Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






Los caníbales de Larrañeta



      «El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los Profetas.
      (…)
      Luego se lleva al que preside el pan y una copa con vino y agua mezclados. El que preside los toma y eleva alabanzas y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.»

      «Por imitación, los malvados demonios prescribieron hacer esto mismo en los misterios de Mitra; en efecto, se presenta el pan y una copa de agua en las ceremonias de iniciación, con ciertas fórmulas que sabéis o podéis aprender.»
      (San Justino Mártir; 110/114—162/168).


      Los sucesos que tanto espantaron y asombraron en la primavera de 1721 a toda Navarra y a toda España, conocidos como «Los  caníbales de Larrañeta», se encuentran recogidos en las actas levantadas tras los interrogatorios llevados a cabo por el inquisidor don Álvaro Aguinaga Berdugo, publicados en 1724 en el Diario de la Zona Baja por el padre jesuita don Teodomiro Aran de la Vega.
      En aquel día de aquella primavera de 1721, Eusebio Zuñiga Arizcun había tomado un atajo de montaña utilizado mayormente por contrabandistas y bandoleros. Raro se hacía saludar por allí a una persona honrada, aunque no faltaban viajeros que, como Zuñiga, para ahorrar tiempo se decidían por el atajo sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.
      En el escrito del padre Aran de la Vega aparece que el tal Zuñiga se había demorado en un mesón francés de dudosa reputación, con la consiguiente pérdida de tiempo. Dicha demora le había llevado a plantearse tomar el camino de los contrabandistas, lo cual finalmente hizo con determinación. Le acompañaban dos mulas cargadas con paños flamencos de alta calidad. Hay en el escrito una disquisición en la cual Zuñiga pasa a ensalzar las cualidades sin parangón de las mulas, entre las que «destacan su resistencia y su bondad en aceptar que se las cargue a discreción». El mismo Zuñiga reposaba sus espléndidas posaderas sobre el espinazo de una de estas bestias, puesto que no era amigo de las cabalgadas y prefería la pachorra de una mula a las bondades de un caballo o yegua.
      Estaba en su ánimo llegar a Pamplona antes del Jueves Santo y dejar las telas flamencas en su almacén de importación de paños. Además, le esperaban su amada esposa y tres hijos, que suponemos encantadores porque en el escrito no dice nada en este sentido ni en el contrario.
      Que Eusebio Zuñiga poseía agallas lo deducimos de que tomó el susodicho atajo. Y como aparte de valor llevaba dos pistolas que sabía disparar a las mil maravillas, una escopeta cargada con postas y un afilado sable, más le valdría a nadie no meterse con él. El físico rechoncho del comerciante de telas podría asociarse a una cierta pereza de movimientos, pero nada más lejos. Manejando el sable movía el brazo con la rapidez de un colibrí sus alas. No bien había desenvainado asestaba un sablazo tras otro que daba gusto verlo; «sin dar respiro al contrincante», según declaraba el interesado sobre sí mismo. Una auténtica fiera, por decirlo llanamente. Podría deshacerse de dos bandoleros de sendos pistoletazos, otro más con la escopeta y no digamos nada del sable. «Pero dos pistoletazos ahuyentan al más pintado, y más si se trata de bandidos de medio pelo. Sin embargo, ningún cristiano está preparado para toparse con lo que vi, y de haberlo sabido me habría dejado de atajos», decía Zuñiga en el Diario.
      A la vuelta de un recodo se topó con trapos, algo de quincalla y alguna saca de lona, esparcidos por el suelo como si se acabara de cometer un atraco. El rastro de la caballería que transportaba la carga robada se internaba en un pinar, y como las pezuñas habían revuelto la pinocha la pista se podía seguir sin dificultad. Del pinar se salía a un descampado con algunas hayas aquí y allá, y por encima de las copas Zuñiga vio que asomaban tejados de pizarra azul. Luego, a medida que avanzaba, iban apareciendo fachadas de piedra y los tejados de teja árabe de una aldea de montaña. «Oía sonidos de dulzainas, tamboriles y voces ininteligibles que venían de dentro de la aldea. Pensé que allí podría denunciar el atraco y solicitar socorro», declaró Zuñiga.
      «A la nariz me llegaba un exquisito tufillo a asado de cochinillo, y la boca se me hizo agua. Entonces delante de mí cruzaron dos individuos portando una parihuela cargada con un espantoso asado —manos, pies, brazos y piernas, humanos—, ordenadamente dispuesto en las tablas como para su rápido consumo. Miré hacia mi derecha y vi las brasas de la hoguera en donde segundos antes se habían estado asando esas extremidades humanas.
      »El cuerpo de los dos individuos que portaban la parihuela era perfectamente normal; sin embargo, sus caras estaban terriblemente deformadas: los labios y la nariz se habían unido hasta formar un bulto que recordaba los morros de las vacas. Además, por encima de las sienes les sobresalían dos cuernos de como medio palmo, cubiertos de un sedoso bello. Sobre las orejas no tengo nada que decir: me parecieron normales. Los dos pasaron delante de mí sin prestarme atención, figurándose con las prisas que yo era uno de los suyos.»
      Decidido a saber  más, Zuñiga siguió a los de la parihuela hasta un lugar donde se celebraba una romería. Oculto tras un haya retorcida, pudo contemplar a cerca de doscientos lugareños bailar y divertirse al son de las dulzainas y tamboriles que había oído antes. Los lugareños atacaron el asado de humano, que los de la parihuela habían depositado sobre mesas alargadas.
      «A partir de cierta edad los lugareños, digamos que de doce años en adelante, padecían la misma horrible malformación que los de la parihuela, lo cual les daba un aire vacuno. Sólo los más pequeños conservaban aún apariencia humana, pero a medida que se acercaban a la pubertad sus rostros ya presentaban señales vacunas. Grandes y pequeños comían la carne asada de los cristianos de la parihuela, y a juzgar por sus expresiones a todos por igual parecía agradarles el banquete. Espetadas en unas estacas clavadas en el suelo vi las cabezas decapitadas de tres barbudos, y como eran rostros malencarados supuse que se trataba de contrabandistas.
      »Dos mujeres fueron desclavando las estacas con las cabezas y las colocaron una por una en el fuego, apoyadas en unas horquillas para que no tocaran las brasas. El chisporroteo del pelo al arder me añadió un nuevo temblor al cuerpo y fue la gota que desbordó el vaso; ya no quise quedarme allí ni un momento más. Reprimiendo el pánico como pude, retrocedí cautelosamente hasta mis queridas mulas, las cuales me aguardaban sin rechistar en el camino. No me sentí seguro hasta que no puse la bota en el estribo, cosa que me costó bastante puesto que el miedo me sobrecogía y no acertaba a meter el pie.»
      Zuñiga corrió al pueblo más cercano en donde narró lo que había visto a las autoridades. Como se comprenderá, éstas no daban crédito a lo que oían, y al principio pensaron que el buen hombre se había desayunado algún mal hongo alucinógeno.
      El pueblo del que hablaba el comerciante de telas se conocía como Larrañeta, y permanecía deshabitado desde hacía más de medio siglo. Sus habitantes habían ido abandonándolo paulatinamente hasta que no quedó en él ni un alma. Lo curioso es que nadie sabía el paradero de los vecinos. Nadie sabía qué había sido de ellos y en dónde se afincaron tras abandonar Larrañeta. «¿En Francia, quizás? ¿Tal vez en Ultramar?», se preguntaba el padre Aran.
      A pesar de la insólita historia de Zuñiga, se formó una partida a la cual se invitó al padre Aran en calidad de religioso y asesor en cuestiones de fe. Se hablaba de canibalismo y de cuernos en la cabeza, lo cual remitía a Satanás, y pudiera ser que la Inquisición tuviera algo que decir.
      Se encontraron vestigios de un atraco en el camino, en el lugar apuntado por Zuñiga, y éste mismo fue quien luego en Larrañeta indicó a los presentes dónde había visto cada cosa que había visto. Quedaban claras evidencias de una fogata en donde se suponía fueron asadas tres cabezas humanas, y se encontró algún que otro huesecillo que nadie supo determinar si era de animal o persona. También se observó que la hierba estaba aplastada, como si se hubiera celebrado algún festejo recientemente.
      Entonces el padre Aran sugirió la idea de que el canibalismo, de ser cierto, tal vez fuera sobrevenido, fruto del hambre insoportable que habría instigado a los agotados estómagos a cometer semejante desviación. Nada de actos demoniacos o caprichosos, ni nada por el estilo. Sin embargo, le vino a echar por tierra esta teoría el descubrimiento de un osario cerca de la iglesia, compuesto de grandes cantidades de huesos de pollo y de gallina, buey, cerdo, carnero y ciervo. Los huesos humanos representaban una cantidad ínfima en el conjunto del osario, como si su consumo fuera ocasional, de lo cual se infería que la ingesta de carne humana en Larrañeta se había producido más por darle gusto al paladar que por hambre.
      El rastro de los caníbales partía de Larrañeta y conducía hasta un oculto y perdido relieve en forma de meseta, encima de la cual se alzaba una aldea. Ocultos, desde cierta distancia, pudieron comprobar que «entre jóvenes y viejos sumaban más de doscientos caníbales, y a excepción de las criaturas más tiernas los demás iban con el morro de vaca y los cuernos en la cabeza que les hacían parecer demonios», escribió el jesuita en el Diario. La partida, con dieciocho miembros escasos, se consideró insuficiente para capturar a los caníbales y optó por retirarse.
      Pasaron tres días hasta que setecientos hombres armados rodearon la aldea. Ocurrió entonces una tragedia, que relata el padre Aran en el Diario: «Los soldados, ante el aspecto demoniaco de los caníbales, se dejaron llevar por el miedo y entraron a sangre y fuego en la aldea. Disparaban a cuanto se movía y pasaban a cuchillo a todo ser viviente, sin hacer distingos por el sexo o la edad. Para cuando los oficiales pararon la carnicería, sólo quedó para los inquisidores una vieja desdentada, siete mujeres jóvenes, dos matronas, seis hombres adultos y un adolescente asustado que cojeaba de una pierna a causa de un disparo de mosquete».
      El adolescente falleció a causa de las heridas dos días después de ser apresado. De los demás se hizo cargo la Inquisición. El torturador sabía cómo sacar chispas a los artilugios de su oficio, y les arrancó la confesión de que efectivamente habían comido carne humana, pero sólo cuando la ocasión lo permitía, lo que no solía suceder a menudo. «¡Como si eso fuera un atenuante!». El inquisidor quiso saber si la comían por hambre, «a lo cual los caníbales respondieron que no, que la comían porque les gustaba y que siempre andaban sobrados de comida. Cuando el inquisidor les preguntó si el horrible aspecto de sus rostros se debía a un pacto con Satanás, de nuevo respondieron con una negativa, que no, que todos ellos eran cristianos bautizados. El inquisidor preguntó que quién los había bautizado, y ellos respondieron que ellos mismos bautizaban a los nenes, que habían construido una iglesia con pila bautismal consagrada y que disponían de una Biblia, pero que no la leían porque ninguno de ellos sabía leer».
      El inquisidor, insatisfecho con estas respuestas, le pidió al torturador que añadiera un giro a la rueda del tormento. Entonces unos confesaron que tres hombres con cabeza de toro surgieron de una roca, y acercándose a unos pastores de Larrañeta les entregaron granos de maíz y trigo, tres vides nudosas y un chivo. Otros dijeron que los tres hombres no habían surgido de una roca sino de descendieron del cielo, en una capsula plateada que refulgía como una estrella, y que en vez de un chivo lo que regalaron a los pastores fue un cordero.
      El inquisidor les preguntó si los tres aparecidos eran los demonios Araziel, Ananel y Balban, y que si no era muy cierto que alguno de los demonios, o los tres, habían fornicado con las mujeres de Larrañeta, a las que habían preñado. Y que éstas habían parido hijos, y que por eso sus descendientes tenían ese aspecto vacuno.
      Los caníbales dijeron que jamás habían oído hablar de ninguno de los tres demonios sugeridos por el inquisidor.
      Dijeron que habían sembrado el maíz y el trigo, y plantado la vid. Los granos de maíz y trigo se multiplicaron, y todos los años se recogían cuatro cosechas de la mejor calidad. Las tres vides se convirtieron en un ciento, y daban uvas durante todo el año con las que hacían un magnífico vino. Por influencia del cordero, los demás animales de granja se desarrollaron sanos y fuertes, y nunca enfermaban. De estos productos de granja se nutrían los vecinos de Larrañeta, y con el paso del tiempo algunos empezaron a experimentar los cambios drásticos en la fisonomía de sus caras que les terminaron por dar esa apariencia de bueyes o vacas.
      Este aspecto anormal podía causarles más de un disgusto con sus congéneres, y resolvieron levantar un pueblo en un lugar escondido donde podrían ir asentándose aquellos vecinos cuyos rostros mutaban. Paulatinamente, a medida que los rostros se mudaban a vacuno, iban abandonando Larrañeta.
      Tomaron de Larrañeta la pila bautismal y las campanas, y las llevaron a la iglesia del nuevo pueblo. Todos los años, por las mismas fechas, celebran una romería en Larrañeta, y si coincidía que pasaba por el lugar un cristiano se lo comían.
      Quiso saber el inquisidor qué demonios habían fornicado con las mujeres; le respondieron que ninguno.
     Ordenó al torturador que les apretase las tuercas, y uno de los torturados respondió que sólo uno de los demonios había copulado con las mujeres de Larrañeta; con todas ellas, siempre y cuando estuvieran en edad de gestar.
      El inquisidor le preguntó cuál de los tres era el demonio fornicador, y el torturado le respondió que no recordaba su nombre. «¿Araziel?», sugirió el inquisidor. «¡Ese, ese es el diablo fornicador!», se apresuró a responder el reo. Y añadió que el tal Araziel fue quien los instigó a comer carne humana.
      «Ese demonio no pudo ser —le corrigió el inquisidor—. El que tú dices sólo puede ser Dalhan.»
      «¡Sí!, ahora lo recuerdo bien, fue Dalhan, ¡él fue quien nos dijo que comiéramos carne humana», confirmó el torturado. «Y ahora, señor, si tenéis la bondad, decidle al verdugo que afloje las cuerdas, antes de que se me descoyunten los cuatro huesos que aún me quedan sanos», suplicó.
      Se examinaron los cuernecillos de los caníbales y se comprobó que eran carnosos y blandos, sostenidos internamente por una ternilla. Los caníbales fueron condenados al garrote vil y sus cuerpos quemados públicamente en la hoguera. La sentencia se llevó a cabo en la primera quincena de mayo. Se los juzgó por canibalismo y prácticas demoníacas.
      De todas las declaraciones de los condenados, la que de verdad impresionó el ánimo del padre Aran fue la de la vieja desdentada, ya que dijo cosas imposibles de concebir en boca de una rústica e ignorante vieja cuya vida había transcurrido aislada del resto del mundo, en una perdida aldea del Pirineo Navarro. Dijo que había visto a los tres demonios aparecerse a los pastores, porque ella era la hija de uno de los pastores y estaba presente aquel día, cuando era una niña de seis años de edad.
      La vieja dijo que de la tierra surgió un enorme huevo de plata del que salió un ser vestido con prendas de plata, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. El ser se dividió en otros dos seres como él, y los tres caminaron hasta los pastores. Uno de los seres les entregó granos de maíz y trigo, mientras pronunciaba una sola palabra. Su voz era suave y tranquilizadora, y todos sintieron los templados rayos del sol en el estío, y por unos instantes los campos se poblaron de doradas mieses. «Caute», fue lo que dijo.
      El segundo ser que se les acercó llevaba tres vides, y cuando las entregaba pronunció una palabra que convirtió el día en noche luminosa, de luna llena y estrellas fugaces. «Cautopates», dijo.
      El tercero llevaba sobre los hombres un cordero, de vellón inmaculadamente blanco, que regaló a los pastores. También él pronunció una sola palabra, y su voz sonó gutural, como salida de las entrañas de la tierra. Entonces los pastores vieron una caverna, y un altar, en la cual oraban unos hombres que tenían grabada en la frente una cruz encerrada en un círculo. Lo que dijo el tercer ser fue: « Mitra».
      Después los tres seres se fundieron y volvieron a ser uno solo; luego éste se introdujo en el huevo, el cual se hundió en la tierra dejando un socavón en forma de embudo. El padre Aran afirmaba haber visto el socavón cerca de Larrañeta, cubierto de hierba y matorrales.
      Mitra…, el dios de las legiones romanas. El dios de la sabiduría, la bondad y la abundancia. Iba asociado a Caute y a Cautopates, el día y la noche respectivamente. Su símbolo, una cruz dentro de un círculo. Nacía el 25 de diciembre y era adorado por pastores. Sus seguidores se bautizaban por inmersión, con lo cual pretendían redimirse de los pecados del mundo, y para confirmar su fe se grababan en la frente la cruz de Mitra. Celebraban un ritual en el cual un sacerdote, al que llamaban «Padre», repartía pan y vino. El mitraísmo fue prohibido por Teodosio en el año 391.
      Pero ¿cómo y dónde pudo oír, en el siglo XVIII, una anciana de Larrañeta el nombre de Mitra?
    La respuesta más plausible es que el propio inquisidor le apuntase lo que tenía que decir, a fin de demostrar el origen demoníaco de los cuernos y el canibalismo de los acusados. La vieja, con tal de que acabase el martirio, repitió lo que se le pedía y lo hizo suyo. El mismo padre Aran, que albergaba dudas, al leer la confesión de la vieja quedó convencido de que el Maligno estaba detrás de tanta aberración.
      En lo tocante a los cuernos, es sabido que la endogamia es responsable de espantosas malformaciones genéticas.
      No sabemos dónde se ubicaban las dos larrañetas. Las casas fueron demolidas y no quedó rastro; los cadáveres: reducidos a cenizas. No queda hueso ni huesecillo, ningún cráneo, que dé testimonio de que los caníbales existieron en realidad.
      Pero si fue así, si es más que una leyenda, las causas del aislamiento de aquella comunidad de montañeses tal vez puedan encontrarse en la peste que asoló Navarra en 1631; y en las malas cosechas de 1629 a 1631, de las cuales se derivó una cruel hambruna que, unida a la epidemia de peste, pudo propiciar el canibalismo.






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