Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

La niña que no hablaba, relato de Gerard F. Fast


      Ya viene el sol. Cariñito, ha sido un largo y frío invierno. Parece que hubieran pasado años desde que estuvo la última vez.
      (Here Comes The Sun, The Beatles).


      La pequeña playa se metía tierra adentro; formaba una estrecha media luna entre el saliente rocoso y el palmeral del pueblo. María caminaba por la arena, ensimismada en el sonido de sus pisadas: rasgar de tela bajo las chanclas. Daba pasos largos y decididos. La fina línea de guijos separaba la playa del bosque de palmeras: troncos ondulantes o rectos y erguidos. Anochecía, y en las casitas de tablón y chapa luces de pocos vatios iluminaban el hueco de las ventanas.
      Había permanecido dos horas en la playa, sentada al borde del guijo, los pies hurgando en la arena. A lo lejos, la línea del cielo aparecía misteriosa e inquietante.
      Juana freía trocitos de pollo enharinado en una sartén vieja.
      —Las Ureña siempre hemos sido mujeres correosas y duras. Déjalo estar y come.
      No era cierto. María era Ureña y últimamente había llorado, a solas.
      —No tengo hambre, tía —respondió.
      En la fuente había fritos de rodajas de plátano y pollo enharinado.
      —Come —insistió Juana.
      Juana masticaba, y los músculos faciales se dibujaban con precisión en una piel metida en edad, sin grasa, morena y fina como el esfumato en una pintura renacentista. María la miraba, y la fruición con que comía le despertó el apetito y cogió una rodaja de plátano.
      —Él es mayor que tú y tiene la vida resuelta. Te dará estabilidad. Puedes separarte, si no te gusta, y regresar.
      María continuó muda. Cogió un trozo de pollo.
      —¿Qué te preocupa? —le preguntó Juana.
      —Las niñas.
      Dos niñas de pelo rizoso y ojos oscuros. Su vida, su alma.
      —¿Él no sabe nada?
      —Sabe  lo de la pequeña Griselda.
      La pequeña Griselda, de seis años. Nueve la otra niña, Martina.
      —No le digas nada más —aconsejó Juana.
      —¿Y Martina?
      Juana alargó un brazo magro hacia la fuente. El antebrazo se pobló de músculos y tendones cuando clavó el tenedor desgastado en la rodaja de plátano frito.
       —Cuando estés preñada, se lo dices. Si él quiere tenerte, no le importará.
      A él no le importó. En octubre las noches allá eran frías, y en invierno la nieve cubría la tierra y los árboles con una capa blanca y ondulante. La casa: el centro del mundo. De ella irradiaban el río, la era, las casitas de la aldea, los campos de trigo, el convento cisterciense en ruinas y la peña gris, en la lontananza, por donde salía el sol y la luna.
      Acudía a la iglesia con su abultado vientre. Sentada en las primeras filas de bancos, María; ella, el marido y las dos niñas. Desde el púlpito, el cura miraba por encima del atril. «¿Todo bien, María?», la interrogaba la velada sonrisa del cura. «Todo bien, padre», respondía la sonrisa de ella.
      Se acostumbró a la fragancia de las mieses, de los campos sembrados, de las ulagas y el brezo de las laderas, y al olor húmedo del lecho del río. Pero lloraba algunas noches al evocar el aroma del mar y la palmera. En las ruinas del convento la piel se le volvía blanca y transparente, y alucinaba: veía una picota rayada, con dos enormes anillos de hierro, y el sarcófago de piedra de un caballero medieval y su dama.
      La niña nació guapa. Fueron sus ojos azules y grandes, los papos tostados y el cabello rubio y rizado. María convertía los rizos en una cascada de trenzas doradas que bañaban de luz los delicados mofletes.
      La pequeña no hablaba. La miraron, y la niña dijo «sí» cuando le preguntaron si podía oír.
      La niña se sumía durante horas en la observación de los árboles y las plantas, los insectos y los sucesos del cielo. La miraron otra vez y los médicos dijeron que era una deliciosa niña de tres años perfectamente normal. «Hay niños de desarrollo tardío», ésta fue la explicación.
      María miraba a los ojos de la niña y le decía: «¿Por qué no me hablas, cielo mío?». 
      «Ya desarrollará», decía el marido.
      Soñó el convento. Oculta tras una celosía compartía el oficio con las hermanas. En los bancos, las damas lucían coloridos trajes de lino y los caballeros la espada de paseo al cinto. Tres damitas se adelantaron a comulgar. Luego, en la intimidad de la celda, María se deshizo de la toca y una pálida tez se reflejó en la superficie líquida de la jofaina. Se despojó de las vendas y hundió las manos en el agua. Los estigmas: veía a través de los agujeros que atravesaban las palmas de parte a parte.
      A paso vivo, recorrió el claustro. En la capilla se arrodilló ante una Virgen medieval de madera policromada: sostenía la manzana del Paraíso en la mano derecha y con la otra envolvía al Niño, sentado en sus rodillas. La Virgen dijo unas palabras enigmáticas:
      —Todo ha salido del Vientre y Todo volverá al Vientre.
     La Virgen se había inclinado hacia adelante para hablar y con los labios casi tocaba a María. El aliento le olía a madera de roble y a corazón de bosque. El Niño impuso cinco yemas de óleo y pigmento sobre la frente de María.
      Despertó. Notaba la presión de los cinco dedos. Vio el color atezado desvaído del rostro, los enormes ojos azules y las trencitas doradas. Junto a la cama, estirando la mano, la niña le tocaba la frente.
      María abrió el edredón. De un salto, la niña se coló dentro y se acurrucó contra el padre. Luego María fue hasta la ventana. La luz de la luna refulgía en la nieve y parecía de día. La superficie del río brillaba como un espejo. Más allá de la era, las mortecinas luces de las farolas de la aldea marcaban círculos naranjas sobre el pavimento helado. Alguien permanecía despierto: en una ventana se veía luz. «La nieve gime cuando la pisas, como la arena», meditó María.
      Acudió a una mujer de ojos saltones que leía el pasado y adivinaba el futuro. Le habló de la niña y de su sueño. La mujer estudió los posos de una taza de café e indagó en cuatro naipes que María extrajo de una baraja de cuarenta, puso los ojos en blanco y empezó a sisear una letanía mientras pasaba las cuentas de un rosario.
      —Es ella —dijo al terminar; los ojos le salían de las órbitas.
      —¿Quién? —preguntó María.
      —Es ella. ¡La niña es el Vientre!
      Al pie del abeto, regalos envueltos en papel con motivos navideños. Sonaba un villancico. María vuelve con la macedonia de frutas en almíbar, los turrones, los dátiles y las uvas pasas. En el comedor, la niña sorbía la sopa de pescado. El sitio del marido en la mesa y el de las dos niñas lo ocupaba un rastro de polvo gris que se escurría de las sillas al suelo.
      La niña levantó la vista del plato. María notó que las piernas se le convertían en polvo, y después las manos. La macedonia estalló contra el suelo y un lago de almíbar anegó el comedor. El alma de María voló hasta los ojos de la niña cuando la última partícula de polvo en que se convirtió su cuerpo tocó el piso.
      La niña se sentó en el poyo, a la entrada de la casa. La nieve se transformó en polvo brillante, y luego le sucedió lo mismo a la aldea, a la peña pelada del horizonte y finalmente al mundo entero. Entraron por los ojos de la niña, convertidos en un torrente luminoso. Después la Luna, el Sol, los planetas, las estrellas y las constelaciones volaron hacia la niña en forma de miríadas de puntos luminosos y entraron dentro de ella por los ojos.
      Cuando ya no quedó trazas de Humanidad y Universo, la niña adoptó una postura fetal. A su alrededor, la Nada, y en su interior bullía la vida con sus contradicciones.




     



No hay comentarios: