Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






El alquiler, relato de Gerard F. Fast





Dio dos golpecitos en la suela, dejó el martillo y cogió una lezna de entre el revoltillo de herramientas, clavos y cueros que había en la encimera, debajo del mostrador.
A Samuel Balenciaga, hombre de pocos matices, le habían salido las canas, las arrugas y el persistente dolor de espalda en su taller de zapatería del portal número tal de la calle Víctor de Bilbao.
 Y también allí, en ese portalillo oscuro, descolorido, con olor a serrín de polilla, ubicado en la calle del Víctor, se le había incubado el odio que profesaba a la bruja. Un odio íntimo que lo corroía sin descanso, alimentándose de la natural paz de espíritu del buen hombre; un odio que engordaba día tras día royendo el alma del zapatero, como engordaban los xilófagos que roían la escalera de madera del sombrío edificio, horadándola y surcándola con galerías zigzagueantes que la hacían frágil y peligrosa.
Samuel llevaba desde los treinta años en el portal, y ya era un sesentón. El taller, antes fue la portería y la casa del portero.
  El padre de la bruja, el señor Izko, que era dueño del inmueble, le dijo a Samuel en su día:
 —Piénseselo usted maduramente, señor Balenciaga; pero le hago ver que esta portería parece que ni a propósito para que un joven remendón monte aquí su negocio. Esta encimera, por ejemplo, podría ser mesa de trabajo, y el mostrador de la ventana viene al pelo para despachar clientes. Y si a eso le añadimos que en el alquiler entra la vivienda, pues apaga y vámonos, si deja usted pasar este chollo.
Con el rostro iluminado, aquel día Samuel devoró con los ojos cuanto le fue mostrando el casero. Se imaginó sentado allí, frente a la encimera, el delantal puesto, golpeando suelas y cortando badanas. La portería, a tres metros de la entrada, disponía de una hermosa ventana con cuarterones y una puerta de madera maciza.
Aquel puesto estratégico controlaba el pasillo, de ocho por dos y medio, que iba desde la entrada del portal hasta el arranque de la escalera.
De la portería se pasaba a la vivienda del portero, una especie de cubil que constaba de esto: un cuartucho, que el casero llamaba cocina porque disponía de fogón y pila; un cuarto de baño sin más ventilación que una miserable rejilla, con una taza y un triste lavabo para el aseo; y, finalmente, tres habitaciones del tamaño de una nuez, ventiladas por el aire enrarecido, con olor a colada y fritanga, de un patio interior de excelente acústica, a través del cual llegaba a la portería hasta el más leve  suspiro de los vecinos.
Los años que pasó Samuel en su taller de la calle Víctor —hasta que llegó el desastre— fueron de plena dicha, si por dicha se entiende llevar una vida económicamente desahogada, disponer de un techo para dormir y de un plato caliente en la mesa.
Durante las solitarias horas de encolado y remiendo, únicamente pensaba Samuel en cómo perfeccionar los acabados y en lograr la excelencia en el oficio de zapatero. No se le conocía otra distracción intelectual que la de leer las novelas de bolsillo —del salvaje oeste americano— que compraba los viernes en el quiosco de prensa.
En aquellos tiempos felices de bonanza económica, en los que no faltaba el trabajo, se llevaba a partir un piñón con Paula Izko, la bruja.
Ahora que las cosas iban mal, ella, la malvada, la ruin, la tacaña, no paraba de mortificarlo exigiendo el pago de las tres últimas mensualidades que debía del alquiler del taller. ¡Como si él pudiera pagar nada!
La bruja Izko le había dicho esta mañana:
—Señor Balenciaga, usted y yo tenemos que hablar seriamente de su situación. —Y había frotado el pulgar contra el índice repetidas veces, en un gesto tan elocuente como vulgar. La muy avara, torciendo la cabeza de forma desagradable, guiñando un ojo, había añadido: —Ya sabe a qué me refiero. Le veré a la vuelta, señor mío. Hasta aquí hemos llegado; esto es ya el sanseacabó.
La bruja había salido a la calle, el brazo derecho lacio en el costado, como muerto, y la ajada bolsa de la compra, vacía, balanceándose cual péndulo loco, colgada de una mano momificada. Una mano que parecía más un garfio con manchas de óxido, surcada por venas y arterias, oscuras e hinchadas.
Samuel la siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Estaba tan muerto de miedo, ¡tanto lo había asustado la bruja!, que no conseguía canalizar hacia ella el odio que llevaba acumulado en sus entrañas. Había oído que a veces las personas se mean encima, en momentos de pánico, y él notaba cómo todos sus sentidos pugnaban por contener la orina que se le salía.
¡Qué bien cuando tuvo montada la zapatería!, cuando los clientes se recortaban en el vano iluminado del portal y, al contraluz, parecían seres celestiales.
¡Qué placer!, cuando en el mostrador se abrían las bolsas y surgían zapatos con tufo a cuero, a tinte y a pies. Era el aroma del oficio. Aroma a trabajo, a cama y a mesa asegurada, tan embriagador para él como el olor del incienso y la cera lo eran para las beatas.
Y luego vino la hecatombe, tras una vida de sacrificio y lucha, de partirse el riñón, de deslomarse. La gente, de repente, parecía que se había hecho rica. Todo el mundo viajaba, se compraba piso, coche y derrochaba a manos llenas.
La gente ya no arreglaba zapatos, los tiraba.
Y no sólo zapatos, la gente lo tiraba todo a la basura, aunque todo aún sirviera.
Los clientes empezaron a escasear. Hubo que echar mano de los ahorrillos, hasta que no quedó un céntimo. En los dos últimos años la situación se hizo dramática. Había dejado de pagar el seguro y a la bruja le debía lo que le debía.
¿Qué pasaba si la bruja lo echaba del taller? ¿Adónde iba a ir, a su edad, y sin un euro?
Tendría que dormir a la intemperie, entre desconocidos tan desgraciados como él. Terminaría bebiendo, emborrándose para sobrellevar una existencia indigna de un ser humano. Acabaría siendo un desdichado alcohólico y a nadie le importaría un bledo. Puede que, incluso, una noche algún psicópata lo asesinase de treinta o cuarenta cuchilladas.
¿Había albergues municipales para indigentes? Sí, claro. Por ahí se vislumbraba una salida. Pero ¿son los albergues para sécula seculórum o sólo se podía acudir a ellos durante una temporada? Tendría que informarse bien de esto.
También le sonaba que las personas sin recursos recibían del  gobierno una cantidad mensual para cubrir sus necesidades. Otra cosa, ésta, que no podía dejar de investigar.
Más animado, se dispuso a echar unas suelas.
Recordaba cómo al principio plantó cara al desastre fabricando zapatos diseñados por él, con materiales de primera calidad —piezas únicas, dignas de una vitrina—, y la alegría que le produjo la venta del primer par. Dos semanas después vendió otro par, y luego, en una inolvidable semana, colocó otros tres.
Más adelante, hizo cinturones y bolsos de mujer, que al principio se vendieron bien.
Le parecía, entonces, que el negocio remontaba, y por la noche en la habitación, tendido en la cama, la mirada ausente en el techo deslustrado, viejo testigo de sus veladas de onanismo, los ensueños le hacían aparecer como un triunfador.
Se inventaba ampliando el negocio del calzado hecho a mano a la calle Bidebarrieta, que era la ruta que seguía la bruja cuando iba a la catedral de Santiago a oír misa, armada con un devocionario.
Pondría otra tienda en la calle Correo, pues por ésta la bruja abandonaba las Siete Calles para ir a huronear al Ensanche. ¡Cómo disfrutaba imaginándose a la bruja amarilla de envidia y muerta de rabia!
Sin embargo, las ventas fueron lentificándose hasta casi desaparecer. Le quedó, para mortificarlo, una remesa de buen género a la que no podía dar salida y en la cual había invertido un dineral.
Estos últimos pensamientos lo desanimaron. Miró con ojos llenos de nostalgia y melancolía los nobles objetos de trabajo que le rodeaban: leznas, cuchillas, tenazas, la escofina…, herramientas a las que debía la existencia de una vida sin cabida en los tiempos de despilfarro que corrían.
La boca se le había secado. La notaba pastosa, y por más que se pasaba la lengua por los labios la sensación de sequedad regresaba al cabo.
De la mano se le cayó el martillo, bien porque la tristeza le había dejado sin fuerzas, bien porque le habían empezado a sudar las manos desmesuradamente y era incapaz de sujetar el martillo sin que se le escurriese. Al agacharse a recogerlo, por encima del mostrador, vio aparecer la silueta de la bruja en el umbral, al contraluz.


Paula Izko valoró con la mirada al enclenque joven que pretendía llevar un taller de zapatería en la casa del portero, y le puso de nota un tres sobre diez. El padre de Paula le mostraba la vivienda, tratando de disipar con un convincente discurso las dudas que pudiera tener el joven respecto al alquiler, al tiempo que le informaba de las costumbres vecinales del inmueble.
 A Paula le pareció que el joven no tendría más de treinta años, y que era algo tímido.
 El señor Izko, con su uno noventa y sus más de cien kilos de peso, parecía un gigante al lado del joven, que mediría un metro setenta escaso y pesaba menos que un grillo.
Como hembra, el joven Samuel Balenciaga no despertó en Paula ningún instinto. Por otro lado, ella tenía bajo llave su propio erotismo desde muy antiguo.
Paula había nacido en el mismo segundo piso de la calle Victor que ahora habitaba. Había crecido en un ambiente religioso, sin excesos, de los de confesarse, comulgar, ir a misa los domingos y guardar las fiestas. Su educación académica se limitó a la enseñanza general básica. Aprendió a coser y bordar, y cuando Irene y Dolores, sus dos amigas de toda la vida, se echaron novio, rara vez salía de casa si no era para ir a la iglesia o a pasear por las tardes junto a sus padres a la orilla del Nervión, por el Campo Volantín. Al morir la madre de  Paula, ésta tenía treinta y cinco años, y cincuenta y siete cuando murió el señor Izko.
Al entierro del padre de Paula asistieron Irene y Dolores. La primera se había casado con un millonario y vivía en Santander, en una casa faraónica. Dolores vivía en Gorliz, en un piso de 75 metros cuadrados, a unos 30 kilómetros de Bilbao. Desde la muerte de su madre, hacía veintidós años, Paula no había vuelto a ver a las dos amigas, y las encontró algo gordas.
—A mí, a nada que como, en seguida el cuerpo se me va para adelante —dijo Irene.
—Y más todavía se nos va a las que tenemos problemas con las hormonas —apostilló Dolores.
¡Qué viejas le habían parecido las dos amigas! ¿Estaría ella igual de mayor? Se puso ese día ante el espejo de la cómoda de su habitación, y, sinceramente, no se vio tan mal como las otras. A su juicio, lo único que a ella le afeaba el rostro eran las dos oscuras ojeras, fruto de las lágrimas y el insomnio. Pero eran ojeras producidas por el dolor a la muerte del padre, y más que afear, vestían y añadían rango al luto.
Paula Izko rememoraba esos viejos recuerdos mientras cerraba la puerta del piso y también cuando bajaba las escaleras, para ir de compras.
Al llegar al portal y pasar por delante del taller vio a Samuel inclinado sobre un zapato puesto en un yunque, embebido en arreglarlo, y le dijo lo que hemos visto antes: «— Señor Balenciaga, usted y yo tenemos que hablar seriamente…, etcétera».
Samuel Balenciaga había alzado la cabeza y la había mirado con tal desamparo que casi de inmediato Paula Izko tuvo remordimientos por haber dicho lo que había dicho. Al zapatero el espanto le había abierto desmesuradamente los ojos, y el labio inferior se le había caído dejando a la vista unos incisivos talados por el sarro.
Durante la época del señor Izko, Samuel había cumplido religiosamente con el alquiler, y lo siguió haciendo después, con Paula, cuando ésta heredó el edificio. Hasta que llegaron los malos tiempos y el zapatero comenzó a flaquear en los pagos y a efectuarlos de manera irregular.
Tal vez se había excedido apretándole las tuercas a Samuel, pensó Paula, pero es que la morosidad de éste se pasaba de la raya.
El señor Izko gustaba de la diplomacia y la perífrasis a la hora de requerir a un inquilino el pago de un recibo atrasado. Paula, sin embargo, era amiga de retorcer el pescuezo y de los atajos. Había hecho suya la filosofía de san Pablo encerrada en esta expeditiva  y terrible sentencia: «El que no trabaje, que no coma». Ella había adaptado en beneficio propio la máxima del santo: «El que no pague, ¡a la calle!»

El inmueble que había heredado Paula de sus padres, en la calle Victor, era un antiguo edificio de fachada renegrida, de tres plantas, de dos manos por planta y dos pisos abuhardillados, todos de renta antigua. En la herencia iba, en dinero contante y sonante, una cantidad en pesetas que en euros equivaldría a unos respetabilísimos ciento veintitrés mil euros, atesorados día a día por el señor Izko. Con esto, y con todo, Paula, que no cobraba jubilación ni prestación social alguna, miraba el futuro con recelo.
Tan solo el alquiler de la zapatería se revisaba cada año y subía con la vida. Los alquileres de los demás vecinos permanecían sin cambios desde tiempos inmemoriales, totalmente desfasados y ruinosos para la sociedad actual, sin que Paula pudiera hacer nada por remediarlo. Tenía las manos atadas por una ley de arrendamientos urbanos que la sublevaba.
El edificio pedía a gritos unos arreglos de fachada que la próxima inspección municipal no iba a dejar caer en saco roto, y el producto de los alquileres no daba para obras de semejante envergadura. Más pronto o más tarde, Paula iba a tener que echar mano de los ciento veintitrés mil euros de la herencia y pulírselos en parchear el inmueble. ¿Qué le iba a quedar para seguir viviendo?  Nada.
Samuel pagaba el doble —y en algunos casos, bastante más— que cualquier otro inquilino. No iba, pues, la solitaria señorita Izko, a desalojarlo y perder el único inquilino que le resultaba rentable. Sería acabar con la gallina de los huevos de oro, y entre las normas de conducta de Paula no entraba el tirar piedras a su propio tejado.
Pero un buen susto, a Samuel no se lo quitaba nadie.
Al menos hasta que pagase algo de lo que debía.
Una señal de buena voluntad por parte del zapatero, es todo lo que pedía Paula.
«Porque vamos a ver —se decía ella—, con la mano en el pecho: ¿quién va a mostrar el mínimo interés en alquilar el inmundo cuchitril donde vivía Samuel Balenciaga?»
El zapatero iba a seguir en la zapatería. Pero Paula tenía la determinación de cobrar hasta el último céntimo del alquiler, aunque fuese a plazos y tuviera que arrancarle al zapatero la piel a tiras.
A Samuel, Paula lo había visto envejecer. Había sido espectadora de cómo el negro bigote del zapatero se entreveraba, se iba cubriendo de hilos blancos y después se albeaba. Había asistido a la cobarde retirada del cabello de Samuel hasta casi la coronilla, y había presenciado el encanecimiento paulatino de la mermada cabellera. Y también había sido testigo de cómo, año tras año, a Samuel se le arrugaba la frente, le salían patas de gallo y la jugosa carne de las mejillas se deslizaba por la cara hasta quedar debajo de las comisuras de los labios.
Paula Izko había visto cómo el zapatero envejecía hasta convertirse en un entrañable remendón cuajado de arrugas, las gafas de cerca caídas sobre la punta de la nariz y el pelo blanco como el de Papá Noel.
A su manera, Paula Izko empatizaba con Samuel. Pero ello no significaba que pasara por alto la flagrante morosidad de éste.
Cuando aquella mañana regresó de las compras y vio a Samuel esconderse precipitadamente debajo del mostrador al verla entrar por el portal, Paula se dijo para sí: «¡Qué hombre! ¡Se comporta como un chiquillo!»
—No se me esconda usted, buen hombre, que le he visto agacharse —dijo mientras cargaba a paso ligero contra el mostrador— ¡Por favor, no sea usted absurdo y salga de ahí abajo! —añadió, asomándose a la ventana para descubrir al zapatero.
Entonces Paula Izko vio como una mano enorme surgía de la garita del zapatero. Una auténtica zarpa cubierta de cerdas negras, con las uñas de los dedos anchas como espátulas, que la cogía de la cabeza y la alzaba sin dificultad por encima del mostrador. Detrás de éste, Paula vio la faz del demonio, agazapado tras la silla del remendón, y una boca descomunal, abierta, compuesta de dientes alineados y anchos como teclas de piano. Estos dientes cubiertos de sarro fue lo último que vio Paula antes de que la boca, que olía a zapatería, la engullera.


Samuel Balenciaga miraba con cara  de susto el cadáver de Paula Izko, tendido a sus pies dentro de la zapatería. En la mano derecha, Samuel sostenía el martillo de zapatero con que había golpeaba la nuca de la mujer. El martillo aún conservaba algunos pelos de la cabeza de Paula, que se habían adherido en el impacto.
También en la mano izquierda de Samuel había unas hebras de cabello pegadas entre los dedos sudorosos; eran unas hebras mal teñidas de rubio. Había cogido a la bruja por los pelos y la había golpeado con verdadera saña, ¡vaya que sí! ¡Bien merecido se lo tenía!
Miró a un lado y a otro, por la ventana, y bajó deprisa las persianas; luego cerró con llave la puerta de la zapatería. Nadie había visto nada, al parecer. ¡Dios mío!, ¿qué había hecho…?
¿Y qué iba a hacer con la bruja?
Entonces le distrajo un detalle insignificante: no había sangre. Técnicamente hablando, allí tenía que haber un charco de sangre, manada de la cabeza destrozada de la bruja. El martillazo había sido de cuidado. Necesariamente, tenía que haber hendido el occipital.
¿Qué podía hacer? De momento, lo más prudente era introducir el cuerpo en la vivienda, ocultarlo de miradas indiscretas y abrir la tienda como si nada.
Cogió el cuerpo de la vieja por los tobillos y lo arrastró al interior de la tienda, hasta la cocina. La cabeza dejó un rastro de sangre. «¡Ajajá! ¡Aquí está la consabida sangre!»
«Y ahora, ¿qué? ¿Qué vamos a hacer con el cuerpo?», se preguntó Samuel en plural, como si tuviera algún compinche. Podría cavar una fosa en una de las habitaciones y enterrarlo allí. Pero ¿y el ruido de la excavación? Se iba a enterar todo el vecindario de que estaba preparando una fosa para la vieja. El patio vecinal era un altavoz, peor que una portera chismosa.
Descartado, pues, el enterramiento.
¡Dios santo!, ¡se había convertido en un criminal, en un abominable homicida!
Puso encima de la mesa la bolsa de la compra que llevaba la vieja. Pesaba poco, la bolsa. Hurgó en el interior. Mentalmente, iba haciendo inventario del contenido a medida que lo sacaba. «Cien gramos de jamón de york —lo olisqueó—, del barato». «Media docena de huevos pequeños, de los de entre cincuenta y tres y sesenta y tres gramos».
De pronto se detuvo, interrumpió la cuenta. «¡Me meterán a la cárcel si me descubren!», descubrió horrorizado. «¿Qué pena puede tener el homicidio no premeditado? ¿Seis años? ¿Ocho años?Con buena conducta, cuatro o cinco».
«Dos chicharros de ración». «Una cuña de queso de Burgos, pongamos que de doscientos cincuenta gramos». «Media barra de pan». Y ya está. No era gran cosa. La bruja siempre había sido una tacaña. Eso era lo que la había matado, en realidad.
Podría tirar el cuerpo de la vieja a la ría. Bastaba con envolverlo en una sábana, salir a la calle de madrugada con una carretilla por la calle Victor y luego por toda la calle Correo; cruzar la carretera, pasar ante el teatro Arriaga y arrojar el cadáver al Nervión.
Pero no. El plan resultaba demasiado expuesto.
¿Y descuartizar a la vieja?
Peor. Él era incapaz de tocarle un pelo. ¡No que no, que él no valía para esas barbaridades de psicópata! Bastante asco le iba dar el destripar los dos chicharros de ración, que tenía planeado comérselos hoy mismo.
Congelarla. La inspiración le había llegado de pronto, como llovida del cielo. Comprar un arcón congelador y meter en él a la vieja. ¡Esa era la solución! Allí podría permanecer el cadáver para los restos. Sin desprender olores ni levantar sospechas. Así de fácil. Respecto a él, no se pensaba jubilar nunca. Se moriría trabajando, dando el callo hasta el final.
Claro que un arcón costaba un Congo, y precisamente dinero era lo que menos tenía él.
Cogió las llaves del bolso de Paula y, a medianoche, subió al piso de ésta procurando no hacer ruido para no alertar a los vecinos.
En algún lugar la vieja tendría dinero escondido.
¿En dónde? Donde lo tenían todas las viejas: en la cocina, dentro de un tarro.
Samuel miró en el armario de la cocina. Encontró un tarro con garbanzos, otro con lentejas, este con alubias y aquel otro con macarrones. Sal, azúcar, arroz, pimienta…, pero de dinero, nada de nada.
La habitación. Éste era otro de los lugares preferidos por todo el mundo para esconder dinero en casa. En el armario o debajo del colchón; aunque pensándolo bien, éste último escondite estaba en desuso.
Entró en el dormitorio de Paula Izko. El dormitorio de la difunta…
Una cama de matrimonio y encima de ésta, colgando de la pared, un crucifijo. Un armario ropero, un reclinatorio, un tocador con espejo abatible, una silla con el asiento mullido y otra con asiento de enea. Todo de madera, el barniz ennegrecido y desgastado por el roce. Muebles anticuados y viejos, como todos los de la casa. Como Paula Izko.
Samuel buscó debajo de unas toallas de ducha, esmeradamente plegadas en una balda del ropero. ¡Premio! A la primera. Allí encontró un fajo de billetes de veinte y cincuenta euros. Los contó con avidez. Había seiscientos cuarenta euros. De sobra para comprar un arcón.
En la sala de estar miró dentro de un mueble bar que databa de los años cuarenta, como mínimo. Había copas y vasos. Y una botella de Anís del Mono empezada. Se sirvió una copa y se sentó a una mesa de comedor oscura, en una de las seis sillas arrimadas a ésta, de tapicería desgastada y sucia, tanto que daban repelús.
Encima de una cama turca, que desentonaba con los otros muebles, había una televisión en blanco y negro de los años setenta. Un trasto viejo que la avara sufría con tal de no gastar un euro.
Durante la época feliz, sin problemas con el alquiler, la vieja le había pedido que sintonizase el anacrónico aparato de televisión, puesto que «se había desintonizado solo», y Samuel, después de manipular los mandos, logró sintonizar varios canales, no todos, con los que la vieja se dio por satisfecha, sin embargo. En agradecimiento, Paula abrió el mueble bar y le sirvió a Samuel una copita de anís.
Eran otros tiempos.
Samuel terminó la copa y la dejó sobre la mesa. Se levantó, y al salir, cuando estaba en el umbral de la puerta de la sala, se volvió de pronto a mirar con espanto el vaso de anís vacío. ¡Las huellas!¡Había regado la casa con sus huellas dactilares! ¡Sería zoquete!
Le llevó veinte minutos borrar todas las huellas de los objetos que recordaba haber tocado. Al acabar se sentó en una de las mesas del comedor a sollozar con la cara entre las manos. «¡Soy un criminal sin entrañas!», se repetía una vez tras otra.
Dos días después, le llevaron a la zapatería un arcón congelador y lo depositaron en la cocina. Una vez a solas, Samuel sacó de debajo de la cama el cadáver de la vieja y lo introdujo en el arcón. Cubrió éste con un mantel y, ¡cosa curiosa!, la cocina parecía que había ganado en espacio. El arcón le sirvió a Samuel a modo de mesita en la cual colocar las cosas que siempre andaban rodando.
Pasaron los días, las semanas y los meses. Nadie vino a preguntar por Paula y tampoco nadie se interesó en poner en orden los asuntos de la mujer, si es que estaban desordenados. Paula estaba sola en el mundo. Su cadáver descansaba en el arcón de la zapatería, cubierto de escarcha, congelado.
Un día, la silueta de dos policías municipales se dibujó al contraluz en el portal. «¡Ahora sí que vienen a por mí», se dijo Samuel, muerto de miedo.
—Mírelos, a ver que se puede hacer. Cuando llueve resbalan que da gusto.
El policía había depositado sobre el mostrador una bolsa de plástico. De ella emanaba ese aroma característico del cuero que tanto deleitaba a Samuel. Metió la nariz en el interior de la bolsa y analizó el contenido: dos zapatos negros de buena calidad, casi nuevos, sin olor a sudor. Recién estrenados.
—Es cosa de las suelas. Para el jueves están listos —respondió el zapatero.
Los dos policías se marcharon. Samuel se inclinó sobre el yunque y continuó lijando el canto de un remiendo. Estaba a salvo. Giró el cuello y miró por encima de la gafa. Desde allí podía ver en la cocina el arcón congelador. Nadie sospechaba nada. Nadie echaba en falta a una vieja avara, y nadie derramaría una lágrima por ella.


Samuel Balenciaga, los ojos a ras del mostrador, vio aparecer en el vano iluminado por el sol de la puerta del portal la terrible figura de Paula Izko, cuando él se agachaba  a recoger el martillo que se le había caído. Al contraluz, la fantasmal aparición era una mancha oscura, informe y plana.
Paula Izko se abalanzó contra el mostrador y lo golpeó tres veces con la palma de la mano. Dijo algo, y luego añadió:
—¡No sea usted ridículo, señor mío, que le he visto agazaparse!
Se estiró por encima del mostrador para ver al zapatero. Éste se encontraba en cuclillas, encogido; miraba hacia arriba, con cara de susto, la gafa caída sobre la nariz. «¡Dios mío! ¡Si pone carita de cordero degollado!», pensó Paula, con ternura de madre o de hermana.
Samuel se incorporó.
—Sólo me he agachado a recoger el martillo —se disculpó.
—¿Qué me dice usted del alquiler? El asunto ya va para tres meses, y aquí no se ve movimiento —dijo Paula, agitando el brazo derecho; el otro lo tenía ocupado en sujetar la bolsa de la compra.
Samuel se encogió de hombros.
—Y qué quiere usted que haga yo, señora Paula. Las cosas no van bien. Tenga un poco de paciencia —respondió.
—¡Paciencia, paciencia! De paciencia no se come. Haga usted un esfuerzo, señor Balenciaga, que hablamos de mil doscientos euros.
—Pero yo no puedo darle esa cantidad, no la tengo. Si usted fuera flexible yo le podría dar algo.
—¿De cuánto hablamos?
Samuel miró a un lado y a otro, calculando la cantidad.
—Pues no sé…, doscientos euros —dijo.
Paula Izko puso cara de asombro.
—¡Doscientos euros! —exclamó escandalizada—. ¡Qué menos que un mes de alquiler, señor mío!
—Cuatrocientos euros es mucho para mí, en estos momentos. Acepte trescientos.
Paula se echó hacia atrás. Reflexionó.
—De acuerdo —convino—. Pero recuerde que aún le quedarían por pagar novecientos euros. Hay que espabilarse.
Samuel la dedicó una sonrisa fingida.
—Mañana le ingreso los trescientos en su cuenta —dijo.
Paula se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras. De pronto se giró y le dijo a Samuel:
—Podría usted quitarse algo y gastar menos; eso ayudaría mucho a pagar la deuda. Todos tenemos que sacrificarnos, amigo mío.
Samuel forzó una sonrisa.
«¡Que mujer más pesada!», pensó.
Antes, cuando la había visto entrar por la puerta del portal, le dieron ganas de cogerla por los pelos y darle un martillazo en la cabeza.
¡Le tenía frito!





9 comentarios:

Jayja para tí... dijo...

Dios! menos mal que acabaste asi!!! ya sentia terror...

un beso

crónicas de un e-writer dijo...

Yo también.
Besos.

Alberto Senda dijo...

Yo también me estaba esperando algo tipo "Crimen y castigo", je,je. Lo único que no me cuadraba era que apenas quedaba espacio para contar más... No ha te ha quedado nada mal; aunque a mí, personalmente, me han gustado algo más los dos anteriores.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Me daba pena matar a Paula. En el fondo, no era mala persona, sólo tenía miedo a la pobreza, igual que el zapatero (que en estos momentos no me acuerdo cómo se llama). Los dos son personajes solitarios cuya única aspiración es sobrevivir con las menores penurias posibles. Supongo que todos tenemos miedo a la pobreza y a pasarlo mal, pero a pesar de ese miedo, seguimos soñando.

Ahora que me nombras a "Dosto", me acuerdo que tengo aquí "Los demonios" desde hace tiempo, sin leer. Un día de estos me pongo en ello y la leo, a ver si se me pega algo de su estilo y rasco alguna idea para escribir.

Los dos relatos anteriores me parece que son los que más han gustado. Mi preferido es "Granada, 1034".

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Alberto, ¿el de la foto eres tú?

Alberto Senda dijo...

A mí también me daría pena matarla, pero he de reconocer que me engañaste completamente. La casera de Crimen y castigo era tal vez más ruín y mira cómo acabó el pobre Raskolnikov después de cargársela...
Yo también tengo "Los demonios" en casa desde hace tiempo, y tampoco lo he leído todavía; a lo mejor lo acabamos haciendo a la vez; a mí tampoco me vendría nada mal que se me pegara algo de su estilo.

El de la foto sí, soy yo, je,je. No me gusta poner fotos mías en internet, pero como en esta salgo de espaldas...
Me la quité a mí mismo en septiembre del 2011. Deambulaba por los Picos de Europa leoneses, y, de repente, me entró la euforia, coloqué la cámara en la hierba y, mientras esperaba a que disparara, me sentí libre, muy libre...

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Es un paisaje precioso.
He publicado en Amazon los ocho relatos del blog.

Un abrazo.

Alberto Senda dijo...

Sí, es un sitio maravilloso. Y eso que la foto no le hace justicia, principalmente por culpa de ese homínido que está en el centro tapando el paisaje.

Me parece muy buena idea que hayas publicado los relatos, y que hayas utilazo como título "La invasión", pues, desde luego, el potencial comercial será mucho mayor que, por ejemplo, "El alquiler" o "Francisca". Otro interesante hubiese sido "La zona muerta", si no se te hubiese adelantado Stephen King. En todo caso, te deseo la mayor de las suertes.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Alberto.

He tenido que quitar los relatos para no tener problemas con Amazon. Tuve que insistir en que los relatos eran de mi propiedad intelectual.

Un abrazo.