Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






El lector, relato de Gerard F. Fast


Puso la mano sobre la pared; el delicado vello plateado que la cubría se domó, como agitado por una turbulencia, antes de que la palma llegara a tocarlo. Le sorprendió el comprobar que la pared se estremecía ante una caricia inesperada, como si tuviera vida.
Hacía unos minutos que se había despertado, acostada sobre el suelo de aquel extraño recinto, acurrucada en posición fetal, vestida con un camisón blanco, de lino, de manga larga, y sin ropa interior. El suelo, cálido y blando, se había ajustado a las sinuosidades femeninas de su cuerpo mientras estuvo tendida.
Cuando abrió los ojos temblaba de miedo, como si regresara de vivir un acontecimiento traumático y terrible. Sin embargo, ahora lo que sentía era curiosidad y una turbadora inquietud.
El recinto consistía en una habitación alargada, de color negro, sin ventanas ni puertas. A excepción del suelo, el techo y los lienzos estaban cubiertos por una pelusilla plateada que se apartaba al roce de la mano. De esta pelusilla emanaba una tenue luminosidad, pálida y relajante, que inundaba la habitación.
Del suelo al techo habría tres metros, y diez metros por veinte de pared a pared. Una habitación vacía, sin muebles, sin cuadros, sin adornos. Al caminar el suelo se amoldaba a la planta de los pies, y su contacto resultaba tan suave que la sensación era de ir flotando sobre él.
No recordaba nada, ni cómo había llegado hasta allí ni quién era ella.
De repente los párpados le empezaron a pesar; tenía sueño y se tumbó. Entonces el suelo se recogió sobre ella como una manta y la envolvió en un abrazo que la colmó de sosiego. Se acurrucó, hundió la cabeza en las rodillas, se quedó dormida. Cuando despertó, estaba más relajada. Permaneció sentada en el mismo sitio, la mirada perdida en el infinito y la mente vacía de pensamientos. De nuevo los ojos se le cerraron y se sumió en un sueño profundo, reparador. Estos episodios de sueño repentino se repitieron, y cuando despertaba se limitaba a contemplar las paredes velludas mientras gozaba de una inmensurable paz interior. 
El tiempo se había detenido. Si bien los cinco sentidos le funcionaban a la perfección -podía oír, ver, tocar, oler y apreciar el sabor de los fluidos de su propia boca-, no sentía aburrimiento y ninguna necesidad física la agobiaba.
Una vez creyó oír murmullos y ruidos al otro lado, y pegó la oreja a la pared; notó cómo ésta se conmocionaba y cómo los pelillos plateados se apartaban temerosos. Escuchó con atención.
Eran voces, sí…, mezcladas con ruidos metálicos. Distinguía timbres de voces de hombres y mujeres, lejanos, distorsionados, ininteligibles.
Entonces recordó ríos, montañas y mares de un mundo al cual necesariamente ella tenía que haber pertenecido alguna vez. Le vinieron a la mente imágenes de rostros que le hablaban y sonreían, pero sus palabras eran un galimatías extravagante e incomprensible. Aquellos rostros de desconocidos...
En alguna ocasión oyó el sonido de una gran explosión, y la habitación se agitó y se inclinó hacia un lado, como los buques cuando son golpeados en el costado por una ola descomunal.  Perdió el equilibrio y chocó aparatosamente contra una pared; el impacto fue violento pero indoloro. Hubo más explosiones, y luego el silencio.
También las voces dejaron de oírse y nunca más le volvió a llegar sonido alguno del exterior. A partir de entonces fue cuando empezó a soñar, y este fue su primer sueño:
Soñó con una ciudad provinciana francesa llamada Saumur, amurallada, de calles estrechas, empedradas con pequeños guijarros en la parte antigua. En la parte alta se erguía un castillo.
En una de las casas de la parte antigua había nacido ella un día de 1796, hija de un acaudalado fabricante de toneles, poseedor de viñedos y alquerías, pero egoísta y avaro como pocos. Ella había tenido que soportar, junto a su madre, la tacañería de este progenitor, manipulador y ladino. Se había enamorado y había sufrido, y finalmente, tras toda una vida entera pasando delante de sus ojos... se había despertado del sueño entre espasmos y sudor. Temblando de emoción, incapaz de controlarse.
Había visto su vida durante el sueño. Ella era aquella desdichada mujer provinciana; o mejor sería decir que había sido. Y lloraba por ella, por su infeliz vida desperdiciada.
Pero ¿quién era ella?, ¿por qué no recordaba su nombre en el sueño?
Otro sueño siguió que aumentó su perplejidad.
En el nuevo sueño ella era una jovencita inglesa de veinte años, la menor de las siete hijas de un modesto vicario de pueblo, en Hampshire, que había viajado a Londres en respuesta a un anuncio en el que pedían una institutriz. En Harley Street, en una elegante residencia, un apuesto joven la encomendó el cuidado y educación de sus dos pequeños sobrinos, un niño y una niña, dos huérfanos que vivían en la residencia de campo que el adinerado joven poseía en Essex.
¿Tendría que suponer que había tenido más de una vida? Pensó en ello hasta que se quedó dormida, y de nuevo volvió a soñar:
Es el verano de 1887 en Charleroi, una bella y tranquila localidad fundada por los españoles en 1666, a orillas del Sambre, en el sur de Bélgica. Charleroi viene de Carlos rey, por el rey Carlos II de España, «El Hechizado», el último de los Austrias. Allí, en un soleado 1 de junio, es donde llega al mundo la pequeña Sarah Belefant Cohen, en la casa del respetable joyero señor Simon Belefant Aros.
El señor Belefant retuerce su negro bigote sin poder apartar los ojos de su hija recién nacida, henchido de satisfacción. La pequeña Sarah es el bebé por antonomasia. La joven mamá, la señora de Belefant, doña Anna Cohen Heiman, tendida en el lecho, más hermosa que nunca, las mejillas sonrosadas, la cabeza hundida en los almohadones de plumas, agotada por el esfuerzo del parto, peina distraídamente con los dedos el fino cabello dorado de Sarah, mientras recibe de viva voz el listado de recomendaciones que la comadrona, la señora Ophélie Dubois, tiene por costumbre recitar a las parturientas primerizas antes de despedirse. Mientras esto sucede, el médico don Philippe Lesot Damme se lava metódicamente las manos en una jofaina, se las seca con una toalla blanca de algodón que le tiende una criada y se sienta ante el escritorio del señor Belefant a redactar unas prescripciones.
  La pequeña Sarah crece feliz en Charleroi. De sus padres aprende el arte de la joyería y las buenas  maneras. Los Belefant son católicos. Sin embargo, descienden de judíos conversos, y han heredado de sus antepasados la costumbre de retirar la grasa de la carne y la de encender los viernes por la tarde una lamparita de aceite, siguiendo de forma inconsciente el rito judío de la luz del Sabatt. Más adelante, cuando tenga un hogar propio, también Sarah quitará la grasa de la carne y encenderá una lamparita los viernes.
En la primavera de 1906 Sarah tiene veinte años. Su amiga de siempre, Suzanne, y el marido de ésta, Archibald, le presentan a Teo. Sarah se queda prendada de él; piensa que es el ser más bello que ha conocido. El pelo de Teo es sedoso y rubio platino, y sus ojos, azules, están llenos de vida; su sonrisa es blanca, alineada y perfecta. Es un joven educado y jovial que sabe hacerle reír mientras pasean junto a Suzanne y Archibald.
Teo es de esos seres privilegiados a los cuales la vida concede cuanto arrebata a otros sin ningún motivo. Ni la más leve sombra de enfermedad enturbia su hado. Triunfar no le supone un esfuerzo; todo cuanto le es preciso para su felicidad le llega como otorgado por ciencia infusa. Su trabajo de geólogo le gusta, es independiente, viajero, bien relacionado y nada le falta. Trabaja para la Compañía de Minas Dumont & Jouvet, asociada a la Compañía Minera del Cobre y del Hierro Bristol Consolidated. Ha nacido seis años antes que Sarah, en un pueblo al borde del mar Cantábrico, en el norte de España .
Un año antes, Teo está instalado en  Sheffield, en el Reino Unido, realizando prospecciones en las montañas Cumbrías. Conoce a un compañero de trabajo inglés, Archibald Winnicott Sandler, el marido de Suzanne. Archibald y Teo se complementan; entre los dos nace una sincera amistad, que se mantiene cuando Archibald vuelve a Charleroi tras finalizar el trabajo en las montañas Cumbrías.
Teo está fascinado por el negocio de las piedras preciosas de los padres de Sarah, y ésta le enseña algunos trucos de joyero:
«—Una piedra preciosa hay que examinarla mirando al norte, nunca a la luz del mediodía —le dice Sarah—, y jamás debemos adquirir una piedra que hallamos examinado en una fuente de luz sospechosa. Las esmeraldas hay que presentarlas sobre fondo rosa, lo mismo que el rubí grande, que debe ir sobre acolchado, si bien es preferible ponerlo sobre seda o terciopelo amarillo. Para el rubí pequeño, sin embargo, lo mejor es un fondo negro, igual que para los diamantes rosas tallados. Las perlas parecen más blancas si las exhibimos en un fondo azul, y se hace indispensable examinarlas una a una sobre un fondo neutro, aunque estén ensartadas.»
Al año siguiente, en mayo de 1907, Sarah y Teo se casan en Charleroi. A la boda asisten los padres y familiares de Teo, todos gente adinerada y relevante en sus respectivas comunidades. Después de la boda, durante el viaje de luna de miel, pasan unos días en la casa de los padres de Teo.
La casa es una magnífica mansión que define la alcurnia de sus moradores. La entrada principal, orientada al sur, da a un amplio jardín con parterres y árboles exóticos muy tupidos, circunvalado por un muro de  mampuesto cubierto de hiedra. En el ala norte hay un jardincillo con una palmera que llega al segundo piso, y una cancela por la que se sale al paseo marítimo, frente al puerto deportivo; en éste, los palos de veleros y balandros forman un bosque de grímpolas flameantes, botavaras, maromas y foques recogidos.
La habitación de Sarah y Teo tiene un balcón con balaustres de piedra que da al paseo marítimo y al puerto deportivo.
Al atardecer el sol encendía el cielo, y al ponerse bullía en la línea del horizonte y enviaba un último rayo que marcaba sobre la espuma cobriza del mar un camino dorado hasta el puerto. Por la noche, Sarah y Teo podían ver las luces de los pueblos titilar en la orilla opuesta de la bahía. De madrugada zarpaban los pesqueros con las linternas encendidas; navegaban tan juntos que vistos desde lejos parecían un banco de peces luminosos. Al alba, el olor a bollería y café, preparado en el sótano por el servicio, llegaba desde la cocina y despertaba a Sarah y a Teo. Los domingos el paseo marítimo se llenaba de color y bullicio: niños gritones; matrimonios cogidos del brazo, vestidos con sus mejores ropas; aromas de perfumes, colonias y canela de barquillo. Los balandros del puerto deportivo se hacían a la mar y las velas blancas, inmaculadas como la espuma del mar, se podían ver al otro lado de la bahía, frente a los barrios obreros.
A finales de 1908 nace la hija de Sarah y Teo, Anne Marie. Los tres viven felices en Charleroi, y Sarah insinúa la posibilidad de que Teo deje su trabajo en la Dumont & Jouvet y se integre en el negocio familiar de las joyas. El 19 de noviembre de 1913 Anne Marie celebra su quinto cumpleaños. Por Año Nuevo visitan a los padres de Teo.
El 28 de junio de 1914, el nacionalista serbobosnio Gavrilo Princip, estudiante de 19 años, asesina en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona del Imperio Austro-Húngaro, y a su esposa la duquesa Sofía Chotek de Hohenberg, con una pistola automática Browning FN Modelo 1910.
El emperador austro-húngaro Francisco José I culpa a Serbia de estar detrás del magnicidio. Instigado por el káiser alemán Guillermo II, Francisco José declara la guerra a Serbia. El 28 de julio los ejércitos austro-húngaros, al mando del general Conrad von Hötzendorf, invaden Serbia.
El 3 de agosto Alemania declara la guerra a Francia. Para entrar en suelo francés, el káiser alemán Guillermo II exige paso libre para sus ejércitos por Bélgica al rey Alberto I. Bélgica es un país neutral, y Alberto I se niega. El 4 de agosto doce regimientos de ulanos alemanes penetran a sangre y fuego en Bélgica.
Al conocer la noticia, Teo confiesa sus temores a Sarah. Cree peligroso permanecer en Charleroi. Sin embargo, Sarah prefiere esperar y ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
El 5 cinco de agosto los alemanes derrotan a los belgas en Lieja y Namur. Es entonces cuando Sarah y Teo deciden que tienen que irse de Charleroi.
Los padres de Sarah prefieren quedarse. Confían en que la guerra pase de largo por Charleroi, pero animan a Teo y Sarah a partir. En Amberes viven Pierre Belefant, tío de Sarah, y la mujer de éste, Nicole, en el barrio Zurenborg. El padre de Sarah les recomienda que se muden allí y que aguarden las noticias de la guerra, que el joyero estima que no puede durar más de cuatro o cinco meses.
El 18 de agosto parten hacia Amberes. Teo conduce el automóvil y Sarah viaja en los asientos traseros con Anne Marie. La carretera está infectada de vehículos militares y gente que huye de la guerra. El vehículo avanza a paso de tortuga y  Teo opta por dejarla y toma un desvío, un camino de carretas festoneado por una cortina de tilos. No circula ningún vehículo, pero el camino es incómodo y Sarah y Anne Marie no dejan de saltar en el asiento por culpa de los baches.
Teo empieza a arrepentirse de haber dejado la carretera principal. Puede que no haya sido tan buena idea, sobre todo al ver las incomodidades que están padeciendo las dos viajeras en el asiento trasero. Ahora están en una larga recta, pero en cuanto sea posible intentará regresar a la vía principal.
Se oyen explosiones, al principio lejanas pero luego cada vez más cerca y con mayor insistencia.
De pronto, docenas de soldados surgen de la cortina de árboles y corriendo cruzan la carretera de izquierda a derecha, flanqueando el automóvil. Visten el uniforme de la infantería francesa: pantalón rojo, sobretodo azul marino y quepis rojo. Teo se ve obligado a reducir la marcha. A unos veinte metros, escondidos en el follaje del arcén, hay varios vehículos militares. Uno de ellos tiene una enorme cruz roja pintada sobre fondo blanco en uno de sus laterales; es una ambulancia. Estalla un obús alemán en el arcén derecho; la onda expansiva desequilibra el coche de Teo y lo arroja contra los árboles. En fracciones de segundo, Sarah ve cómo el interior del vehículo da vueltas a su alrededor; siente un golpe en la cabeza y la oscuridad la envuelve.
Otra vez, como cada vez que sueña, se despierta temblando. El aire le falta y respira de forma desordenada. Este último ensueño la ha conmocionado profundamente. «¿Soy yo esa mujer, esa Sarah Belefant?», se pregunta. «Y antes de ser Sarah, ¿fui la muchacha de Saumur, y después la joven institutriz de Hampshire, hija de un vicario?».
Está acostada en el suelo, hundida en él como en un lecho. Pero algo ha cambiado en el recinto. Desde su posición tumbada cree ver algo que antes no estaba: las patas de una mesa y las de una silla. La aparición de aquellos elementos extraños en la habitación la sorprenden. Se levanta para examinarlos de cerca. Se trata de un escritorio de madera con su silla. Sobre el escritorio hay un tintero con tinta azul y una pluma con plumín dorado. También hay una montaña de cuartillas escritas a mano, al parecer con los instrumentos del escritorio. Lo que hay escrito en las hojas reflejaba cada detalle del último sueño; en ellas se describen los pasajes de éste con fiel elocuencia. La caligrafía es elegante y la sintaxis culta.
Toma la pluma y copia en el margen de un folio una de las frases. La letra del manuscrito y la del margen son iguales. Deduce que es ella  quien ha recreado el sueño en las cuartillas, ¿pero cuándo, para quién y para qué? Tal vez las escribió mientras dormía, sonámbula. Nada tenía sentido. ¿O sí? ¿Ella era Sarah Belefant y había fallecido en el accidente de coche causado por el obús alemán? Las otras dos muchachas de los anteriores sueños ¿eran vidas pasadas de ella? La habitación de paredes negras y velludas en la cual estaba, ¿era un limbo, un lugar de tránsito para una próxima reencarnación?
Sintió sueño, de pronto, mucho sueño, y se durmió allí mismo, al pie del escritorio. Cuando despertó ya no lo hizo dentro de la habitación. Ahora estaba echada en una llanura desértica, de fina arena blanca, que se perdía en un horizonte plano e infinito. A su lado, en una charca de cuatro dedos de profundidad, de agua transparente, se reflejaba un cielo metálico, nuboso, peinado por vientos que lo moldeaban dándole formas evocadoras. Apenas cincuenta metros más allá las nubes formaban un espectacular remolino con un agujero en el centro, como el ojo de un huracán. Por el agujero caía una columna de arena del grosor de un abrazo; arena blanca, fina, como la que cubría la llanura.
Se miró en la superficie lisa de la charca. Vio su rostro reflejado en aquel espejo gris; el rostro de una mujer joven, demacrado, pálido, y también vio su cuerpo envuelto en el camisón alba. Parecía una amortajada.
¿Era aquel el rostro de Sarah?, ¿o era el de alguna de las otras dos muchachas con las que había soñado?
La columna de fina arena blanca dejó de caer y las nubes se cerraron, y desapareció el remolino.
 

       Hospital Andries van Wesel, 24 de agosto de 1914, a las 10:52 horas.

El doctor Jean Pierre Colignon abandonó la sala de los médicos seguido por los jóvenes doctores Baptiste y Rémy. En la barba agrisada y en el chaleco de Colignon se apreciaban restos de los pastelillos que el doctor Baptiste había llevado para celebrar su propio cumpleaños. No se podría decir que el doctor Colignon avanzara por los pasillos del hospital Andries van Wesel a grandes zancadas, pues era más bien rechoncho. Sin embargo, dado que parecía tener prisa, daba pasos cortos y muy seguidos, con los cuales conseguía una velocidad insospechada en un sujeto de su aspecto. Parecía un ciempiés.  Llevaba la bata sin abrochar, ya que su oronda barriga no le permitía otra cosa. Los doctores Baptiste y Rémy, a pesar de ser un cuarto de siglo más jóvenes que Colignon y de poseer unas largas piernas, se las veían y deseaban para seguir el enérgico ritmo de su colega cincuentón.
La señorita Monique Degryse, decana de las enfermeras de la planta primera, vio cómo el doctor Colignon pasaba a la velocidad del rayo por delante del control de enfermería, seguido por dos jóvenes doctores. La señorita Monique, que se había desecado entre las tristes paredes del Andries van Wesel, frunció el ceño, y sintió el deber moral de acompañar a los tres galenos, pues consideraba su presencia fundamental en los lugares de máxima urgencia.
Dio la vuelta al mostrador atropelladamente, y componiendo en el semblante un gesto grave de severa profesionalidad, ensayado durante años, se lanzó a la persecución de los doctores a través de pasillos con olor a formol. Había aprendido a imitar el paso corto y ligero de los doctores veteranos, característico del Van Wesel. Los doctores jóvenes acabarían por caminar de esa manera, con el tiempo.
La bata suelta, batida por el aire de la marcha, del doctor Colignon le servía a la enfermera de faro entre la multitud de visitantes, y los auriculares del fonendoscopio, colgados de los tubos de goma que asomaban por uno de los bolsillos de la bata, ejercían sobre ella el mismo influjo que la flauta de Hamelin. En su fuero interno, la señorita Degryse deseaba que aquella «flauta» saltara del bolsillo y se estrellera contra la fría baldosa sin que el doctor Colignon se percatase. Entonces ella la rescataría y se la entregaría al doctor in extremis, antes de que éste empezase a jurar en arameo delante de los pacientes y sus familiares, cuando fuera a echar mano del fonendoscopio y no lo encontrara. Ella era Monique Degryse, la que está en todo, la imprescindible.
El doctor Colignon empujó la puerta de la habitación 101 y entró sin llamar. La paciente de la cama 101-2 había vuelto en sí de forma inesperada y también inexplicablemente, pues la mujer había sufrido un traumatismo craneal que infundía pocas esperanzas. El nombre de la paciente era Sarah Belefant Cohen. Viajaba junto a su marido y su hija cuando se vieron envueltos en una refriega entre tropas alemanas y francesas; la onda expansiva de un obús que estalló cerca arrojó el automóvil en el que viajaban al arcén. El marido y la niña habían salido ilesos, pero la señora Belefant había quedado en coma.
En la cama 101-1 dormía con la boca abierta la señora Mermans, completamente sedada. El carro de bueyes cargado con heno sobre el que iba encaramada se había caído por un terraplén, con tan mala suerte que a la pobre señora primero le había pasado por encima el heno, luego el carro y finalmente el lomo de un buey. Las consecuencias tenían a la señora Mermans enyesada como si fuera una momia.
La señora Mermans tenía dos hijos en el frente; dos fornidos mozos orgullo de la raza belga. El doctor Colignon no pudo evitar echarle un ojo de refilón al entrar en la habitación. La vio infectada de abones encarnados en las zonas no cubiertas por el yeso, como si tuviera la viruela. El doctor no le dio mayor importancia: los mosquitos habían cosido a picotazos a la infeliz señora, eso era todo. Por las noches, cuando se apagaban las luces en el hospital, hordas de mosquitos descendían de sus escondrijos en los rincones del techo, a cinco metros de altura, y se comían vivos a los indefensos pacientes.
Sarah Belefant Cohen, la cabeza vendada como si gastara turbante, sonreía a Teo, su marido, desde el lecho; éste le sujetaba una mano con ternura. El doctor Colignon consideró bueno el aspecto de la paciente, al entrar en la habitación y echarle un primer vistazo desde la puerta.
La señora Belefant había permanecido cinco días en coma. Cuando la trajo una ambulancia militar, Colignon no tenía mucha fe en su recuperación. Conocía casos en los cuales pacientes en coma irreversible habían experimentado mejoría, incluso algunos se habían recuperado, al hablarles o leerles libros, y así se lo había dicho al marido de la señora Belefant. No pretendía crear falsas expectativas, pero le prestó a Teo,  porque éste se lo rogó, dos libros para que se los fuera leyendo a Sarah. Uno de ellos era Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac, y el otro era Otra vuelta de tuerca, del señor Henry James.
Colignon se preguntaba si la lectura de los dos libros,  las andanzas de la señorita Eugenia Grandet de Saumur y las de la institutriz de Hampshire, no tendría algo que ver en la milagrosa recuperación de Sarah Belefant.
En un enfrentamiento entre franceses y alemanas Charleroi había quedado prácticamente destruida. De los padres de Sarah no se sabía nada, y el doctor Colignon recomendó que se guardara silencio sobre este punto delante de la paciente.




2 comentarios:

Alberto Senda dijo...

Me ha gustado mucho este relato. Es muy de mi estilo: sueños, libros, vidas pasadas, paralelas o soñadas. Además has utilizado como vehículo dos libros que me encantaron.

PD. He detectado unos errores en el texto:
1) En dos ocasiones has escrito reciento en vez de recinto; una hacia el principio y otra hacia el final.
2) En los primeros párrafos aparece la palabra recinto 4 veces. Al menos una de ellas yo la cambiaría por un sinónimo.
3) En algún lugar has puesto "de madruga" en vez de "de madrugagada"

Un abrazo.

crónicas de un e-writer dijo...

Hola, Alberto.

Me alegra que te haya gustado el relato. Los libros "Eugenia Grandet" y "Otra vuelta de tuerca" a mí también me gustan. Además de por esto, los escogí porque en los dos las protagonistas son mujeres, y no suponía un anacronismo incluirlos.

Había pensado utilizar también un relato de Pío Baroja, que cuenta la historia de una mujer a la que se le muere su hijo recién nacido y se dedica a vagar por el mundo buscando a alguien que lo cure. Al final el cadáver del niño se le reseca entre los brazos. Al menos así es como lo recuerdo. Ahora no caigo en el título del relato. Tengo el libro por ahí, extraviado en alguna estantería. Si no lo he incluido es porque no sabía su fecha de publicación y si había sido traducido al francés antes de 1914. El libro "Otra vuelta de tuerca" he dado por hecho que sí fue traducido al francés.

Ya he corregido las erratas.

Un abrazo.