Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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"El muerto", relato de Gerard F. Fast







      Todo empezó con una pequeña molestia. El médico vislumbró algunos visos sospechosos y juzgó pertinente realizar análisis, para despejar dudas.
      El mal no había provenido del exterior. Ninguno de los cientos de microorganismos dañinos que pueden llegar a infectar el cuerpo humano había sido el responsable de la enfermedad. Fue el propio organismo quien había iniciado una minuciosa y rigurosa tarea de autodestrucción.
      Tres meses después la tarea había sido completada, y el malhadado cuerpo permanecía dentro de un ataúd en el crucero de una iglesia, frente al altar.
      De pie, al lado del ataúd, el espíritu del muerto deslizó las yemas de los dedos por la madera barnizada, y sintió escalofríos al pensar que su cuerpo estaba dentro de la caja. Luego se sentó en lo alto de las escaleras del presbiterio. El sacerdote cantaba las letanías.
      En la misa de córpore insepulto los familiares y allegados ocupaban las primeras filas de asientos: el semblante grave y contenido, la cabeza inclinada, los brazos cruzados en el pecho o caídos sobre el vientre, las manos juntas. De vez en cuando alguien se sorbía los mocos.
      En los bancos de atrás, los pálidos rostros de los asistentes sin vínculos directos con el muerto se agitaban en las penumbras como azuzados por la impaciencia o el tedio. Los presentes masculinos coreaban entre dientes los cánticos religiosos, mientras que las agudas voces de las mujeres se oían con nitidez gracias a la perfecta acústica del templo. Olía a incienso.
      En el presbiterio, a la derecha de donde estaba sentado el muerto, en un púlpito sin tornavoz, el párroco extendió los brazos delante del micrófono:
      —Amadísimos hermanos y hermanas —empezó a decir, antes de meterse a desgranar un adocenado panegírico.
      En la primera fila se hallaba la viuda, emparedada por los cuerpos de las dos hijas —de diecisiete y diecinueve años— que se asían a ella  por los brazos y se apretaban como si quisieran fundirse hasta formar un solo ser tricéfalo. Las tres mujeres lloraban como magdalenas, y de este río de lágrimas a ratos partía un incontrolado gemido de dolor que atraía todas las miradas y perturbaba el discurso del sacerdote; éste volvía su indescifrable rostro a las mujeres y las miraba con unas pupilas cargadas no se sabía bien si de reproches o de conmiseración. El muerto observaba alicaído, más muerto que nunca.
      Muy afectado por las muestras de dolor, el muerto se preguntaba para qué servía la vida, para qué venir a un mundo imperfecto en donde el propio cuerpo, responsable de trasladar de un lado a otro el espíritu, se revolvía contra sí mismo hasta destruirse.
      Durante el tiempo que duró la agonía —especialmente en los últimos estadios, cuando los analgésicos lo liberaban del dolor y le daban un respiro—, el muerto había reflexionado de manera profunda sobre su pasado. Tras hacer un examen a conciencia, había llegado a la conclusión de que nadie le podía hacer un solo reproche. Había sido un buen hijo, un buen marido y un buen padre. Junto a su mujer había creado un hogar y entre los dos lo habían llenado de muebles y fruslerías, con la complacencia de dos urracas que recolectan cuanto brilla para llevarlo al nido. A las niñas nunca les había faltado nada, y el dinero para su educación siempre estuvo garantizado.
      En cuanto a los amigos, ahí estaban, ocupando los bancos inmediatamente posteriores al de la viuda, quebrantados por el dolor y llorando a lágrima viva.
      Sin embargo, no dejaba de tener la extraña certidumbre de que había «algo» que no había hecho correctamente en vida o que había dejado sin hacer, y esa sensación lo desasosegaba.
      Después de la misa llevaron el ataúd al velatorio, un pequeño edificio situado en el centro del camposanto, y lo depositaron sobre una mesa de piedra. Había anochecido, y por las dos ventanas de medio punto se colaba el resplandor rosa de la ciudad.
      Frente a la caja había una especie de altar con un crucifijo de tamaño regular, iluminado por cuatro hachones del grosor de un brazo colocados en candeleros de metro y medio de alto; otros cuatro más se consumían lentamente, repartidos entre las cuatro esquinas del ataúd cual arcángeles protectores. Tres filas de bancos de iglesia miraban al crucifijo.
      Afuera corría una agradable brisa nocturna, y cuando salió al exterior el muerto se alegró de dejar atrás el aroma dulzón de la cera quemada. Caminó entre las tumbas hasta llegar a la verja de entrada. Al otro lado, una carretera desierta separaba el camposanto de unos altos edificios de viviendas. El muerto trató de atravesar los barrotes de forja, de la misma manera como había atravesado la madera de pino del ataúd y el lienzo de sillería del velatorio. Tras varios intentos desistió de salir por este punto. Pensando que tal vez los muertos no podían atravesar la forja pero sí las paredes de piedra, se dirigió al muro que delimitaba el cementerio.
      Tentó los mampuestos, cubiertos de musgo, y hurgó con la uña en la argamasa húmeda y friable que los unía. De pronto sintió como si su espíritu viajara al interior de la argamasa. Tuvo visiones fantásticas de un mundo antiguo de gases y erupciones volcánicas, y de átomos, moléculas y bacterias primigenias.
      Tras comprobar la solidez de los mampuestos y ver que no podría traspasarlos, se dirigió a un cedro que se elevaba por encima del muro. Trepó por las ramas e intentó saltar al otro lado, pero chocó contra una pared invisible.
      Caminó por borde del muro, siguiendo la pared invisible con las palmas, en busca de un hueco por el cual colarse. Como no encontró ninguna salida, regresó al cedro y subió unos metros hasta una rama gruesa que sobresalía hasta la calle.
      Gateó por la rama, y cuando llegó a la altura del muro la barrera invisible se interpuso: la rama atravesaba la barrera, pero ésta impedía al muerto continuar su gateo. Trepó hasta la rama más gruesa y alta del cedro y reptó por ella hasta tropezar otra vez con el muro invisible, que parecía tener una altura infinita. Retrocedió hasta una horquilla y se sentó.
      Desde aquella altura alcanzaba a ver buena parte de la ciudad y también la necrópolis de cabo a rabo; en ésta se alzaban las masas oscuras de tumbas y panteones. Buscó con la vista otras almas atrapadas en el camposanto, sin encontrar ninguna. Descubrió que había un pabellón adosado a una de las paredes del camposanto y pensó que tal vez si se subía al tejado podría salir de allí.
      Descendió cuidadosamente, y cuando estuvo a dos metros de altura se dejó caer. Chocó contra el suelo y sintió el impacto, pero no perdió el equilibrio ni notó ningún dolor. Luego se dirigió hacia el pabellón adosado. Caminó por las avenidas, flanqueadas de panteones, tumbas y árboles. Al llegar a un cruce vio a una mujer de aspecto fantasmagórico parada ante una lápida; vestida con un sudario talar blanco, una tenue luminiscencia azul la envolvía de pies a cabeza.
      El muerto no tenía la menor duda que la mujer era un espíritu, y caminó con paso decidido para entablar contacto. A cada zancada, más y más se convencía de que el espectro femenino tenía las respuestas que necesitaba para moverse con desenvoltura en el mundo de los espíritus, dentro del cual él no pasaba de ser un bebé que da los primeros pasos.
      La mujer volvió hacia el muerto un rostro magro, pálido y anguloso: los ojos, saltones, iluminaban con luminiscencia azul las profundas órbitas; las ojeras, marcadas; los carrillos, hundidos; los labios, de un desvaído cárdeno.
      El muerto vio cómo el espectro de mujer desaparecía en la oscuridad, entre las sombras de las tumbas y los árboles. No hizo intención de seguirlo; notaba que algo en su espíritu se había calmado, como si de pronto hubiera recibido una respuesta a una pregunta desconocida que lo atormentaba desde siempre.
      Se acercó hasta donde había estado la mujer. Allí, entre dos antiguas lápidas, había una fosa abierta y vacía. En la cabecera de ésta, escritos con pintura negra sobre un placa de madera, el muerto vio su propio nombre y el número de la tumba.
A la izquierda del pabellón adosado que había visto desde lo alto del cedro se alzaba la cruz de mármol negro de una tumba, que llegaba a la altura del tejado.
      Se encaramó a las alas de un ángel afligido, reclinado sobre una lápida, que venía que ni a propósito para ganar uno de los brazos de la cruz y saltar al tejado del pabellón y de allí al muro del cementerio. Una vez sobre el muro, el muerto constató que la barrera invisible se alzaba también en aquella parte.
      Después de caminar por el perfil del muro en una dirección y otra, llegó a la conclusión de que la barrera rodeaba todo el perímetro del camposanto. Se imaginó que formaba una cúpula para impedir que las almas escapasen.
       Bajó del muro, por donde había subido.
      El pabellón adosado tendría unos setenta u ochenta metros cuadrados, con dos ventanas ojivales al frente y dos en cada costado. El muerto vio su imagen en los cristales de las ventanas y se detuvo a contemplarla detenidamente: su aspecto era el de un hombre sano y vigoroso, saludable y guapo, sin rastro de la luminiscencia azul que había observado en el espectro de la mujer.
      Traspasó la pared del pabellón y se coló dentro.
      En mitad del recinto había un paso con un eccehomo vestido con un paludamento púrpura que lo cubría de hombros a pies. Bajo un casquete de espinas, la expresión de Cristo reflejaba todas vejaciones y suplicios a los que había sido sometido. Del manto surgía la mano de madera del Señor, una mano ensangrentada, con una humillante caña astillada que simulaba un cetro. El monte del paso estaba cubierto por una miríada de velas pequeñas y en cada esquina llevaba un hachón, apagados.
      Arrimados a las paredes había dos pendones verdes, tres o cuatro farolas de cofrade, un tenebrario y bártulos de enterrador.
      El muerto lo curioseó todo. Luego se subió al paso y estuvo un rato ensimismado en la contemplación del muerto de madera, perdida la vista en los ojos de cristal, en las gotas de sangre pintada, en la nariz rota. Alargó la mano y tocó la mejilla de la imagen. Entonces sintió que su alma viajaba en el tiempo, que retrocedía hasta los albores de la Humanidad: asistió al entierro del primer ser humano por sus semejantes y a la primera vez que alguien colocó flores sobre una tumba; asistió al nacimiento de los primeros dioses, de las primeras invocaciones; vio cómo surgían las religiones, los primeros sacerdotes y los primeros templos. El muerto sumergió su espíritu en aquel océano teológico y se le revelaron los misterios del alma humana, aquellos para los que nadie tiene respuesta en la vida terrenal por su difícil comprensión.
      Lleno de una nueva paz interior, el muerto pasó la noche entre las tumbas y buscó con empeño el espectro cerúleo de la mujer.
     A las ocho y media de la mañana llegaron los familiares del muerto: sus dos hermanas, acompañadas de sus respectivos maridos; su hermano y la mujer de éste; la viuda y las dos hijas. El cielo estaba surcado por nubes blancas y el sol ascendía en el horizonte.
     El enterrador y dos ayudantes aguardaban a la puerta del velatorio. Un hombre de cuarenta y tantos, vestido de riguroso luto, y una mujer que andaría por los treinta, vestida con algún toque atrevido, se mantenían al margen, en discreto silencio.
      La caja estaba abierta, y los familiares del muerto desfilaron ante el ataúd, grave el semblante; la viuda y las dos hijas, deshechas en llanto.
      El muerto iba viendo las caras y se despedía de todos con gran dolor del alma. Pero cuando se asomaron las hijas, entonces el dolor se intensificó.
      En el último estadio el mal había mostrado toda su fiereza; se había ensañado hasta convertir a un hombre sano y vital en un moribundo demacrado y desvalido, apenas una sombra desvaída de lo que fue. Entonces el muerto prohibió a las dos hijas entrar en la habitación del hospital: el último recuerdo que tendrían de él no sería el verlo en aquel estado lamentable. Y mira por donde, ahora las niñas asomaban su carita ovalada y veían el cadáver desfigurado, reteniendo para siempre en sus dulces cabecitas la horrible imagen de su padre muerto.
      Luego llevaron la caja a la fosa. Los terrones retumbaron en el ataúd con ese sonido característico a madera hueca. La viuda y las dos hijas lloraban. El hermano hablaba con el hombre de riguroso luto, que le mostraba un catálogo de lápidas:
      «Tenga en cuenta que estamos con el mármol y los precios se disparan. La piedra es otra cosa», decía el enlutado.
      Tras las últimas paletadas, los enterradores allanaron el montículo y se marcharon.
«…y van incluidos dos jarroncitos de pórfido rojo que se colocan en la cabecera. Se llevan muchísimo…»
      La viuda y las dos hijas se acercaron y siguieron con ojos empañados la conversación del hermano con el enlutado.
«…el nombre y los datos de su hermano pueden ir en metal. El R.I.P. iría en letras grandes, talladas y  pintadas de negro…»
      El muerto agradeció que su hermano se ocupara de gestionar el entierro, en vez de la desorientada viuda y las dos hijas.
      «Entonces, la cruz que sea clásica…»
      El hombre de la funeraria cerró el catálogo y, en menos de un suspiro, se esfumó con la joven treintañera. La familia del muerto, después de colocar una corona de flores sobre la tumba y guardar unos minutos de silencio, se dirigió a la salida. El trío tambaleante formado por la viuda y las dos hijas, flotando a la deriva en medio de un agitado mar de lágrimas, encabezaba la procesión.
      Atraído por un impulso irreprimible, el muerto volvió a la tumba y permaneció un largo rato mirando fijamente la corona de flores. Se arrodilló y la tocó. El aroma de mil flores lo invadió al instante: supo de todas las flores del mundo que existieron y que existen, y tuvo la impresión de que el alma se le volvía tangible. Luego hundió la mano en la tierra removida y palpó el cuerpo helado por la muerte, dentro del ataúd: notó cómo las células se agitaban y cobraban nueva vida, y llegó con la mano hasta el mal responsable de su desdicha, y lo estrujó entre los dedos y exprimió la bilis negra de que estaba lleno. Fue consciente del dolor del mundo y de todos los dolores que hacen padecer a las criaturas vivas, y participó de ese dolor. El muerto se alejó de la tumba con el alma serena y en paz.
      Recorría el cementerio y se familiarizaba con cada rincón. Merodeaba entre las lápidas y leía los nombres de los enterrados. Hundía la mano en las losas y tocaba los esqueletos. En cada hueso pelado, en cada víscera en descomposición, en cada médula reseca, tentaba su propia historia y la de todos los seres humanos que han poblado el mundo a través de los siglos. Los rayos del sol calentaban su ser intangible, y la lluvia resbalaba por él como sucedería con un cuerpo de carne y hueso. Vio cómo una cicindela esmeralda atrapaba una lombriz y la devoraba aún viva, con fruición, y experimentó el miedo de la víctima y la fiereza despiadada del cazador. Reposaba con la espalda pegada a los cipreses, a los cedros, y sentía la fuerza de la savia recorrer el tejido interno de cada árbol; el olor penetrante de la resina llenaba todos sus sentidos de hombre muerto, y su espíritu descendía por la raíces hasta donde el magma burbujeaba en el centro del planeta.
      Al tercer día de vagar por el cementerio vio cómo enterraban a una mujer joven. El muerto buscó entre las tumbas el espíritu de la recién llegada, pero no lo encontró. Corrió hasta el sepulcro y hundió las dos manos en la tierra hasta llegar al cadáver; hurgó con furia en las entrañas muertas, removiendo los pulmones, el cerebro, sin hallar rastro del alma. Se derrumbó sobre la hierba, y el Génesis de la Tierra se le representó ante los ojos.
      Estuvo boca arriba todo el día, contemplando la formación de los mares y continentes, viendo la erupción de mil volcanes, asistiendo a la creación de las especies. Luego, al caer la noche, el alma del muerto empezó a elevarse por encima de los árboles, de las casas y de las montañas. Abandonó la Tierra y surcó nebulosas de increíbles colores, y su espíritu se cubrió de polvo cósmico. Dejó atrás la Vía Láctea y, como el viajero de un tren interestelar, el muerto vio desfilar ante él los miles de millones de galaxias que componen nuestro universo. Salió de éste y llegó a un lugar donde miles de millones de universos flotaban alrededor de un enorme agujero luminoso.
      El muerto se introdujo por el agujero, cayó precipitadamente hasta una solitaria nube y se quedó tumbado en ella, contemplando el firmamento estrellado, disfrutando de la visión de las estrellas fugaces, de las constelaciones y de la Luna. Ya nada le inquietaba, y una beatífica paz le serenaba el espíritu. Lo había visto todo y lo había comprendido. Se miró las manos y vio que tenían el color azul fosforescente de la mujer del cementerio.
      Navegó con la nube por encima de montañas, valles y ríos. Veía las luces de los villorrios y de las ciudades brillar abajo, y sentía nostalgia de su casa cuando se imaginaba a la gente cocinando una sabrosa cena, a las familias, ociosas, sentadas en confortables sillones.
      Abandonó la nube y descendió hasta su hogar. Su mujer y sus dos hijas dormían: finalmente el sueño había rendido al dolor. Les acarició el cabello y las besó en las mejillas. Dejó dentro del alma de las tres mujeres la certidumbre de que él siempre estaría a su lado.
      El muerto se dirigió hacia el túnel luminoso que parecía surgir de la pared. A la entrada del túnel, la mujer fosforescente del cementerio le sonreía y le tendía la mano. El muerto caminó por el túnel, y le parecía que lo hacía por un útero gigantesco, y sentía el miedo a lo desconocido. A ratos, volvía la cabeza y veía a su mujer y a sus hijas, acostadas en posición fetal; veía los parajes por los cuales no volvería a caminar y todo por lo que había luchado cuando estaba vivo. La mujer luminiscente del cementerio, como si adivinase sus miedos, le apretaba la mano y le sonreía. Entonces el muerto temblaba, y, algo reconfortado, devolvía la sonrisa.






17 comentarios:

Alberto Senda dijo...

Últimamente cada nuevo relato tuyo se convierte en mi favorito. Tengo que confesar que a éste también le ha ayudado una temática más de mi estilo.
Me da la impresión de que en él, valiéndote de simbología cristiana, has querido mostrar la muerte casi como un rito de paso con el que nos despejaremos y nos despojaremos de una vez por todas del velo de Maya. La muerte presentada como un camino a la iluminación, casi el único, el verdadero para alcanzar una omnisciencia casi divina, que nos otorgará una inusitada empatía con todos los seres vivos o extintos de la Tierra, como a través de una invisible e inescrutable hebra del Gran Inconsciente Colectivo, y todo eso siendo además una especie de convidado de piedra en nuestro propio entierro, mientras nuestro espíritu, en su primera singladura extracorpórea, sale a explorar el camposanto. Bueno... ya veremos qué sucede cuando nos llegue la hora, je,je. Pero mientras seguiremos intentando adquirir una pizca de esa iluminación en vida...

PD Espero que todo este Gran Nihilismo que desprende tu relato, no sea consecuencia de un estado de ánimo abatido.

Un fuerte abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto.

Me alegro de que te haya gustado el relato.

Ya veremos qué pasa cuando estemos de mirones. Mientras tanto, de alguna manera sentimos que la presencia de los que se han ido sigue a nuestro lado.

Puede que el libro sea producto de un estado de ánimo bajo. Voy a mover el dial y a escribir algo diferente, aunque te guste menos a tí (je,je).

Un abrazo :)

Alberto Senda dijo...

Sí, lo de la presencia es cierto. Eso me recuerda a la excelente serie de televisión "A dos metros bajo tierra" (Six feet under), que no sé si has tenido oportunidad de verla. En ella se trata la muerte, y por consiguiente, la vida desde todo tipo de prismas y perspectivas. Lo cierto es que decir que la muerte nos iguala a todos los demás seres, es algo con lo que están de acuerdo incluso los humanos más pretenciosos y desnaturalizados.
Me alegro de que quieras cambiar de dial... y ya veremos si lo próximo me gusta menos, je,je. Yo, con lo que estoy escribiendo ahora, también me dispongo a dar un giro radical, muy radical. A ver si la siguiente tiene más suerte que la primera...

Un abrazo.

IIisabel Privera dijo...

Cuando leí la primera línea pensé que me iba a gustar y acerté. En algo me recuerda a La Amortajada, pero con un giro muy diferente hacia todo aquello que representa el misterio, en todas sus dimensiones. Es conmovedor por lo humano y por la ausencia de regreso. Es la tristeza de alcanzarlo todo, comprenderlo todo, ser parte del todo y perder lo divinamente amado e inmediato. Así lo veo.
Le felicito por el logro y que su trabajo continúe ascendiente...

crónicas de un e-writer dijo...

Hola. Alberto.

No he visto esa serie; a ver si la reponen. ¿Nos entierran a dos metros bajo tierra? No lo sabía. ¡Uf!,¡cuánto peso encima!

¿Sabes?, si he escrito que la muerte nos iguala a todos los seres vivos es porque algo me dice que la vida también, pero esto, como lo otro, sólo es un pálpito.

Buena suerte con tu nueva aventura.

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Ilisabel.

Gracias por tus buenos deseos; y por haber dejado este comentario, que me anima a seguir escribiendo.

Al terminar el relato me pasó lo que me pasa con todo lo que escribo: que pienso que no le puede gustar a nadie. Me lo pensé mucho, antes de publicarlo.

Por eso, cuando recibo comentarios de lectores desconocidos que me dicen que les ha gustado lo que escribo, me dan ganas de enmarcar dichos comentarios, no por vanidad, sino porque me ayudan a seguir escribiendo relatos y a publicarlos.

No he leído "La amortajada", y no te puedo hacer un comentario al respecto.

Pero te voy a decir una cosa: si me hubieran asegurado que mi relato podía despertar en algún lector las sensaciones que ha despertado en ti, me habría costado trabajo el creerlo.

Un abrazo muy fuerte, Ilisabel.

Jayja para tí... dijo...

si puedo navegar por la tristeza de tu escrito, temerosa de estar en otra existencia, para poder entre lo oscuro comprender sin sentir miedo lo que dejas ahí vertido, me sobrecojo de temor, porque la tristeza me acompaña todo el camino, las lágrimas se me congelan, a pesar de lo tibio de la escena, me siento triste a pesar de mi admiración por lo que has escrito y espero fervientemente que escribas algo de amapolas, o flores amarillas para mí, deseo ver un Sol en tus letras y hasta un cielo azul, lo que no quita la triste belleza de tu escrito, demasiado para mi normalmente triste y débil corazón...

un abrazo, Jayja

Jayja para tí... dijo...

no nos visitas en indies?
es tuyo también!!!

Jayja para tí... dijo...

si unes una oración tuya y una de Alberto...

Ay...no sé que será del futuro...si seguiremos aquí...o nos vemos en otro mundo...

Jayja para tí... dijo...

G:
¿Sabes?, si he escrito que la muerte nos iguala a todos los seres vivos es porque algo me dice que la vida también, pero esto, como lo otro, sólo es un pálpito.

A:La muerte presentada como un camino a la iluminación, casi el único, el verdadero para alcanzar una omnisciencia casi divina, que nos otorgará una inusitada empatía con todos los seres vivos o extintos de la Tierra, como a través de una invisible e inescrutable hebra del Gran Inconsciente Colectivo, y todo eso siendo además una especie de convidado de piedra en nuestro propio entierro, mientras nuestro espíritu, en su primera singladura extracorpórea, sale a explorar el camposanto

J: GOD!

Alberto Senda dijo...

Pues al menos en USA, al parecer, sí, de ahí el título original de "Six feet under", es decir, a 6 pies, más o menos 2 metros.
Yo tengo la serie completa, pero lo que no sabría es cómo hacer para pasártela, pues reponerla va estar complicado. Aunque supongo que todavía se podrá descargar de la red sin problema.

Yo también creo que si la muerte no iguala, la vida, por consiguiente también. Lo que ocurre es que más de uno sólo se percata cuando se va al otro barrio.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Janett.

En el siglo XI, el príncipe Motamid de Sevilla le envió al rey de los almorávides, Yusuf ibn-Techufin, estos versos:

"Desde que estás lejos de mí,(...). Mis días son ahora negros, y antes, gracias a ti, mis noches eran blancas."

"-¡Vaya! Parece que me pide mujeres negras y blancas -dijo el ignorante Yusuf."

Le explicaron que en el lenguaje poético "negro" puede significar "triste", y "blanco", "apacible"

"-¡Ah!, ¡qué bello! -exclamó Yusuf-. Pues decidle que a mí me duele la cabeza desde que no lo veo."

Janett, a veces eres tan poética en tus comentarios que me pasa lo que al torpe Yusuf. Así que te pido disculpas de antemano si mis respuestas no están a la altura.

Suelo visitar el blog, lo que pasa es que no sé qué poner o enviar.

Un abrazo.


crónicas de un e-writer dijo...

Gracias, Alberto. A ver si tengo tiempo y me hago con ella.

Un abrazo.

Jayja para tí... dijo...

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy................................

crónicas de un e-writer dijo...

Janett, eres de lo más imprevisible :)

Un fuerte abrazo.

Jayja para tí... dijo...

es que a veces las palabras faltan... o sobran... a veces me gusta más enviar mi sentir...

un abrazo

crónicas de un e-writer dijo...

Un abrazo, Janett.