winston se masajeó la barbilla.
—Sería raro… —susurró, pensativo
—¿Has probado a resetear los GPS? —preguntó Claire a Hubert.
—Sí, por dos veces, y no ha servido de nada.
—¿Has anotado las medidas que te daban?
—Daban las mismas todo el tiempo.
—Resetéalos otra vez, a ver qué pasa ahora —sugirió Winston.
Hubert se inclinó hacia delante y, con una mano regordeta, de dedos cortos, actuó sobre los botones táctiles de la consola de mando. En la cima del Everest las luces verdes en las torretas se cambiaron a rojo, indicando que los GPS estaban desconectados. Volvió a conectarlos, tras contar lentamente hasta treinta. Los dígitos de las medidas flotaron delante de las pantallas.
—Siguen marcando lo mismo —confirmó Winston.
Hubert pasó el dedo sobre un botón de la consola; ésta soltó un pitido. Una pantalla se iluminó en el tablero y el mensaje «Call in progress» flotó a pocos centímetros de ella en letras verdes tridimensionales, acompañado de un continuo sonido de llamada. Luego apareció la topógrafa Olivia Ferrari, de medio cuerpo, parada junto al aéreo transportador que habían utilizado para llegar a la cumbre, un estable Flyer Turtle  que flotaba a pocos centímetros de la capa de nieve. A lo lejos se podía ver a los topógrafos Mia Ibarra y Harry Taylor, al cámara James Miller y a cuatro sherpas, apiñados en torno a una de las torres de los GPS. Todos vestían abultados trajes térmicos de color naranja, con reguladores automáticos de presión y cascos de pantalla negra que llevaban incorporados máscara de oxígeno, micrófonos y auriculares. Miller grababa con una cámara de video blanca lo que hacían.
—¿Qué sucede? —preguntó Olivia. Frente a ella, a dos metros de distancia, flotaba el busto holográfico de Hubert y una esfera negra del tamaño de una naranja: una cámara para captar imágenes tridimensionales, con seis objetivos colocados en la esfera como los ojos en la cabeza de una araña.
—Necesitamos que desconectéis los seis GPS y los volváis a conectar después de treinta segundos —dijo Hubert. Olivia hizo un elocuente gesto con los brazos, pidiendo una explicación.
—Creemos que los GPS no están bien conectados —se apresuró a decir Claire.
Olivia movió la mano, embutida en un enorme guante azul oscuro, delante de la esfera. La imagen de Hubert se encogió. Junto a ella surgieron las de Claire y Winston, y parte del interior de la carpa del Campamento 2, mil quinientos metros más abajo.
—¿Es una broma?—dijo.
—Estamos recibiendo medidas erróneas, Olivia —informó Claire.
—Aquí está todo bien. Los problemas tienen que ser vuestros. ¿Habéis reseteado los GPS desde la consola?
—Lo hemos probado todo, créeme —respondió Claire.
Los GPS estaban colocados en trípodes de un metro ochenta de altura, metidos en cajas estancas de color blanco diseñadas para soportar temperaturas de hasta -200ºc, con adhesivos del logo de National Geographic y el año de la expedición: 2054. Dentro de cada caja iba también una bomba sónica para el escaneo tridimensional de la montaña, además de un aparato para estudiar la gravedad y la batería de alimentación del conjunto. Todo el instrumental había sido diseñado para las colonias de Marte, con tecnología de última generación precisa al cien por cien y unos exigentes controles de calidad que no admitían fallos. El montaje de campo de los elementos en las torres estaba pensado para que lo pudiera llevar a cabo un niño: los diferentes elementos encajaban en su sitio igual que las piezas de un puzle. No había manera de confundirse.
Los trípodes estaban colocados a no mucha distancia uno de otro, pero el equipo humano, que llevaba media mañana instalándolos, soñaba con descender y tomar un café bien caliente en un cómodo lugar. Desconectar los GPS y volverlos a conectar podría llevar más de veinte minutos, y trabajar ese tiempo a 8.848m de altura era muy desagradable.
Detrás de Olivia se podía ver a Mia, a Harry, a James y a los cuatro sherpas, dirigirse hacia el Flyer Turtle. James Miller había dejado de grabar con su cámara y caminaba junto al grupo.
Okay. Os llamaré cuando los hayamos desconectado —dijo Olivia.
—Olivia…
—Te escucho, Hubert.
—No desconectes la unvacoesfera. Sitúala a unos diez metros de ti para que podamos veros. Por favor.
Olivia movió la mano: la abrió y la cerró delante del grabador de imágenes en tres dimensiones esférico «UNVACO 3D-HD» como si realizase un conjuro. Éste se alejó hasta quedar a unos diez metros.
—¿Está bien así? —preguntó.
—Positivo —respondió Hubert.
Olivia se dio la vuelta y fue al encuentro de los otros. La cámara esférica la siguió. Desde el Campamento 2 la vieron hablar con el resto del equipo, de espaldas a la cámara. De pronto, Olivia y los demás miraron a la cámara, luego se dividieron y cada topógrafo se dirigió a una antena seguido por uno o dos  sherpas. Doce minutos después los pilotos de señalización de tres de los GPS estaban apagados, y en las torres sólo permanecían encendidos los pilotos rojos de los cañones sónicos y las luces plateadas destellantes de las balizas de posición. Transcurridos cuatro minutos, los pilotos verdes de los tres GPS se encendieron; los topógrafos se encaminaron a las otras torres, desconectaron los GPS y los volvieron a conectar.
—Y bien… —dijo Olivia.
—Malas noticias: esto sigue igual —informó Hubert.
—Olivia, vamos a consultar con Lena. Entretanto, quedaos cerca de las estaciones —dijo Claire.
Okay.
Hubert cortó la comunicación con Claire y conectó con el campamento Base Sur, situado a  5.360 metros de altura.
—Hola, chicos, ¿qué tal van las cosas por ahí arriba? —preguntó Lena.
—Algo confusas, Lena —respondió Hubert.
—¿En qué están confusas?
—Los GPS no dan las medidas correctas.
—Los GPS siempre dan las medidas correctas.
—Esta vez no, Lena. Marcan una altitud que varía entre los ocho mil ochocientos ocho y los ocho mil ochocientos nueve metros.
—Lo siento, chicos, pero vais a tener que volver a medir. La altura debe ser cercana a los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros.
—Hemos hecho todas las pruebas posibles, incluso le hemos pedido a Olivia que resetee los GPS en las torres, desconectándolos de la alimentación.
—¿Está ahí Olivia?
—No, sigue en la cumbre.
—Comunícame con ella. No desconectéis, vosotros.
La imagen de cuerpo entero de Olivia flotó en el módulo del campamento Base Sur. A su lado estaba un sherpa.
—Olivia, ¿qué pasa con esos GPS? —preguntó Lena.
Lena veía a Olivia y a los miembros del Campamento 2 flotar en el aire frente a la pantalla de un monitor en tres dimensiones TOGd, en dos proyecciones independientes.
—No lo sé, Lena. Aquí todo está bien.
—Me dice Hubert que envían datos erróneos.
—Aquí todo está correcto.
 Hubert intervino desde el Campamento 2.
—Ocho mil ochocientos nueve metros con nueve centímetros es la mayor altura que marcan los GPS. De nieve, los sensores marcan un espesor de tres metros ochenta y cinco centímetros. Los GPS funcionan mal —sentenció.
—Los GPS no se estropean —insistió Lena.
—Entonces es que la montaña está encogiendo —replicó Hubert.
 Lena Lauper, morena, delgada, cuarenta y seis años, era la supervisora de la expedición, y la responsable de que al volver a Estados Unidos sobre la mesa del despacho del director de National Geographic, en Washington D.C., hubiera un dosier con resultados que justificaran el dinero invertido en patrocinar la empresa.
—Olivia, dejad las cosas como están y volved al «Dos». Mañana subirá Charlie a mirar los GPS —dijo.
Charlie Peterson se ocupaba de que los sofisticados instrumentos de alta tecnología de la expedición fueran como la seda. Llegó al Campamento 2 a bordo de un Flyer Turtle blanco, con un enorme logo de National Geographic a ambos lados del vehículo y el rótulo «Himalaya Expedition-Everest 2054» en letras rojas y negras sobre una franja amarilla. Le acompañaban sus ayudantes, Kenneth Griffin y Roselyn Pérez. Charlie recogió a Olivia y a Miller y condujo el Flyer Turtle hasta la  cumbre.
Lena veía flotar en la pantalla del 3D-HD/TOGd/Monitor a Charlie, de cuerpo entero, junto a una de las torres de los GPS. A su lado estaban Olivia y Roslyn. Tenían nieve en el traje y en el casco. De vez en cuando la unvacoesfera captaba a James Miller grabando. Kenneth no aparecía en ningún plano. En otro monitor flotaba la imagen de Hubert, sentado frente a una pantalla TOGd en el Campamento 2.
Pendiente, y muy atentos a lo que sucedía en la cumbre del Everest, estaba el resto del equipo, que se apiñaba alrededor de Hubert sin quitar ojo a la pantalla.
—Te cuento lo que hemos hecho, Lena —empezó a decir Charlie—. Hemos testado los seis GPS y no se ha detectado ninguna anormalidad. Después hemos sustituido uno de los GPS por otro que hemos traído, y que sabíamos que funcionaba bien, y se han realizado mediciones.
Sin embargo, las medidas de los GPS seguían equivocadas, o eso parecía. Además, los seis, y el que había llevado Charlie, marcaban un metro y diez centímetros menos de altitud que el día anterior. Es decir, que según los GPS, en veinticuatro horas el Everest había encogido un metro y diez centímetros.
Lena hizo un gesto de contrariedad.
—Charlie...
—Lena…
—¿Puedes asegurarme, al cien por cien, que a los GPS no les pasa nada?
—Lena, los GPS pueden cometer errores, porque son humanos; pero yo soy una máquina infalible, y te aseguro, al cien por cien, que a los GPS no les pasa nada.
—Muy bien. Dejad todo funcionando y regresad. Hubert…
—Dime.
—A partir de ahora todas las lecturas son buenas.
—Oído cocina.
Los días que siguieron, los Flyer Turtle se emplearon a fondo en cartografiar la montaña. Estos vehículos debían la forma de su chasis y su nombre a las tortugas gigantes de las islas Galápagos. La «cabeza de la tortuga» hacía de cabina, y podía albergar siete pasajeros, dos delante, con el piloto, y otros cuatro detrás; las «patas» servían como estabilizadores y tren de aterrizaje. Los turtle podían elevarse hasta quince metros del suelo, salvar una grieta de doscientos sin perder altura y posarse sobre la cabeza de un alfiler con vientos huracanados. Funcionaban con una serie de motores eléctricos que les permitía elevarse, descender y maniobrar, silenciosamente y con gran autonomía.
  Los Flyer Turtle habían sido diseñados para el complicado relieve marciano. En 2030 llegó a Marte la primera expedición con 2.000 colonos, que ocuparon los pabellones climatizados montados por autómatas la década anterior. En los años posteriores se sucedieron los viajes con mayor frecuencia, de forma que para el 2050 había censados 224.673 colonos repartidos en colonias de 10.000 individuos. Cada vez que una colonia superaba dicha cifra, 2.000 colonos la abandonaban para fundar otra en otro lugar. Este sistema de colonización había sido copiado del de los insectos comunitarios, como las hormigas y las abejas, que durante millones de años lo habían practicado con éxito para su especie. Los viajes a Marte, sin embargo, aún no permitían el retorno de aquellos que decidían dejar la Tierra. También se confiaba que para el 2160 ya se dispondría de una atmósfera apta para la vida humana.
Durante cinco días, los cañones sónicos de las torres situadas en la cumbre del Everest bombardearon la montaña con ondas ELF (Extremely Low Frequency) cada tres minutos. Un turtle que navegó alrededor de la montaña recogió los ecos en una computara. Otros dos turtle escanearon la superficie con rayos laser. Las medidas tomadas se pasaron a una copiadora en tres dimensiones, que hizo copias a escala 1:10.000, en las cuales no faltó ni la más insignificante anfractuosidad ni la más nimia oquedad del interior de la cima. En cuanto a los GPS (Global Positioning System), la última medida más alta que dieron fue de 8.803,59 metros, tomada desde la roca, a los que había que sumar 3,90 metros de espesor de nieve. Desde la anterior medida hasta esta última el Everest había encogido 5,50 metros. La conclusión era que exactamente la montaña encogía 1,10 centímetros al día.
Veinte días después, una expedición china constató que, efectivamente, el Everest encogía ese metro con diez centímetros diarios. La nueva altura de la montaña, tomada por los chinos fue de 8.783,59 metros, desde la roca, y de 4,65 metros el grosor de la nieve.
Otras expediciones confirmaron este retroceso de 1,10 metros al día del Everest, y cuando disminuyó hasta una altura de aproximadamente 8.611 metros, el K2 empezó a mermar con él. A los 8.586 metros, se les unió el Kangchenjunga, y más tarde, cuando estos tres montes habían encogido hasta los 8.516 metros, el Lhotse empezó perder altura con ellos; y a los 8.485 el Makalu; el Cho Oyu a los 8.188; el  Gangapurna a los 7.455; el Maná a los 7.272 metros. Las montañas del sistema de los Himalayas perdían altura y no se sabía por qué. Los aparatos de medición sísmica que se instalaron no detectaron nada anormal. Desde Marte, la colonia marciana seguía con interés los extraños acontecimientos.
Cinco años después, cuando las montañas del Himalaya habían disminuido su altitud hasta los 6.962 metros, una expedición de científicos argentinos al Aconcagua (6.962 metros, en los Andes, Argentina) descubrió que la montaña estaba a la misma altura que las montañas del Himalaya, y que disminuía 1,10 metros diarios. Otra expedición confirmó que Ojos del Salado (6.893 metros, en los Andes, Argentina) había empezado a disminuir a la misma velocidad que las otras montañas. A Ojos del Salado posteriormente se le sumaron Sur del Aconcagua, Pissis y Pissis II, también en los Andes. Luego siguió el Mc Kinley, en Alaska; el Kilimanjaro, en África; el Elbrús, en Europa; el Puncak Jaya, en Oceanía; el Tyree, en la Antártida…
Las montañas más altas del mundo descendían 1,10 metros diarios, y a medida que su cota disminuía y se ponían a la altura de otras montañas, éstas se unían a aquellas y comenzaban a mermar. El fenómeno, para el que nadie encontraba explicación, se desarrollaba sin indicios sísmicos, y afectaba a todos los continentes. Parecía como si a la Tierra le hubieran aplicado una pomada contra el acné.
En 2076 el fenómeno cesó de la misma forma que había comenzado, sin que los científicos acertaran a dar una explicación consistente sobre las causas. Para esta fecha la mayor altura de la tierra no sobrepasaba los 10 metros sobre el nivel del mar. A la que fuera la cumbre del Everest se podía subir en dos zancadas, y podía uno sentarse en ella a tomar un refresco en mangas de camisa. Ya no existían ocho miles ni siete miles, ni cordilleras andinas ni alpinas. El antes espectacular Gran Cañón del Colorado era poco más que una llanura roturada por un río, y los pálidos acantilados de Dover habían desaparecido.
Un viento húmedo sopló por toda la Tierra, por las nuevas llanuras, se llevó la arena de los desiertos e hizo brotar hierba y árboles y el suelo se hizo más fértil. Como si el dedo de la diosa Fortuna lo hubiera tocado, el planeta se había transformado en un hermoso, llano y productivo vergel.
Desde Marte, con potentes telescopios, observaban con sumo interés la enorme masa verde que ocupaba todo el relieve terráqueo. Cuando llegaba una nueva remesa de colonos desde la Tierra, todos los medios de comunicación marcianos acudían a entrevistarlos y les hacían decenas de preguntas. La extraordinaria mutación de la Tierra era la conversación de moda en todas las colonias de Marte.
Fue en el año 2090 cuando las temperaturas en la Tierra cambiaron; las más altas no superaron los 35ºc, y en los años posteriores continuaron bajando un grado centígrado al año. En 2095 la temperatura más alta registrada fue de 30ºc, y en el 2100 bajó hasta los 25ºc. Las temperaturas parecían seguir el mismo patrón de descenso que el observado en la altura de las montañas, lo cual hizo que la gente siguiese con preocupación el cambio.
En el 2105 la temperatura máxima de la Tierra fue de 20ºc, y es en este año cuando se abrieron por todo el mundo agujeros de más de cincuenta metros de diámetro que descendían en suave pendiente hasta las entrañas del planeta. Por ellos entraron todos los animales que no soportaban temperaturas inferiores a 20ºc, y a medida que el mundo se enfriaba los animales peor adaptados a las bajas temperaturas se iban introduciendo por los agujeros.
Los gobiernos enviaron expediciones de científicos a investigar los túneles. Descubrieron que éstos llegaban hasta el manto superior, en donde había un mundo similar al de la superficie, con océanos de agua salada, lagos, ríos, cordilleras con picos nevados tan altos como el Everest, valles, praderas y bosques. Un mundo con sus noches y sus días, gracias a un raro mineral situado en el techo, a más de dos mil kilómetros de altura, que se encendía y apagaba reproduciendo a la perfección un día de la Tierra, con aurora, mediodía y ocaso, y también algo parecido a una noche, con una imitación de estrellas y constelaciones. La luz del desconocido mineral era tan beneficiosa para los animales y las plantas como la del propio sol.
En el 2125 la temperatura de la Tierra había descendido hasta los alarmantes c, y los gobiernos pensaron que había llegado el momento de emigrar al interior del planeta.
En perfecto orden, miles de vehículos transportaron a los ciudadanos al seno del mundo, y fueron poblando aquella nueva tierra subterránea, unidos por la adversidad.
Nunca en la historia de la Humanidad el ser humano había mostrado tanta generosidad con sus semejantes; nunca antes había colaborado con tanta sinceridad por el bien común como en aquellos primeros años de exilio. Mientras en el exterior la temperatura descendía hasta los -140º centígrados, en el interior del planeta el calor humano lo inundaba todo. La flora, la fauna, los lagos, los ríos, eran respetados y queridos por el ser humano como si pertenecieran al culto más entrañable. Más tarde, cuando todo el mundo se asentó, cuando el miedo a una gran hecatombe fue desapareciendo, el egoísmo empezó a dar sus primeros pasos y a recuperar el tiempo perdido. De forma paulatina, se recuperaron las antiguas costumbres y la sociedad subterránea acabó por ser un reflejo fiel de su pasada historia. Los cimientos de solidaridad con que había sido construida la nueva civilización se derrumbaron, y cada palo tuvo que aguantar su vela, como siempre había sucedido.
En la superficie, el planeta era una pulida bola de hielo, arrasada por vientos huracanados. Tapones de hielo de más de treinta metros de espesor sellaban las entradas a los túneles. En estos tapones se habían abierto agujeros, y dispuesto en ellos observatorios astronómicos desde los cuales los científicos podían escudriñar el cosmos. No había quedado ningún satélite artificial activo, por lo que la comunicación con Marte resultaba imposible.
El año 2225 una rosada aurora boreal fue observada durante un año por los telescopios de todo el mundo subterráneo. Cuando la aurora se apagó la oscuridad absoluta se hizo en el Universo, y los astrónomos constataron que los astros habían desaparecido del cielo. No estaba el Sol, ni Marte, y tampoco había estrellas. Sólo la fiel Luna seguía rotando alrededor de la Tierra, que flotaba en la nada como un arca de Noé cósmica.
Hacia el año 2243 de nuevo se pudo observar otra sonrosada aurora boreal. Este mismo año un viento cósmico barrió la superficie de la Luna y dejó al descubierto un relieve liso y brillante, parecido a la plata, que asombró al todo el mundo científico. También quedó al descubierto un agujero que traspasaba el satélite por el eje, de parte a parte, como en las cuentas de perlas de un collar.
Fue entonces cuando sucedió la maravilla de las maravillas, el milagro y la posible explicación a tantos y tan extraordinarios avatares que le habían sucedido a la Tierra: el Ojo de Dios se manifestó en el firmamento, ocupando el inmenso vacío que habían dejado los astros y las estrellas. El Todopoderoso se manifestaba a los humanos y los escudriñaba con su pupila azul. El mundo pensó que el fin de las desdichas se aproximaba, y corrió a limpiarse el alma en los templos. El creyente se hincó de rodillas y el ateo se convirtió.
De todos los lugares, la gente acudía a los observatorios y hacía largas colas, esperando pacientemente su turno para contemplar las constelaciones azules del iris divino y los universos contenidos en la Oscura Pupila sagrada.
En el 2244 el Ojo de Dios se retiró del cielo. La Tierra viajó durante dos años por un cosmos luminoso, de relámpagos lívidos y luces doradas. Finalmente se detuvo en un sistema planetario, en el cual  orbitaban alrededor de una estrella apagada y fría ocho planetas helados. Los astrónomos contemplaron extasiados con sus telescopios las constelaciones de la nueva y desconocida galaxia.

Zeus abrió el estuche de plata. Hera, en su jardín, sentada al borde de su particular estanque cósmico en donde resplandecían cientos de coloridas constelaciones, miró el contenido del estuche que le mostraba su esposo: un planeta helado flotaba en una porción de gelatinosa y oscura Nada; un pálido satélite orbitaba a su alrededor.
—Ese satélite parece la Luna —dijo con desgana.
—Es la Luna, y ese planeta que le acompaña es la Tierra —contestó Zeus. Se sentó al lado de su esposa.
Hera miró el planeta. Hizo un gesto, sorprendida.
—¿Has congelado la Tierra? —preguntó.
—La he congelado. —respondió Zeus. Metió un dedo en el estanque cósmico y agitó el universo multicolor. — Quiero que la pongas en tu estanque —dijo.
En su particular estanque cósmico Hera estaba creando un sistema planetario de siete planetas helados y una estrella apagada y fría.
—¿Qué ha pasado con los humanos?, ¿están muertos? —preguntó.
—No, viven en el interior del planeta —respondió Zeus.
Hera metió la mano en el estuche, y la gelatinosa y oscura nada se escurrió entre los dedos. La Tierra y la Luna flotaron en la pálida mano de la diosa. Zeus, en su particular estanque cósmico, había creado un sistema planetario con ocho planetas que giraban alrededor de una estrella llamada Sol. En uno de esos planetas habitaban los humanos, y lo llamaban «la Tierra». Zeus había cogido el planeta Tierra del estanque para regalárselo Hera.
—Le he quitado a la Tierra las imperfecciones, hasta dejarla lisa. Luego la he cubierto de hielo, para embellecerla. A los humanos les he dado un mundo subterráneo, con todas las características del mundo que conocían en la superficie —dijo Zeus.
Hera levantó la mano y situó la Tierra a la altura de los ojos; el iris azul de la diosa iluminó la superficie de hielo del planeta. Cuando Zeus creó el Sistema Solar le cogió a ella del joyero una cuenta de plata y la colocó en la órbita de la Tierra. Esa cuenta era la Luna, en la que los rayos del sol se reflejaban como en un espejo.
 Pero ahora estaba sucia.
Sopló para limpiar el polvo cósmico. Luego volvió a acercar la cara a la Tierra. A través de la capa de hielo podía ver los océanos y el relieve de los continentes sin montañas, tal y como había dicho su esposo. Se imaginó a los humanos viviendo en el interior del planeta; pequeñitos, torpes, siempre descontentos con todo y siempre malhumorados, peleándose entre ellos continuamente. Le hizo gracia este pensamiento y sonrió.
—Me gusta tu regalo —dijo. Metió la mano en el estanque cósmico y situó la Tierra y la Luna en el sistema planetario de planetas helados del estanque—. ¿Ya no hay vida en el Sistema Solar? —preguntó.
—Hay humanos viviendo en Marte —respondió Zeus.
Hera enarcó una ceja.
—¿En Marte? ¿Los has llevado tú?
—No, han ido ellos, montados en unas máquinas voladoras que han construido. Viven en unas casitas en las que han recreado el medio ambiente de la Tierra. Quisiera ayudarles a crear un planeta habitable. También tengo intención de poner una nueva Tierra donde estaba la otra.
Hera echó una mirada valorativa al planeta Tierra, que flotaba en el universo de su particular estanque cósmico. Quizá fuera una buena idea encender la estrella fría y descongelar el planeta de los humanos, para que éstos pudieran salir al exterior. Ya no le parecían tan pequeñitos y torpes, después de oír a Zeus. Naturalmente, tendría que poner el relieve de la Tierra como estaba antes, con montañas, cordilleras y todo eso, para que se volvieran a sentir como en casa.
 Lo que menos deseaba era tener en su particular estanque cósmico un planeta habitado por humanos melancólicos.



3 comentarios:

Alberto dijo...

Desde la revolución industrial, el daño infligido a la madre Gaia por esos engreidos simios que solemos llamar humanos, quizá ya haya sido en gran parte irreparable. Al menos así lo cree el gran científico James Lovelock, que en su libro de 1988 "Las edades de Gaia" sostiene la opinión que más o menos por el 1996 (fecha en que curiosamente leí yo el libro), se llegaría al punto de inflexión, en lo que al cambio climático inducido por el hombre se refiere. Y que una vez iniciado ese proceso ya no habría marcha atrás. Ojalá esté equivocado, pero es difícil, puesto que se trata de un hombre especialmente brillante. Además, aunque se hubiese equivocado por unos años, desde 1996 no hemos hecho otra cosa que contaminar todavía más.

En la mitología mexica se dice que 4 humanidades diferentes ya han sido destruidas ( o que nosotros somos la cuarta; no lo recuerdo con exactitud), y después de cada destrucción es Quetzalcóalt el que tiene que bajar a ese inframundo, llamado Mictlán, a recuperar los huesos de la humanidad y volver a modelar a los hombres. Aunque si a la tercera ya no fue la vencida, dudo mucho que esta cuarta o quinta vaya a ser...
En fin... creo que soy sin duda uno de esos melancólicos que no necesita Hera.

La primera parte del relato no me parece que tenga el tempo adecuado; me parece un tempo más de novela, cuando un relato (especialmente si es tan corto) demanda algo más de rapidez, fluidez y hasta precipitación, como al final. No obstante, el tema es interesante, y creo que incluso se podría elaborar una buena novela de ciencia-ficción con él.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Cada día se hace más evidente que nos estamos cargando el planeta. El cambio climático parece ser una prueba de ello, y, como tú, quiero pensar que J. Lovelok se equivoque, pero...

No conocía esa leyenda mejicana de las 4 humanidades; el caso es que no conozco casi nada del antiguo Méjico, el de los aztecas. En estos documentales de TV sobre la destrucción del mundo por catástrofes naturales, creo recordar dos destrucciones, al menos, de la Humanidad: la primera por una gran explosión volcánica y la segunda por un meteorito que se estrelló en el golfo de Méjico, y que acabó con los dinosaurios.

Para la siguiente destrucción, no va a hacer falta que nos ayude nadie. Lo vas a hacer nosotros solitos; y mejor que nunca, como no cambiemos.

Te doy toda la razón en que la primera parte del relato tiene tempo de novela; lo hice a propósito. En un principio había pensado en desarrollar la historia tal y como dices, pero luego me pareció que podía quedar más dinámica si la empezaba como una novela, con personajes con nombre y apellidos, aunque después perdieran protagonismo. A veces es preferible arriesgar algo, a ver cómo sale la cosa.

De todas maneras, la verdad es que también quería coger mano escribiendo, y practicar diálogos y descripciones. No sé si lo he hecho bien o mal. Espero que los diálogos no hayan quedado cutres y faltos de realismo.

Lo de los seis GPS, soy consciente de que es una exageración, y que con uno hubiera bastado para medir la altura del Everest, pero puse seis en favor de la plástica de la narración. Para hacerlo más creíble añadí a las torres de los GPS bombas sónicas -que no tengo ni idea de si siquiera existen- y no sé qué cosa más, ya no me acuerdo. Y para evitarme líos, situé la acción en el futuro; como nadie sabe cómo se medirá el Everest en el futuro, pues me curo en salud.

Estuve a punto de no publicarla. Cuando la terminé, no me gustó nada, la historia me parecía sin garra, y me llevé un pequeño disgusto. Luego me lo pensé mejor, y me dije que, al fin y al cabo, sólo era un paso más en el camino de todo escritor. En fin, si a ti te ha gustado, doy a la historia por buena. Debes de ser su lector ideal.

Hera puede que no necesite humanos melancólicos, pero la Tierra sí, para seguir girando. La melancolía de la gente creativa es el inconformismo de los renovadores.

Un abrazo.


Alberto dijo...

Supongo que esos documentales que dices, de lo que hablaban era de las seis extinciones masivas que se cree que ha habido hasta ahora en la Tierra, de las cuales la más conocida es la de hace 65 millones de años, cuando se extinguieron los dinosaurios; pero la peor de todas fue anterior, hace unos 250 millones de años, donde se cree que se extinguieron entre el 80 y el 90% de todas las especies vivas del planeta. Ahora hay unos cuantos científicos, entre ellos Lovelock, que sostienen que se ha iniciado la séptima gran extinción; ésta causada por el hombre.
A mí la mitología mexicana me parece muy interesante, y no sólo la azteca, sino la maya, olmeca, tolteca, zapoteca, etc. Curiosamente,la fecha más antigua registrada en el tan mal interpretado calendario maya es de hace 65 millones de años, justo cuando se cree que cayó el meteorito en Yucatán, uno de los lugares donde éstos se establecieron.

A mí ya me había dado la impresión de que este relato debía de ser una especie de experimento o prueba, pero, claro, no podía estar seguro; y como tal no ha estado mal, aunque he notado ciertos y comprensibles altibajos. Quizás debas pulir un poco más los diálogos, pero en absoluto me parecieron cutres, sólo un poco ¿desganados?. Eso sí, en este tipo de escritos hay que arriesgar.
Así que no te gustó nada cuando lo terminaste. A mí casi nunca me gusta nada de lo que escribo, por eso sólo fui capaz de terminar un libro, y entre parones y otras cosas me llevó 9 años, y decirme a publicarlo otros dos, y eso que la había gustado a ciertos amigos y conocidos con criterio; pero siempre pensé que su opinión no era sincera, y lo sigo pensando.
En lo que sí te doy la razón es que le falta un poco de garra, pero bueno poco a poco; a medida de que te vayas enfadando más con el mundo la irás consiguiendo, je,je.

Un abrazo.