Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






"Francisca", relato de Gerard F. Fast



       Francisca estrujó el paño y un hilo de sangre tiñó el agua tibia de la jofaina. De fuera le llegó el sonido de un motor, y sin dejar de asearse se acercó a la ventana. El descuidado camino carretero descendía a través del pinar, y tras un interminable suplicio de curvas cerradas y baches desembocaba en el pavimento negro de la carretera comarcal, dos kilómetros más abajo. Desde la planta superior del caserío Francisca podía ver el camino hundirse en el pinar y también  disfrutar de una perspectiva privilegiada del valle. El caserío; situado por encima del desmonte; en la curva; a la entrada del pueblo.
 Un camión de mudanzas acababa de ascender el último tramo de cuesta; llevaba inscrito en letras blancas el nombre de la empresa de mudanzas en la loneta verde de la caja. La máquina, un moderno Hispano-Suiza de 1914, resoplaba y tosía como un animal enfermo, expulsando gases negros por el tubo de escape; tras echar los restos, se detuvo frente a la casa del pintor. Éste abría la cancela del jardín justo en ese momento.
Se secó cuidadosamente las ingles, sin quitar ojo a lo que sucedía en la calle. De la caja del camión habían saltado dos mozos de cuerda vestidos con blusas azules, y otros tres surgieron de la cabina; uno de ellos habló con el pintor, y poco después todos juntos recorrían el camino de losas del jardín y entraban en la casa.
Cogió el paño de lino que estaba doblado sobre el mueble de la jofaina y se lo colocó entre las piernas; luego se subió la braga, acomodó el paño con la mano y soltó la enagua, que cayó pesadamente de la cintura a los tobillos. Antes de asearse se había quitado el delantal y la falda y los había dejado recogidos sobre la cama de matrimonio. Se los volvió a poner y abandonó la habitación.
Una vez abajo entró en la cocina, fue hasta el fogón, de un puchero se sirvió café recién hecho, apartó la chapa con un gancho, echó una paletada de carbón y puso leche a calentar. A un lado del fuego un cocido de garbanzos, recién hecho, había impregnado el ambiente con su aroma denso. María, la madre de Francisca, elegía alubias en la mesa, y a su lado la pequeña Águeda, de cuatro años, partía trozos de hogaza y los echaba en un tazón.
―Si sigues echando migas de pan a la leche luego no vas a querer tomarla ―le advirtió María a la niña, apuntándola con el dedo.
―¡Sí la voy a querer tomar! ―respondió muy resuelta Águeda, sin apartar la vista del tazón.
Francisca giró la cabeza y por unos instantes posó sus negros ojos en la pequeña Águeda. El suave perfil de la niña le recordaba al de los angelitos de las estampas, y su cutis delicado, y su pelo sedoso, le arrancaban brillos en lo más profundo y umbrío de su ser.
Antes de tener a la niña, a Francisca le solían asaltar inquietantes episodios de melancolía durante los cuales el discurrir de la vida en el caserío resultaba una carga fastidiosa, sofocante e ineludible. Las nubes posadas sobre el horizonte montañoso, el murmullo de los arroyos, el aroma de los prados, la lluvia, el viento ―toda la naturaleza―, le producían un irreprimible deseo de absorberlos, de introducirlos dentro de sí y expulsarlos luego en forma de algo que ella no conseguía definir, algo así a como quien gesta y alumbra un hijo. Entonces le invadían angustiosos deseos de dejarlo todo ―a su marido, a su madre, al caserío― y huir a no sabía dónde, y comenzar una nueva vida en otro lugar, remoto y desconocido. Cuando esto sucedía, notaba como si en sus entrañas un lobo hambriento le estuviera devorando la juventud, día tras día, hasta que de ésta no quedara sino el reflejo de una piel arrugada, pegada a las sinuosidades del rostro. Normalmente estos episodios de desaliento afloraban al comienzo de cada estación y se iban atemperando a medida que éstas discurrían.
Otras veces tenía sueños en los cuales se veía lejos de su hogar, sus montañas, perdida en una ciudad laberíntica, de amenazadores pasadizos y tenebrosas callejuelas, en donde rostros huraños y huidizos pasaban a su lado sin apiadarse ni de su expresión asustada ni de sus lágrimas. Y cuando se despertaba de estos sueños, angustiada, temblando y sudando, se agarraba a la rutina con la energía y desesperación con que el náufrago se ase a la tabla, y entonces no deseaba más que permanecer en el caserío para el resto de sus días y envejecer al amparo de las protectoras paredes centenarias, las cuales el paso del tiempo había robustecido.
Francisca cerraba los ojos y se deleitaba con la dulce visión de una apacible vejez, sin privaciones. Imaginaba el presente y el futuro, unidos por un gran costurón de arrugas y achaques que sellaba definitivamente los miedos y las angustias del pasado. Imaginaba las pupilas apagadas de la vejez, ya sin el aterrador brillo de los soñadores ojos juveniles. Imaginaba la paz y la tranquilidad de la última etapa, la vida deslizándose suave y sosegadamente... Y se dejaba llevar…
Desde la ventana de la cocina, estirándose sobre el fregadero, Francisca podía ver la casa blasonada del pintor. El camión de mudanzas seguía aparcado junto a la cancela y los hombres aún permanecían dentro de la casa.
―Ha llegado un camión de mudanzas a la casa del pintor ―dijo.
―¿En domingo? Los buenos cristianos no trabajan en domingo ―observó María.
―Cosas de la gente de ciudad.
―Tendrás que decirle a tu marido que don Luis se va.
Francisca sintió como una punzada. Consideraba al pintor una mala influencia para su marido, y esperaba que se fuera sin llegar a ver a Pedro.
―Deje en paz a Pedro, madre. Como si yo no tuviera otro quehacer que andar detrás de él para decirle que se va el pintor ―respondió.
―Yo lo he dicho porque son buenos amigos.
―No son tan amigos. Sólo se llevan bien. Ya se despedirán, si coinciden.
Francisca vertió leche en el tazón de café y se sentó junto a Águeda y María. Empezó a desmigar distraídamente un pedazo de hogaza y a echar las migas en el tazón.
―¿Dónde está Pedro? ―preguntó María.
―En la huerta de abajo, regando.
―¿Y no pudo haber ido ayer?
―Pues, no.
María miró el reloj de pared. Marcaba las once y veinte.
―Pues como no venga pronto, entre que se quita y se pone, no llega a misa. Sólo faltan cuarenta minutos ―dijo.
―Ya vendrá.
―Con tal de que llegue a las  preces.
Pedro era el cuarto hijo de una familia de siete vástagos. Aparte de unas manos con un don especial para trabajar la madera, no disponía de otro patrimonio. Cuando empezó a cortejar a Francisca ésta era huérfana de padre. La única y guapa heredera de un caserío falto de una mano masculina. Si Pedro la cortejó sólo porque era la heredera de un caserío, nunca se lo dijo a nadie ni se le notó en nada.
 Francisca se dejó cortejar porque ya tenía veintidós años cumplidos, y en dos o tres más pasaría de ser una mujer casadera a ser una solterona por la que nadie se molestaría en cortar un ramo de margaritas. Se dejó cortejar porque Pedro era apuesto y simplón, fácil de manejar; porque le regalaba hermosas tallas de madera, hechas por él mismo, y porque el caserío necesitaba un hombre fuerte, sano y discreto. Al cabo de un año se casaron. Francisca se recogió el pelo en un moño, que ocultó con un tocado de tela atravesado por dos horquillas; y se quedó embarazada el mismo año de la boda.
 Cuando nació Águeda los miedos de Francisca murieron. Un amor infinito hacia la niña, tan grande como jamás hubiera imaginado, le nació de muy adentro; y ese amor crecía con la pequeña y se ensanchaba cada vez que ésta le succionaba los pezones. Todos los sueños juveniles de Francisca formaron una bola impenetrable que acabó olvidada en algún lugar oculto de su alma. La niña era ahora todo su mundo. Alrededor de Águeda, como de un sol nuevo, giraban los pensamientos y los proyectos de futuro de la ilusionada madre. Se sentía sobrada de fuerzas para afrontar la empresa titánica de la vida. El caserío, como fuente de subsistencia, cobró una importancia primordial para Francisca, y la impronta indeleble de una prematura madurez quedó tallada en su entrecejo en forma de surco vertical.
Pedro había salido un buen marido. Adoraba a la niña y le adoraba a ella. Cuando lo tenía encima, a Francisca le gustaba ver su apuesto rostro masculino, envuelto en una fina capa de sudor. Y cuando se quitaba y se daba la vuelta, Pedro lo hacía para dormirse en seguida, plácidamente, como un choto, y no roncaba. Si Francisca le decía que se afeitase, él se afeitaba; y se le decía que iba hecho un guarro, él se bañaba.
La maravillosa mano para tallar la madera era una de las cualidades de Pedro que Francisca más admiraba. Pedro reproducía en madera cuanto veía, desde objetos tan simples como un botijo hasta pájaros, lagartijas, serpientes, animales domésticos y caras de campesinos. La cuadra estaba repleta de tallas en madera a cada cual más hermosa. También había hecho la cuna de la niña, cubriendo los listones con motivos infantiles; y un arcón con relieves de símbolos solares de la mitología vasca; y cubiertos de madera; y un perchero; y muchas otras cosas que Francisca consideraba imposibles de realizar si no se estaba bendecido por la Mano Divina.
Teniendo en cuenta lo poco que había donde escoger en el lugar, Francisca se consideraba afortunada de tener por marido a  Pedro.
Francisca se levantó de la mesa, dejó la taza en la pila y abrió el grifo del depósito del fogón para llenar con agua caliente un balde de hojalata. Por la ventana, vio que los mozos de cuerda sacaban de la casa del pintor lienzos envueltos en mantas. Cogió un enorme barreño de madera, de los de hacer la colada, y lo colocó sobre la mesa. Luego vertió el agua humeante del balde dentro del barreño. Con agua fría del grifo entibió la del barreño.
Águeda había saturado con migas el tazón de leche, y ahora éste parecía un cubo de albañil, lleno de masa. La niña había rechazado el tazón con la mano y alargaba el brazo hacia un plato de rosquillas, que María se apresuró a poner lejos de su alcance, mientras le recriminaba:
―No cojas nada hasta que no te hayas comido lo que tienes en el tazón
―No quiero comerme el tazón. Está lleno de migas.
―¡Porque tú las has echado!
Francisca se arremangó y hundió el codo en el barreño para tomar la temperatura del agua. Cogió el tazón con migas y lo dejó en la encimera. Sentó a la niña en la mesa y, una vez la tuvo en cueros, la puso de pie dentro del barreño. María salió de la cocina.
La casa del pintor pertenecía a un comandante retirado que vivía en Biarritz, y Francisca y Pedro se ocupaban de mantenerla lista para habitar, y sin goteras. Construida en 1616, encima de la puerta principal lucía un escudo de armas, en donde se podía ver una cabeza de lobo mordiendo un brazo que empuñaba una espada con el gavilán en forma de ese. Permanecía deshabitada desde 1913, fecha en que el comandante decidió mudarse a Biarritz. Desde allí, cuando empezó la guerra en Europa, se trasladó provisionalmente a París con el ánimo de estar presente en el asedio de la capital francesa por los alemanes, cosa que el comandante preveía que iba a suceder tarde o temprano.
En París conoció a Luis, vasco como él, en uno de los innumerables actos sociales a los que el comandante asistía. A Luis el comandante le mostró la pierna derecha, que era de palo. En la lengua de los vascos, el comandante le explicó que había perdido la pierna en las lomas de San Juan, en Cuba, cuando los americanos, hartos de perder hombres, barrieron las posiciones españolas con tres ametralladoras Gatling, y que a él, a la sazón capitán, le tocaron en suerte dos proyectiles, uno que le astilló la tibia y el peroné y otro que le hizo papilla la rótula. Entre espumarajos de rabia y echando por la boca sapos y culebras contra los americanos, lo llevaron casi a rastras (pues él no quería abandonar el puesto) hasta Santiago de Cuba, en donde los médicos le amputaron la pierna por encima de la rodilla.
 La pierna de palo del comandante estaba tan bien fabricada que parecía salida de la mano de un talentoso artesano, y Luis no tuvo otra que descubrirse ante ella.
Los dedos del pie se encontraban representados en la madera con sus uñas y tendones. Los tobillos; las arrugas de la piel…; todo de un realismo apabullante. El autor, incluso, se había tomado la licencia de poner unas varices en la pantorrilla, un juanete en el pie y un callo en el dedo de en medio. La pierna, además, tenía complejas articulaciones para los dedos, el tobillo y la rodilla.
El responsable de aquella admirable obra de arte y de ingeniería era un sencillo montañés vizcaíno aficionado a la talla de madera, llamado Pedro, que se había basado en unos dibujos que el propio comandante le había proporcionado, siendo éste sólo responsable del diseño de la articulación de la pierna. Un pintor bilbaíno, maestro en el arte del trampantojo, le había aplicado el color carne que le daba a la pierna ese aire tan natural.
Después de lo de Cuba, había sido ascendido a comandante y se había retirado a la casa solariega heredada de sus antepasados, en un pueblo de montaña vizcaíno. Allá era donde vivía Pedro, el artífice de la asombrosa pierna. El comandante le dijo a Luis que Pedro y su mujer, Francisca, se ocupan del mantenimiento de la casa.
En el transcurso de la charla Luis insinuó su deseo de retornar a Vizcaya, puesto que él era vizcaíno de Bilbao, con la intención de retirarse una temporada a pintar en la soledad de las verdes y quebradas montañas vascas.
Entonces el comandante le ofreció la casa solariega hasta el fin de la guerra o para más tiempo, si quería. Le hizo a Luis un croquis casi militar de la situación de la casa y la del caserío de Pedro y Francisca, y le dijo que se iba a poner en contacto con el matrimonio por medio de un representante que le llevaba sus asuntos en Bilbao, si al final Luis decidía ir.
A Francisca, la imagen que más le venía del comandante era la de éste sobre un caballo rojo andaluz, calzando botas de montar y la cabeza cubierta por un sombrero de jipijapa claro, de ala ancha, similar al usado por el ejército colonial en el Caribe. Después del paseo diario (erguido sobre el soberbio alazán, la espesa barba negra sobre el pecho, mecida por la brisa), desde un alto dominante, el comandante se detenía a acechar el poblado minero que había a un kilómetro del pueblo, como lo hubiera hecho en otro tiempo con el vivac de un ejército de mambises.
El poblado minero había sido levantado en 1905. Las sinuosidades del terreno lo ocultaban de las miradas del pueblo, pero cuando los mineros bajaban al valle necesariamente tenían que atravesarlo.
Francisca aceptaba con desagrado la presencia de aquellos seres andrajosos y sucios, de mirada desafiante y ceñuda, hundida en cuencas oscuras que parecían entradas al Averno. Pensaba que toda aquella chusma de demonios mal encarados sólo podía habitar un lugar abominable, en donde nadie creía en las leyes divinas ni en las de los hombres, y que en cada una de las concavidades de aquellas almas retorcidas moraba un criminal cuya única razón de ser era excavar la tierra en busca de la mena de hierro, despanzurrando el pequeño universo de costumbres milenarias en las cuales ella se había criado.
María, que había entrado en la cocina vestida de domingo, con el velo doblado contra las tapas del misal, le dijo a Francisca:
―Me ha parecido que llamaban a la puerta.
―Pues haga el favor de ir usted a abrir, madre, que yo estoy con la niña.
Francisca había sacado a Águeda del barreño, y mientras la secaba con una toalla de algodón oyó el chirriar de la puerta, seguido de un rumor de voces. Envolvió a la niña hasta el cuello en una sábana y la sentó en la mesa, con las piernas colgando.
―He venido a despedirme de Pedro, pero ya me ha dicho María que no está ―dijo Luis, según entraba en la cocina.
Francisca dejó a la niña y se volvió para hablar con él.
―Ha ido a la huerta de abajo, a regar. No le puedo decir lo que tardará en volver ―le informó.
―Regreso hoy mismo a París. Le he traído a Pedro mi caja de herramientas de tallar la madera. ―Sacó una libreta y escribió una nota a estilográfica. ―Dele de mi parte la caja a su marido, Francisca, junto con esta nota. Tampoco me he olvidado de Aguedita. Dime, niña, ¿te gustaría tener una caja de lápices de colores?
―Siempre he querido tener una caja de lápices de colores ―respondió la cría.
Desde el mismo día en que Luis pisó por primera vez el pueblo, Francisca supo que el pintor nunca sería de su agrado. Fue ella quien abrió la puerta del caserío, aquella mañana, cuando Luis la aporreó por primera vez. En el umbral aguardaba sonriente un cuarentón de estatura media que despedía un pegajoso tufo a colonia masculina, tripón, mostacho negro con las puntas retorcidas hacia arriba, vestido con un abrigo beis de tres cuartos y tocado con un bombín negro. De un ojal del chaleco de seda le colgaba la cadena oro de un reloj.
Detrás de Luis permanecía en silencio una fragante mujer de veintitantos años, vestida elegantemente, a la moda de las señoritas de ciudad. En la solapa del abrigo llevaba un camafeo de ágata, en el que aparecía tallado el rostro de perfil de una mujer con gorro frigio.
En un principio Francisca pensó que era la esposa de Luis, y sintió un vahído al pensar que esa joven y hermosa mujer pudiera estar casada con aquel hombre emperifollado y sin ningún atractivo. Más tarde supo que la joven tan sólo era una buena amiga de Luis, pero no por ello éste le repugnó menos.
La joven causó una viva impresión en el ánimo provinciano de Francisca, que se quedó anonadada cuando más adelante la vio conduciendo su propio automóvil descapotable, echar el freno y aparcar a la puerta de la casa del pintor con la destreza y seguridad de un hombre. Y su admiración no tuvo límites cuando supo que la joven era una brillante fotógrafa que vivía de su trabajo, sin depender de nadie, a sus anchas, haciendo cuanto le venía en gana, ajena al qué dirán, desenvolviéndose por la vida con el desparpajo de un joven soltero.
El pintor salía muy temprano todos los días con su cuaderno dibujo y acuarelas, y hacía decenas de apuntes para sus cuadros. Estudiaba las rocas, los árboles y la imagen variable del cielo y la de los arroyos. Muchas veces llegaba al pueblo la joven fotógrafa y juntos, ella y Luis, iban hasta el poblado minero, la joven con su trípode y el pintor con su cuaderno.
Francisca no lograba adivinar qué misteriosa atracción llevaba a los dos artistas a mezclarse con aquellos muertos de hambre, y pensaba que los dos terminarían tiñosos. O que los mineros acabarían echándolos a patadas del poblado como el organismo expulsa un cuerpo extraño. Sin embargo, los mineros habían aceptado de buen grado a la elegante y cultivada pareja, y parecía que disfrutaban posando para ella.
Un día, Luis le dijo a Francisca que había contratado a una muchacha del poblado minero para que realizase algunas de las tareas de la casa a las que Francisca, ocupada en el caserío, no podía dedicarles tiempo.
―¿No le caen bien los mineros, Francisca? ―le preguntó Luis, al captar un rictus de desaprobación en el rostro de la mujer.
―Yo hago mi vida y ellos la suya, don Luis. Usted sabrá a quién mete en casa.
El pintor se retorció las puntas del bigote. Tras una pausa reflexiva, dijo:
―Francisca, ¿ha visitado usted alguna vez el poblado minero?
―No, pero he pasado cerca.
La muchacha del poblado minero aguardaba de pie a que Francisca le dijera cuál sería su cometido en la casa del pintor. Un poco antes, la muchacha había abierto la cancela y había cruzado por las losas del jardín hasta la entrada principal. Francisca la había conducido hasta la cocina.
Sentada, desde una silla, Francisca escudriñaba a la niña en busca de alguna imperfección, algún defecto que pudiera motivar el disgusto que deseaba experimentar por tener dentro de la casa a una habitante del poblado minero. Sin embargo, no encontraba nada reprochable. Alguien, probablemente una madre, se había esforzado para que nadie le pudiera echar en cara a la muchacha la falta de aliño.
 Vestía un sencillo traje impecablemente limpio, bastante usado, eso sí, pero el cual había sido remendado de forma experta hasta darle apariencia de nuevo. Calzaba unos bastos zapatos marrones de suela gruesa, viejos, que le quedaban grandes, a los que habían sacado brillo frotando el cuero con sebo. Olía a lavanda, a juventud, a gota de rocío, y las hebras de su pelo castaño brillaban al trasluz como hilos de oro.
 El perfecto óvalo de la cara; las mejillas algo hundidas por el hambre; los ojos, grandes y desvalidos; la piel pálida y fresca como una aurora…, en fin: la faz de la muchacha parecía haber sido diseñada por la naturaleza para despertar la ternura de sus semejantes.
―Acércate ―le pidió Francisca. La muchacha llevaba bajo el brazo algo envuelto en un trapo―. ¿Qué llevas en ese paquete?
―Alpargatas, para andar por la casa y no mancharla con los zapatos.
Francisca lo aprobó con la cabeza.
―Déjalo encima de la mesa y enséñame la palma de las manos ―dijo. La muchacha le enseñó las palmas. Francisca las examinó con interés―. Dales la vuelta ―dijo luego. La muchacha obedeció―. Ahora, arremángate; los dos brazos. ―La muchacha le enseñó los brazos, desnudos. ―Bien, al menos no tienes sarna. Veamos la cabeza, agáchala. ―Francisca apartó el pelo con los dedos. ―No hay piojos. ―Suspiró. ―¿Cómo te llamas? ―preguntó.
―Juana.
―¿Cuántos años tienes?
―Doce.
―Doce… ¿Hablas vascuence?
―No.
―Me lo imaginaba.
Francisca sabía que el pintor no habría aprobado su conducta con la muchacha, pero se justificaba diciéndose que debía preservar su propia salud y la de su familia, y que no podía consentir que el primer desarrapado del campamento minero con el que trataba la llenase de piojos. Luego, con el trato diario, acabó por coger afecto a la muchacha y sintió remordimientos por haberla examinado como si fuera una vaca. Una vez que Juana estaba entonando una canción, Francisca le preguntó que de dónde había sacado una canción con una letra tan espantosa.
―Es la canción de los pobres. En el poblado minero les gusta a todos ―le respondió Juana, y Francisca se echó a reír.
―Pues a mí me parece horrible, y, ¡por Dios!, niña, la canción de los pobres ¡es el Padrenuestro!
El pintor tapaba los cuadros con una tela cuando aún estaban en el caballete, sin terminar, y Juana un día le preguntó por qué lo hacía, ante la atenta mirada de Francisca.
―¿Sabes de dónde vienen los niños, Juanita? ―le preguntó a su vez Luis.
―De la tripa de las mujeres.
―Pues la tela es la falda que cubre la tripa de las mujeres, y hasta que no se concluye el cuadro no se puede descubrir. Para nosotros los pintores un cuadro es como un hijo.
Luis pintaba con una técnica que él llamaba de las sombras luminosas, sombras compuestas por pigmentos azules, violetas, verdes, naranjas, y Francisca no se explicaba cómo un ser tan insignificante podía atrapar la belleza de las montañas en sus cuadros, esa misma belleza que a ella tanto le había perturbado antes de nacer Águeda.
Pero Luis no sólo pintaba paisajes, también sus pinceles recreaban la vida en el poblado minero. Un día en que un chico de dieciséis años murió en la mina, Luis regresó del entierro con el rostro descompuesto, fue hasta un caballete y retiró con rabia la tela que cubría el cuadro, en el que se representaba a un grupo de mineros trabajando. Lo miró fijamente; luego tomó una espátula y con tremenda furia lo rasgó de arriba abajo.
―¿No decía usted que un cuadro es como un hijo? ―le recordó Francisca.
―¡Al demonio con las estupideces! ¡Un cuadro sólo es un cuadro! ―contestó él.
Francisca había vestido de domingo a Águeda, y la había dejado sentada a la mesa para que se entretuviera pintando con los lápices de colores que le había regalado el pintor, mientras ella subía a vestirse para la misa. Desde la habitación de arriba vio a Luis arrancar el coche y enfilar hacia la curva seguido por el camión de mudanzas. A los pocos metros apareció Pedro, y Luis detuvo el vehículo y se puso a hablar con él.
El pintor y Pedro se llevaban muy bien. Los dos pasaban largos ratos juntos, en los cuales el pintor aprovechaba para envenenarle el alma al campesino, a juicio de Francisca.
Luis se interesó desde el primer momento por los trabajos en madera de Pedro, y los alabó. Sin embargo, le dijo a Pedro que aquellos trabajos, tallados con talento, carecían de voz y alma, y que estas dos cualidades sólo las podía insuflar el artista después de haber aprendido el lenguaje del arte.
Para que lo entendiera mejor, le puso el ejemplo bíblico del Génesis, cuando Dios creó del barro al primer hombre. El Gran Hacedor moldeó a Adán cuidando hasta el último detalle, mimosamente. Incluso tuvo la previsión de dotar a la obra de un órgano reproductor y dejar con ello la puerta abierta para la secuela. Pero, a pesar del innegable virtuosismo desplegado, el Adán de barro no se movía ni hablaba. Carecía de alma, en una palabra, y Dios tuvo que insuflársela.
Pedro tenía que insuflar un soplo de vida a sus trabajos artísticos. Y Luis le iba enseñar a soplar, a comunicarse íntimamente con las obras que crease. Le iba a enseñar el lenguaje del arte, en pocas palabras.
Un verdadero artista debía ser capaz de dotar a sus obras de un mundo interior rico y complejo, para deleite de los observadores estudiosos. Pero también debía ser capaz de cubrirlo con una sutil piel que simplemente lo insinuase, para que ese complejo mundo interior no molestase a los espíritus ociosos que nada saben de arte, y que se acercan a la obra artística con el único ánimo de distraerse.
El pintor iba inculcándole a Pedro que su verdadero sitio estaba entre artistas y no recogiendo heno para el ganado. Le hablaba de París, y de cómo podría ganarse sobradamente la vida con su talento artístico.
Pedro, embelesado, le contaba a su mujer los planes del pintor. A Francisca, que veía a su marido idiotizado ante la perspectiva de vivir en Paris, le daba saltos el corazón y la hiel se le ponía como un puño cuando le oía, y por dentro echaba pestes contra Luis.
¿Qué iban a hacer ella y Águeda, solas en el caserío, mientras Pedro estaba en París, haciendo el tonto? ¿Y qué iba a pasar con el caserío? ¿Y con María? Luis no había dado motivos de escándalo en el pueblo, pero se rumoreaba que en Bilbao era miembro de una sociedad de crápulas, todos ellos artistas. ¿Iba Pedro a convertirse en un juerguista? ¿Iba ella a cruzarse de brazos y consentir que el imbécil de Luis le birlase el marido? Desde hacía un tiempo Francisca buscaba quedarse en estado, y parir un bebe masculino que anclase a Pedro en el caserío hasta el fin de los tiempos. Pero la menstruación le venía todos los meses, tercamente, con una puntualidad odiosa.
En la cocina, María distraía a la niña con los lápices de colores. La pequeña había pintado tres monstruos con cara de renacuajo y pelos en la cabeza que parecían pinchos de árgoma. María había guiado la mano de Águeda y ésta había escrito debajo de cada uno de los monstruos: «Papá», «Mamá», «La abuela».
Francisca leyó la nota que había escrito Luis para Pedro. En ella, el pintor le pedía a Pedro que se reuniese con él en París, en cuanto le fuera posible, y le dejaba una dirección a la que Pedro debería acudir para comenzar una nueva, emocionante y dilatada vida de artista.
Francisca se dirigió al fogón. Pedro entró en la cocina.
―Acabo de estar con Luis y, haciéndome un guiño, me ha dicho que ha dejado algo para mí ―dijo.
―Sí ―respondió Francisca mientras cogía el gancho para abrir la chapa―. Te ha dejado sus herramientas.
Pedro hizo una mueca, como si acabara de sufrir una importante decepción.
―¿Sólo eso? ―preguntó.
Francisca abrió la chapa.
―Sí ―respondió, echando al fuego la nota de Luis. ―No sé si no estoy embarazada ―añadió.
María levantó la cabeza, interesada.
―¿Has tenido una falta? ―preguntó, fijando la vista en Francisca.
―Aún no, pero no me extrañaría nada tener una cualquier día de estos.
María perdió el interés y regresó a su labor de dibujar monigotes con la niña.
―¿Y crees que el próximo será niño? ―preguntó Pedro.
―Supongo que será niño; como ya tenemos a Águeda. Había pensado que podríamos llamarle Pedro, como tú.
―¡Me parece una buena idea! ―respondió él, muy ilusionado.
Francisca se acercó a su marido y le puso las manos en el pecho.
―Ve a cambiarte, que si no, no vamos a llegar a misa. Y date antes un restregón con el estropajo ―le dijo, y lo besó en los labios.
Pedro salió de la cocina. Francisca se acercó a la encimera y miró por la ventana. A lo lejos, pequeñitos, a punto de tomar una curva y perderse de vista en el pinar, vio el coche de Luis y el camión de mudanzas.




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