Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






La bellota


      La joven bellota veía con angustia cómo la marea la empujaba mar adentro. A lo lejos, la línea costera se achicaba paulatinamente en el horizonte hasta quedar reducida a una raya azul del grosor de un hilo.
      Al romper la mañana aún colgaba de la delgada rama de una encina, al borde de un acantilado. La rama, una de las más altas de la encinaestaba situada en un lugar privilegiado, favorecido con las mejores horas solares y bendecido por las suaves brisas de ultramar, ricas en yodo y en aromas de continentes lejanos y exóticos.
      Hidratada por el rocío y nutrida con luz de luna y rayos de sol, la piel de la bellota era suave y lisa; en ella reverberaban brillantes verdes y amarillos amarillolimón. 
    Si llovía, un cobertizo de hojas la resguardaba del aguacero. Si el viento soplaba con fuerza, inmediatamente un parapeto de hojas y ramas se interponía. Si picaba el sol, no faltaban hojas que le dieran sombra. La bellota, pues, crecía hermosa gracias al magnífico lugar que ocupaba en el árbol. Y su espíritu, libre de toda inclemencia, día a día crecía en sabiduría y en bondad, y se volvía más creativo, poético y soñador.
      Sin otro cuidado que el de contemplar la vida, la bellota catalogó más de cuatrocientos aromas y descubrió las mil tonalidades azules y rosas del cielo. Diferenciaba cada una de las estrellas del firmamento, a las cuales había puesto nombre, y de la Luna conocía cada cráter.
      El Sol suponía un misterio cautivador. De pronto surgía entre las ramas de la encina, y cuando al atardecer se hundía en la mar aparecían la Luna y las estrellas como por arte de birlibirloque.
     Desde su rama podía ver el mar y el cielo, pero no el extenso continente de praderas, ríos y montañas donde crecía la encina.
      —¡Qué magnífica bellota! —dijo una voz nasal.
     —¡Y tanto. Es la bellota más extraordinaria que he visto nunca! —exclamó otra voz tan nasal como la primera.
      —Fíjate en esos tonos verdes y amarillos, ¿no son perfectos? Y esa piel, ¿has visto jamás una tan lisa? ¡Pero si no tiene una mella, ni una imperfección que la afee! —insistió la primera voz.
      —¡Es la quintaesencia de la belleza en bellotas!
      Las voces provenían de abajo, y la bellota se esforzaba por localizar a sus dueños escudriñando entre la masa de hojas y ramas. Vio un hocico sonrosado, y que unos diminutos ojos marrones la examinaban con fruición.
      —¡Hola! —saludó.
      Otro hocico sonrosado se asomó, guardando un complicado equilibrio al borde del acantilado, y su silueta quedó recortada en la superficie esmeralda del mar.
      —¡Hola, bellota! —respondió el nuevo hocico.
      La bellota no sabía que ella era una bellota hasta que le llamó así el hocico sonrosado.
      —¿Yo soy una bellota?
      —No te quepa la menor duda. Y además, una hermosa bellota —contestó el hocico.
      —¿Y quiénes sois vosotros? —le preguntó la bellota.
     —Nosotros somos cerdos. Una familia de cerdos, y hemos venido a comer a la sombra del árbol. Será una deliciosa jornada campestre.
      El cerdo desapareció un momento. Volvió con un cochinillo entre las callosas pezuñas. Lo alzó en vilo para mostrárselo a la bellota.
      —Este es uno de mis sobrinitos. ¿No es un cielo? —dijo el cerdo.
      El lechoncito miró a la bellota con sus minúsculos ojos. Se encontraba algo confuso y sorprendido. Por unos momentos permaneció quieto. Luego se sintió incómodo y se puso a gemir y patear. El tío dejó de exhibirlo.
      —Estamos todos —dijo, ya sin el cerdito—. Los abuelos y las abuelas, los papás y las mamás, los tíos y las tías, los hijitos y los sobrinos. Somos una familia grande y bien avenida.
      —¡Es encantador! ¡Y tan tierno! —exclamó la bellota— ¡Cuánto me gustaría estar con todos vosotros ahí abajo!
      —Realmente es una lástima que no pueda ser así —convino el cerdo—. Estaremos alerta por si te desprendes de la rama.
     ¡Qué dicha tan grande poder pertenecer a una familia de cerdos grande y bien avenida! Ella se encontraba sola. «Puede que las bellotas no tengan familia», pensó con tristeza. ¡Cómo le gustaría pertenecer a una familia de cerdos que organizara comidas campestres!
      Cuando se marcharon los cerdos la bellota se sumió en la melancolía. ¡Lo que habría dado por desprenderse de la rama y unirse a la familia de cerdos!
      Los días siguientes los pasó la bellota entre suspiros. Añoraba a los cerdos. Y como ella desconocía la existencia del continente, y por consiguiente del suelo firme, se imaginaba a la familia de cerdos caminando sobre las olas de regreso a casa; una casa en un árbol, hecha de ramas y hojas.
      Un día la bellota vio que un desconocido hacía peligrosas acrobacias en las ramas de la encina. El desconocido se columpiaba de una rama a otra pretendiendo llegar hasta ella, al parecer. Pero todos los esfuerzos del forastero eran en vano. Las ramas que rodeaban a la bellota eran muy finas, y se domaban con el peso del forastero amenazando con expulsarlo fuera del árbol. Los ágiles dedos del forastero, sin embargo, se aferraban con fuerza, y en el último momento podía saltar a una rama más robusta.
      —¡Uf! —bufaba el forastero—. Desisto… ¡Es imposible! No hay manera de llegar. Desisto… ¡para siempre!
      El forastero estaba cubierto de un lozano pelo rojizo y poseía una cola retorcida, larga y abultada que apuntaba al cielo.
      —¿Quién eres tú? —le preguntó la bellota.
      —Soy una ardilla —fue la respuesta del forastero, que tenía unos ojos redondos y vivarachos.
      —Y yo una bellota. Una hermosa bellota.
      —Nadie lo discute.
      —¿Por qué querías llegar hasta mí?
      —Porque eres una hermosa bellota.
      La bellota indagó a su alrededor buscando un camino para la ardilla, pero no dio con nada. Incluso la ramita de la que pendía no pasaba de ser un escuchimizado palo. Finalmente, se fijó en una rama que crecía por arriba.
      —Creo que esa rama podría servirte para llegar hasta mí —señaló.
      La ardilla alzó la vista y valoró las posibilidades de la rama, que no parecía muy resistente; luego observó el recorrido y lo consideró poco adecuado. Aun así, dijo:
      —Se podría intentar.
      Y puso manos a la obra.
      —¿Me llevarás a la casa de los cerdos? —le preguntó la bellota.
      La ardilla saltaba  de rama en rama.
      —¿La casa de los cerdos? Lo cierto es que tenía otros planes para ti —respondió sin detenerse.
      —¿Otros planes?
      —Había pensado llevarte a mi casa.
      —¿Me llevarías  contigo?
      La ardilla mostró dos eficaces incisivos.
      —Dalo por hecho —prometió.
      —¿Me llevarías saltando de rama en rama?
      —No se me ocurre otro sistema mejor.
      La ardilla había trepado por la rama alta y había llegado cerca de la bellota. Bastaba estirar la mano para cogerla. Entonces la rama cedió, la ardilla perdió asidero y cayó hasta una rama por debajo de la bellota.
      —¡Nada! Lo repito una y otra vez: ¡es imposible! —protestó molesta.
      La bellota la observaba con preocupación.
       —Podrías intentarlo de nuevo —sugirió.
      —No. Es imposible. No hay nada que podamos hacer. Hemos probado de todo y casi me rompo la crisma. Todavía tengo metido el susto en el cuerpo.
      —¡Oh! Pero, entonces, ¡es decepcionante! —exclamó la bellota.
      —Para todos es decepcionante. Sin embargo, hay que saber perder.
      La ardilla movía la cabeza de forma convulsiva, y miraba hacia arriba como si temiera que un peligro descendiera del cielo.
      —Este es un sitio muy expuesto, nada recomendable. Me parece que ya he empleado mucho tiempo aquí. Es arriesgado tentar más a la suerte. Tanto mejor si me voy. Tendré que buscar otras bellotas para llevar a casa —dijo.
      La bellota no sabía si había oído bien. Sintió que algo le daba un vuelco por dentro.
      —¿Hay más bellotas en el árbol? —preguntó de viva voz.
      La ardilla descendía de prisa, saltando de rama en rama.
      —¡El mundo está lleno de bellotas! —respondió.
      —¡Oh!, es maravilloso. ¡Yo me creía la única bellota del mundo!
      Para la bellota el mundo era lo que podía ver desde su privilegiada situación.
      La ardilla se había desvanecido entre el follaje del árbol. Aun así, su voz se oyó nítida cuando respondió esto:
      —¡El mundo está lleno de bellotas, pero tú eres única. En eso no te equivocas!
      En los días sucesivos, la bellota ideó cincuenta mil maneras para que la ardilla pudiera llegar hasta ella. Esperaba su regreso impacientemente. Perfeccionaba los recorridos que inventaba, e imaginaba creativos e ingeniosos sistemas que podrían llevarse a la práctica sin dificultad ni peligro para la ardilla.
      Pero la ardilla no regresó nunca, ni tampoco volvieron los cerdos a pasar un día feliz al resguardo del árbol. Y entretanto, mientras suspiraba por su regreso, el sol la enriquecía con saludables rayos y la noche la cubría de revitalizador rocío. Y el viento de la mañana, como siempre, traía de ultramar nutritivas esencias de sargazo y yodo.
      Fue al alba cuando la bellota oyó un imperceptible crujido por encima de ella. Luego cayó a través de las hojas del árbol, se golpeó y rebotó hasta quedar dentro del cuenco de una hoja arrugada.
      —¡Qué bellota más bonita!
      ¿Había oído una voz? ¿Había oído una voz carrasposa?, se preguntó la bellota, aturdida por los golpes y bastante mareada.
      Vio que una bellota que pendía de una rama la miraba embobada. Su aspecto era desigual: cuerpo asimétrico, pecoso y sembrado de picaduras. La cúpula, esa especie de casquete que envuelve la parte superior de las bellotas, en aquella bellota no pasaba de ser un mal poema.
       —Realmente, ¡es guapísima! —exclamó otra voz mejor modula que la anterior. Y entonces otras voces se unieron en un coro de alabanzas.
      Miró a su alrededor y vio que el follaje del árbol ocultaba una gran comunidad de bellotas. Todas tenían un aspecto desigual y pecoso. Se diría que ninguna había recibido baños de sol y de luna, y que el viento de ultramar, con aromas de sargazo, jamás había llegado hasta ellas. El mundo de todas aquellas bellotas se limitaba al umbrío interior de la cúpula del árbol, sin más vistas que las exiguas imágenes del cielo y el mar que se podían vislumbrar a través de los intersticios de la copa.
      La hoja con forma de cuenco cedió y la bellota reanudó la caída.
      —¡Eres única! —oyó que le gritaban las bellotas.
     Durante el descenso, la bellota vio las altas paredes del acantilado, y las habría admirado si las circunstancias hubieran sido otras. Al golpearse contra el agua perdió el conocimiento, y al volver en sí las olas la habían alejado de la costa. A medida en que ésta empequeñecía en altura, en horizontal se prolongaba hasta el infinito. Finalmente cualquier vestigio de tierra firme desapareció de la vista. La bellota pensó que el mundo se dividía a partes iguales en una gran masa de agua salada y en un enorme continente.
      Las noches en el mar, cuajadas de brillantes estrellas incrustadas en la cúpula celeste, seguían siendo hermosas, tanto como cuando pendía de la rama del árbol. Pero ya no le parecían creadas para deleitar los sentidos. Ahora observaban su desgracia con indiferencia.
      Entre el bamboleo de las olas oía enigmáticos chapoteos. La noche, la misma silenciosa noche que antaño le había permitido contar las estrellas y los cráteres lunares, se había transformado en un lugar horrible de siniestros ruidos, y sentía miedo.
      A la mañana siguiente vio salir el sol. Surgió del horizonte, por el este, en vez de entre las ramas del árbol, y el misterio de su origen quedó desvelado. Durante todo el día el astro la martirizó con sus abrasadores rayos, y se alegró cuando se hundió en el horizonte, a pesar de que tras él siguió la noche, envuelta en sus terroríficos sonidos.
      El día y la noche, que en el árbol le inspiraron deliciosos sueños, se habían convertido en dos espantosas pesadillas.
      Un día, una familia de delfines pasó a su lado. Daban grandes saltos fuera del agua y hacían complicadas contorsiones. Otras veces, un banco de peces voladores centelleaba en el aire con destellos metálicos. Otro día vio el soplido de las ballenas. Nunca olvidaría a la tortuga gigante que le golpeó sin querer con una pata, y cómo al alejarse  formó un rebufo que la engulló momentáneamente. El mar estaba lleno de vida variada y misteriosa.
       Cierta noche, una estrella se desprendió del cielo y cayó velozmente al mar; entró en el agua de forma violenta, silbando, muy cerca de donde estaba la bellota. Entonces la superficie del mar empezó a bullir y se iluminó con una fosforescencia verde. Miríadas de fantásticos seres marinos, provistos de largos tentáculos, se agitaron a ras del agua; eran estos seres los que emitían la fosforescencia verde. «En el mar no hay jornada sin su sobresalto», pensó la bellota. Uno de los seres luminosos la envolvió con un larguísimo tentáculo y se la acercó a un ojo para examinarla con detenimiento.
      —¿Se puede saber qué cosa eres? —le preguntó el ser luminoso.
      —Soy un bellota —respondió ella con inquietud.
      —¿Una bellota? —repitió el ser luminoso—. Has dicho que eres una bellota, si no he oído mal.
       —Sí.
      —De manera que una bellota. Pues te confesaré algo: eres la primera bellota que veo.
      —¿Y tú quién eres? —le preguntó la bellota.
      —¿Que quién soy yo? Yo soy un calamar, sí señor, un verdadero calamar. ¡Caramba!, si me hubieran dicho que algún día tendría que explicarle a alguien que soy un calamar me habría partido de risa. ¡Hay calamares por todas partes! No se puede decir lo mismo de las bellotas.
      La bellota recordó lo que había dicho la ardilla antes de perderse en la espesura de la copa del árbol: «¡El mundo está lleno de bellotas!».
      —¡El mundo está lleno de bellotas! —dijo ella también.
      El calamar agrandó el ojo.
      —Pues aquí no —respondió; soltó a la bellota y se fue.
      La bellota sentía nostalgia de su vida en el árbol, y sufría por ello. Mecida por las olas, dejaba volar la imaginación. Así, se veía viviendo con la familia de cerdos, rodeada de graciosos cochinillos, y de tíos, primos y abuelos, todos cerdos. También, muchas veces, se imaginaba en casa de la ardilla, disfrutando de la feliz compañía de otras bellotas.
      Aprendió a distraerse descubriendo en las nubes las formas de todos los animales que había conocido. En algunas veía una tortuga, un delfín o un pez volador. Pero cuando el cielo se cargaba de sombrías nubes y los goterones rompían cerca de ella, y retorcidos rayos entraban en el agua con estrépito, entonces de nada valía la imaginación. El viento batía la superficie del mar y grandes olas la lanzaban por los aires, la recogían al caer y la volvían a lanzar entre terribles sacudidas. Las recurrentes tormentas le recordaban que no era sino una insignificante bellota a la deriva.
      Un día, al amanecer, el mundo desapareció. No existía la mar ni el firmamento con sus astros y meteoros.
      Sin saber cómo, se encontró en la oscuridad absoluta, mientras un ser alargado, escurridizo y blando la hacía girar en el interior de una gruta de paredes carnosas.
      De pronto, una poderosa fuerza la impulsó fuera de la gruta y salió despedida con violencia de la oscuridad a la luz. El sol iluminaba la superficie de un mar en calma y por el cielo desfilaban parsimoniosamente racimos de nubes blancas. Lo que vio fue un enorme pez de grandes ojos y labios exagerados que la observaba con detenimiento y curiosidad.
       —¡Caray! Sí que sabes mal, criatura —exclamó el pez. Éste la había engullido y, tras saborearla, la había escupido con desagrado—. No te pareces a nada que haya probado hasta ahora ¿Sería impertinente preguntar qué eres?— agregó.
      La bellota miraba al horrible pez con aprensión. Temía que la volviera a engullir, esta vez de forma definitiva.
      —Soy una bellota —respondió.
      El pez boqueó. En su boca cabrían más de cincuenta bellotas.
      —Será a cuenta de eso por lo que sabes tan mal —dijo. Se quedó un momento en silencio, como si rememorara algo, y finalmente exclamó a viva voz: —¡Yo soy un mero! —y de seguido, en tono más calmado, añadió: —He visto bellotas, pero siempre pendían de la rama de un árbol —y se detuvo a reflexionar, tras lo cual continuó con esta pregunta: —¿Puede saberse qué ha sucedido para que estés tan alejada de la costa?
      —Me he caído de mi árbol —respondió la bellota.
      —¡Desde luego que sí! Y ahora deseas regresar y balancearte de una de sus acogedores ramitas ¿me equivoco?
      —No —. La bellota se veía reflejada en las grandes pupilas del mero, como si estuviera dentro de ellas. —Tengo miedo de que me coman —dijo con voz temblorosa.
      —Eso es poco seguro que suceda —la tranquilizó el mero—. Aparte de que no conozco a ningún pez que coma bellotas, tu sabor resulta altamente desagradable.
      El mero miraba intranquilo por encima de la bellota. A lo lejos, una masa oscura e informe nadaba hacia ellos a ras de mar.
      —Lamento no poder indicarte en dónde se encuentra tu querido árbol, adorable bellota, puesto que asuntos de vital importancia me reclaman. Sin embargo, aún dispongo de una pizca de tiempo para darte un consejo esencial: si ves que alguien se te acerca, grita con todas tus fuerzas que eres una bellota. ¡Buena suerte, pequeña!
      El mero se sumergió de forma precipitada, buscando en las profundidades abisales los huecos protectores de las rocas.
      La masa oscura e informe que el mero había visto a lo lejos no tardó en transformarse en la masa compacta de un pez gigantesco, muchísimo más grande que el mero. La boca de este pez se curvaba hacia abajo y dejaba entrever una terrible dentadura. La bellota, decidida a seguir el consejo del mero, gritó:
      —¡Soy una bellota, soy una bellota!
      El pez gigantesco la tocó suavemente con su afilado morro, y dijo:
      —¡Qué voz de pito tienes! ¿Podrías callarte? ¡Me estás dejando sordo!
      El pez miraba a su alrededor, como si buscara algo.
      —Es que soy una bellota, y debo decirlo bien alto para que nadie me coma —se justificó la bellota.
      —Ya sé que eres una bellota, y yo soy un tiburón. Lo último que haría en esta vida sería comerte. La carne de bellota es incomible, y lo digo por experiencia. Antes me muero de hambre que volver a probar la carne de bellota.
      Le asombró que el tiburón supiera lo que era ella. Había dado por buena la idea de que ningún habitante del mar sabía lo que era realmente una bellota.
      —¿Sabes que soy una bellota? —le preguntó.
      El tiburón miraba a todas partes; parecía indiferente a lo que le decía la bellota. La miró de soslayo.
      —Por descontado que sé lo que eres —respondió.
      —¿Por qué lo sabes?
      —Yo lo sé todo. He recorrido todos los mares y océanos, y de las costas del mundo conozco hasta la última ensenada. Ahora, dime: ¿por dónde se ha ido el mero con el que hablabas?
      La bellota miró los afilados dientes del tiburón.
      —¿Quieres comerte al mero? —le preguntó.
      El tiburón se echó hacia atrás.
      —¿De veras piensas que me comería un ser de aspecto tan repugnante? Sólo pretendo hacerle unas preguntas aparentemente insustanciales, pero que significan mucho para mí. Claro, ya lo sé, mis dientes producen un mal efecto en quien los contempla, y lleva a conclusiones precipitadas, del todo erróneas —dijo el tiburón, disgustado, pero con un tono de voz dolido que avergonzó a la bellota.
      Está le indicó la dirección que había tomado el mero. El tiburón dio un fuerte coletazo y se sumergió sin despedirse.
      Una noche, a la luz de la luna, vio que un bulto informe se aproximaba arrastrado por la corriente. Pasó a su lado, largo y transparente; sólo rompía el silencio nocturno el rumor de las olas al chocar contra los flancos acuosos aquella cosa.
      Una pinza cogió a la bellota y la depositó encima del bulto.
      —¡Soy una bellota, soy una bellota! —empezó a gritar con todas sus fuerzas, en defensa propia.
      —Bien, bien, de acuerdo. Todos nos hemos enterado de que eres una bellota, así que deja de repetirlo.
      Quien hablaba era la criatura más monstruosa y terrorífica que la bellota había contemplado en el tiempo que llevaba a la deriva. Poseía un musgoso caparazón aplastado, cuatro pares de patas y dos poderosas pinzas. Con una de estas pinzas la criatura monstruosa la había raptado en el agua para depositarla sobre la cosa.
      —Por lo que a mí respecta, no es la primera vez que veo una bellota —dijo entonces una criatura monstruosa que estaba al lado del monstruo del caparazón.
      La nueva criatura destacaba por su enorme cabeza y por los ocho tentáculos que partían de ella, semejantes a los de los calamares. A simple vista daba la impresión de ser gelatinosa, blanda y delicada.
      Alrededor de la cosa, en el agua, asomaban su cabecita diez pequeños peces. Permanecían muy atentos a lo que sucedía, y mostraron su conformidad con el monstruo de los tentáculos al afirmar que ellos también habían visto bellotas alguna vez en su vida.
       —Tengo la impresión de que aquí nadie desconoce lo que es una bellota —dijo el monstruo de caparazón aplastado y pinzas.
Este monstruo se presentó como un cangrejo, y el cabezón con tentáculos resultó ser un pulpo. Entre los pececillos que asomaban la cabeza del agua, dos se presentaron como caballitos de mar, otro como una moma, otros dos dijeron que eran cabruzas, tres afirmaron ser babosas crestadas y dos que serranos. Todos antiguos habitantes de la costa, a los cuales las tormentas arrastraron mar adentro. Habían encontrado refugio en la misteriosa cosa flotante; una carabela portuguesa, en realidad, un engendro marino con peligrosos tentáculos, similar a una medusa. La carabela portuguesa asustaba a los depredadores, y los oportunistas viajeros confiaban en que los vientos terminasen por encallarla en la costa.
      La bellota fue bien acogida en la carabela. Según pasaban los días crecía el vínculo entre ella y los demás viajeros, unidos por el abrazo del  infortunio.
      Un día, al caer la tarde, el mar entró en ebullición. De los abismos surgió un chorro de roca ardiente que creció hasta formar una montaña cónica en el océano. La montaña estuvo lanzando fuego durante más de diez días, y los viajeros de la carabela portuguesa se reunían todas las noches para contemplar en silencio el espectáculo.
      A la bellota le complacía que todos se juntaran para ver los fuegos de la montaña, que teñían de naranja la noche. Aunque la carabela seguía su deriva y se alejaba, aun desde lejos el fulgor resultaba hermoso y admirable. Aquellos días fueron días dichosos para la bellota, y le hubiera gustado hacerlos infinitos.
      La moma fue quien vio la finísima línea azul de costa en el horizonte. Aún lejana, los viajeros aguzaron la vista para no confundirla con un hilo de bruma. Por la noche la costa desaparecía, pero al día siguiente reaparecía, ligeramente más grande y más nítida. La carabela portuguesa rebosaba de alegría. Todos hacían planes para el día después, cuando llegaran a la costa, y de común acuerdo se decidió que vivirían juntos en una gran familia unida. A la bellota algo le palpitaba de dentro afuera,  y hasta el timbre de voz le salía aflautado por la emoción.
      Aquella mañana estaba el cielo limpio y claro. Una brisa del noroeste empujaba a la carabela portuguesa hacia una playa embutida entre las paredes grises del acantilado. Y de pronto el día se oscureció; la brisa, convertida en huracán, arrojaba olas descomunales a la playa y contra el acantilado. La carabela, envuelta en espuma, volaba entre las olas, iluminada por la luz lívida de los relámpagos.
     La bellota salió despedida por encima del acantilado cuando una ola estrelló la carabela portuguesa contra la costa. Se coló por una fisura en el suelo, junto a una roca con forma hongo. Desde allí vio pasar la tormenta, y después los días y las noches que siguieron en una secuencia perpetua. El sol apenas calentaba unos minutos el fondo de la fisura. El cielo era un firmamento estrecho y alargado por el que desfilaba cada noche una hilera de estrellas. El frío y la lluvia, que se colaban a placer sin importarles lo raquítico de la abertura, cuarteaban la piel de la bellota, antes tersa y admirada.
      Notaba, la bellota, las contracciones de la piel cuando ésta se arrugaba y se abría.
      A veces bufaba el viento y se llevaba con él parte del borde de la fisura. Otras, efímeros torrentes de lluvia arrastraban la tierra y ensanchaban la grieta. Al final la bellota pudo ver la mar y el cielo, y después el acantilado y también las montañas del continente. Recordaba con nostalgia su vida anterior en el árbol y a sus amigos de la carabela.
      A veces el viento batía su copa de encina y hacía crujir las ramas, y entre las hojas las bellotas se balanceaban peligrosamente al borde del acantilado.

3 comentarios:

Alberto Senda dijo...

Muy buen relato, Gerard. De todos los que te he leído éste es el que posee una fragancia más cercana a "El arpa mágica". Una pequeña muestra de buena literatura para pequeños y mayores.

Un abrazo.

PD En el fondo todos somos bellotas pendiendo de frágiles ramas al borde de un acantilado.

Dámaris Cenicienta dijo...

Me ha encantado. Gracias.

Jayja para tí... dijo...

Ah! Si que me ha gustado, ella, tan tonta como yo... y yo tan bellota como ella!