Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

"EL PÁJARO", de Gerard F. Fast. Relato.




      Aquel hermoso atardecer de agosto los bañistas de la playa de Noja corrieron por sus móviles y cámaras y apuntaron los objetivos al cielo.
      En Berria y Santoña, los ojos se alzaron y las lentes fotográficas enfocaron hacia arriba.
      Los bañistas de Laredo buscaron nerviosamente en sus bolsas playeras y ametrallaron con sus cámaras a «aquella cosa».
      Al sobrevolar Laredo la cosa soltó un «¡kruax!», un sonido similar al graznido de los cuervos, pero más sonoro, que erizó el pelo de los asombrados vecinos.
      En declaraciones a la prensa los testigos coincidieron en que la cosa era un pájaro de proporciones descomunales, tal vez de seis metros o más de envergadura, y que su parecido con un pterosaurio era más que razonable; además, aportaron abundante documentación fotográfica.
      Según todos los testimonios el enorme pájaro, o lo que fuese, había llegado desde el mar.
      Entró en tierra paralelo a Noja, y tras sobrevolar Santoña y Laredo, y dejar a todo el mundo con el alma en vilo, se perdió rumbo a Liendo.
      Media hora después fue divisado por vecinos de   Cueto cuando sobrevolaba el parque natural de Armañón.
      Cuarenta minutos más tarde los vecinos y veraneantes de Villasuso y Villasana de Mena se hartaron de sacarle fotos, cuando volaba en círculos sobre el valle de Mena profiriendo escalofriantes «¡kruax!». Un residente del valle, versado en pájaros, declararía a los medios que «aquellos ¡kruax! eran llamadas lastimeras, similares a las emitidas por las aves que han perdido sus crías».
      Transcurrida una hora desde el último avistamiento, en Orduña un campesino de edad avanzada le disparó una perdigonada al «pájaro» cuando descendió a beber el agua de lluvia acumulada en una sima poco profunda.
      «—Los perdigones rebotaron en el cuerpo del pajarraco como si le hubiera tirado con arroz en vez de con plomo —declaró el campesino ante un micrófono—. Pensé que venía por las vacas —añadió jocoso.»
      Luego el «pájaro» levantó el vuelo y se fue a posar en la ermita de la Virgen de Orduña, en la meseta que domina el valle; allí permaneció cerca de un cuarto de hora mirando el paisaje y lanzando esporádicos «¡kruax!». Cuando echó a volar de nuevo, fue seguido durante un trecho por un hombre pájaro, un fontanero vecino de Orduña aficionado a volar en ala delta que había subido ese día hasta la Virgen. El hombre pájaro declaró después que «Aquella cosa se dirigía a Durango, cuando él abandonó la persecución». «Era un pterodáctilo», sentenció con la autoridad de un paleontólogo.
      El «pájaro» voló en círculo sobre Durango y soltó unos cuantos «¡kruax!» antes de dirigirse al monte Oiz. A los vecinos se les agarrotaron los dedos de hacerle fotografías, pero las imágenes salieron deslucidas por la poca luz, pues el sol casi tocaba el horizonte cuando se las hicieron; no tuvieron mucha suerte.
      Al sobrevolar Ziortza-Bolibar un hombre salió de su caserío con un habano en la boca y, con toda la mala intención del mundo, lanzó un cohete de feria que explotó a pocos metros del «pájaro». Éste miró hacia abajo y vio que el hombre se disponía a prender la mecha de un segundo cohete. El hombrecillo arrimó el puro a la mecha; el artefacto ascendió silbando y reventó delante del «pájaro», que se desvió de su ruta debido al sobresalto. Puso rumbo noroeste; y mientras lo hacía pensaba que podía haber descendido y partido por la mitad al hombrecillo, de un picotazo; pero el hombrecillo era tonto y no merecía la pena perder un segundo con él.
      «—Les puedo asegurar que el pajarraco no es sordo», declaró el vecino de Bolibar, cuando le apuntaron con una cámara de TV.
      El vecino, tal vez arrepentido de su estupidez, no quiso salir en imágenes «por el qué dirán».
      «—¡Menudo susto se llevó el bicho!», añadió.
      Los vecinos de Gernika-Lumo pudieron ver el «pájaro» con cierta nitidez al volar éste sobre la cuenca verde de la ría; pero aquellos que se habían apostado en Mundaka y Bermeo sólo captaron con sus cámaras una oscura sombra, sobre un cielo estrellado con luna en creciente.
      Tres horas más tarde, varias personas aseguraban en llamadas a las emisoras de radio nocturnas que al menos dos «¡kruax!» habían sonado sobre Santurce.


      En lo alto del monte Ganekogorta el viento frío de las cumbres erosionaba los guijarros, se introducía en las grietas de las rocas, silbaba como una serpiente, agitaba la hierba y estremecía las copas de los pinos. Encogido, el extraño animal miraba las lejanas luces de neón de los pueblos de Bizkaia. Lanzó tres «¡kruax!» y aguardó; la respuesta llegó en forma de agudos «¡kruax!», sólo audibles para su oído de animal extraño. El «pájaro» situó en su mente la procedencia de la respuesta; metió el largo pico entre las alas membranosas, se envolvió con ellas, hasta convertirse en una oscura excrecencia oval en la cornisa de roca, y se quedó dormido.
      Al día siguiente, el mundo entero sabía que un raro animal había sobrevolado España por las comunidades autónomas de Cantabria, Castilla-León y Euskadi, y que había desaparecido en la provincia de Bizkaia.
      En Londres, los medios publicaron que marineros galeses habían sido los primeros en avistar el animal, por lo tanto el mérito de su descubrimiento recaía sobre la nación británica. El «pájaro», que tenía un parecido extraordinario con un  pterosaurio, se había posado en la proa de un barco que se dirigía a Southampton, con una carga «x», y había lanzado varios «¡kruax!»; finalmente había levantado el vuelo rumbo al Continente. En la prensa británica, televisada y escrita, aparecían fotografías y videos, con la tripulación galesa en primer plano y el raro animal al fondo.
      En Bizkaia, un sujeto pretendió que el «pájaro» había salido de la cueva de la diosa Mari, en la cumbre del Amboto; pero la increíble historia no coló, y el mentiroso se esfumó de los titulares tras disfrutar de sus correspondientes momentos de gloria.
      Lo cierto era que el «pájaro» había sido fotografiado y recogido en video en un solo día más veces que las tres pirámides de Egipto en cuatro.
      Claro que, ¿a quién podría interesarle una fotografía o un video del «pájaro», si en Bilbao lo podía ver en carne y hueso desde tan sólo unos pocos metros de distancia?





      «¡Problemas!», exclamó el alcalde cuando se enteró de que el archiconocido pajarraco estaba posado sobre el cuerpo de la Mamá, una escultura de bronce y hierro, de Louise Bougeois, que representa una araña gigante con un nido de huevos de mármol colgando del cefalotórax.
      «¿Por qué suceden estas cosas en Bilbao?», pensó irritado cuando pasó a la altura del Salón Árabe, seguido por un nervioso secretario.
      «¡Que acordonen la zona!», ordenó con un vozarrón que las paredes del ayuntamiento absorbieron no sin temblar.
      «¡Problemas!», repitió al atravesar la puerta de salida, seguido, a su rebufo, por un aturdido racimo de concejales, policías locales y subalternos.
      «¡Que avisen a los bomberos!». «¡Ambulancias! Por el amor de Dios, ¿es que nadie ha llamado a las ambulancias?», se quejó, al bajar la escalinata rumbo al coche oficial.
      «¡Problemas y más problemas!», exclamaba abrumado el alcalde, mientras dictaba disposiciones.


      La Mamá está colocada en la calle Campa de los Ingleses, en una plazuela que hay entre el museo Guggenheim y el Muelle de los Ingleses.
      El «pájaro» no prestó ninguna atención a los agentes que acotaron la plazuela con cintas a rayas blancas y rojas; y se rascó bajo el ala con el pico cuando los tiradores de élite tomaron posiciones en el puente Príncipes de España, en los altos del museo y en las azoteas de los edificios de la Avenida de las Universidades, al otro lado de la ría del Nervión. Al singular animal no parecía interesarle lo más mínimo cuanto se fraguaba a su alrededor.
      El alcalde, respaldado por un séquito de concejales y policías, se acercó al animal. Los tiradores ajustaron las miras de sus armas, y los demás contuvieron el aliento. Minutos antes alguien había sugerido que se podría encadenar el «pájaro» a la Mamá, como si fuera un loro, y utilizarlo de reclamo turístico. La idea no cayó en saco roto, y sólo quedaba idear una campaña que acallase las seguras protestas de los defensores de los animales. Incluso hubo quien sugirió la idea de llevar a Bruselas la propuesta de hacer del «pájaro» el emblema de la Vieja Europa, y que su anacrónica imagen apareciese dentro del círculo de estrellas, sobre el fondo azul, de la bandera de la Unión.
      Motivado por la euforia general, el alcalde veía el símbolo del euro posado sobre la Mamá, en vez de un problema en forma de extraño pájaro.
      Un dantzari bailó una danza en honor del singular visitante, durante la cual brincó, giró como una peonza en el aire y elevó la pierna hasta poner el pie por encima de la cabeza, demostrando gran agilidad y destreza.
      Cuando el bailarín se retiró, el alcalde se dirigió al «pájaro» en euskera y en castellano; pero el animal perdió la vista en la multitud que había ocupado los alrededores, se acomodó en la escultura e ignoró al alcalde.
      «—¡Pues sí que estamos buenos!», exclamó el preboste, mosqueado.
     «—Este bicho no entiende castellano ni euskera», declaró luego a la prensa.
      El cuerpo del animal estaba cubierto por un pelo gris parecido al de los murciélagos, que se desprendía cada vez que se rascaba con el pico; sólo las alas membranosas, el pescuezo y la cabeza, aparecían desnudos. Un equipo de científicos recogió muestras de ese pelo gris; tras analizarlo, descubrieron que no era sino un plumón semejante al de los kiwis. A juicio del equipo de expertos, el animal era una especie de pteranodon desconocida para la ciencia, y dado que poseía plumón se podría pensar en un eslabón entre los saurios voladores y las aves actuales.
      A espaldas de las autoridades, un ejército de vendedores oportunistas se movía entre la multitud de curiosos despachando refrescos y chucherías.
Las televisiones de todo el mundo cubrían la noticia, y sus cámaras se volvieron para enfocar el sinuoso dragón de seda roja de más de cinco metros de largo, con cabeza de perro y cuerpo de oruga, que, acompañado de un alborotador cortejo de músicos y saltimbanquis, se abría paso hacia la Mamá.
      La comunidad china había reclamado su derecho sobre el Dragón Celestial, es decir, el «pájaro», alegando que éste no era otra cosa que un dragón sagrado, y que su procedencia indiscutible era China, patria de los Descendientes del Dragón, como esperaban demostrar al comunicarse con el «pájaro» a través de alguna de las lenguas siníticas.
      Un representante de la comunidad oriental se adelantó y, cuando calló la fanfarria, se dirigió al «pájaro» en varios de los idiomas regionales más hablados en China.
     El animal, que había mostrado cierto interés al ver aproximarse al dragón de seda, miró para otro lado cuando el chino empezó a hablar, y pareció que bostezaba en mitad del discurso de éste. «El dragón no ha entendido», declaró el asiático tras la parrafada. «Entonces, ¿el pájaro no es chino?», le preguntó la prensa. «Es chino, pero el idioma no ha sido el correcto», respondió el polígloto.
      A media mañana, una delegación escocesa pidió permiso para hablar con el «pájaro».
      Los delegados escoceses, cuatro reputados criptozoólogos vestidos con tartán, querían asegurarse de que el animal no tenía ninguna relación con el monstruo del lago Ness. Compararon el perfil del «pájaro» con imágenes borrosas de Nessie, y hablaron en inglés y gaélico escocés sin despertar el menor interés por parte de aquél.
      «—Este animal no es escocés ni nada que se le parezca», dijeron al concluir, y ese mismo día tomaron un avión y se volvieron a Escocia.
      Por la tarde, una representación de los países andinos se acercó a la plazuela y solicitó poder dirigirse al «pájaro», el cual respondería a sus requerimientos, ya que les constaba en lo más íntimo que la procedencia de aquel animal era los Andes, y que dentro del desconocido animal habitaba el espíritu sagrado del cóndor.
     Los sudamericanos bailaron una exótica danza para despertar el alma del cóndor, escondida en las entrañas del «pájaro»; y mientras las mujeres regaban el suelo de claveles, los hombres zapateaban con sandalias de madera, produciendo un intenso ruido semejante al de los cascos de una manada de caballos al galope. Tras la danza sagrada, prendieron unas ramitas de romero depositadas en unas escudillas y echaron al fuego fibras de lana de llama.
Un joven espigado, de piel tostada y nariz ganchuda, vestido con un poncho, elevó los brazos al cielo y empezó a hablar en quechua. El «pájaro» miró las paredes de titanio del Guggenheim, y permaneció impasible al discurso del joven.
      «—Lo cierto es que no ha reaccionado al quechua», declaró la mujer portavoz de la delegación andina, en castellano, con marcado acento de ultramar.
     «—¿Quiere decir que el animal no procede de los Andes?», insistió la prensa.
    «—¿He dicho yo eso?», respondió sorprendida, la delegada.
     Algo metida la tarde, le acercaron al «pájaro» media docena de atunes espetados en pértigas de seis metros de largo, y los comió con fruición y buen apetito.
     Más adelante, un maestro hechicero subsahariano extendió una manta a los pies de la Mamá, y comenzó a decir conjuros con la voz gutural de los hombres de las selvas y sabanas del África Negra. El «pájaro» miró a un lado, miró a otro, miró a todo el mundo, y no miró al chamán, que siguió con sus ritos y sus salmodias indiferente al ninguneo del animal. Cuando acabó, el chamán recogió sus bártulos y fue abordado por la prensa en el Muelle de los Ingleses, que le preguntó «si el "pájaro" venía de las selvas, de las sabanas o del Kilimanjaro».
      «—Si este animal proviene de África, a mí mi madre me parió por el trasero» —se limitó a responder el chamán, en un castellano con dejo africano. Pidió permiso y recogió algo de plumón para sus conjuros, y se marchó.
     Al caer la tarde, del nido pegado al cefalotórax de la Mamá partieron una serie de crujidos, como si algo parecido a la cerámica se estuviera quebrando allí dentro. Luego se escuchó una suerte de chillidos, unos «¡kruax!» agudos y algo molestos al oído.
      El «pájaro» se inclinó hacia el nido, y con el pico quebró la malla de bronce que representaba una tela de araña. A continuación metió el pico por el hueco y, de uno en uno, sacó hasta una docena de pequeños «pájaros», se los colocó con mimo dentro del plumón, a la altura del tórax, batió las alas y elevó el vuelo.
     Los presentes observaban atónitos la escena, y alzaban los objetivos fotográficos para retener el histórico momento. Las cámaras de televisión del mundo entero siguieron la trayectoria del «pájaro», que se alejó siguiendo el curso de la ría a baja altura.
      Allá por donde pasaba, el «pájaro» despertaba entre las gentes la admiración de un famoso: todos lo querían ver, todos lo querían fotografiar. Se adentró en el golfo de Bizkaia, y su silueta de saurio volador fue mermando hasta desaparecer en un cielo rojizo.

      Después, el último rayo de sol se deslizó por la superficie del mar, desde el horizonte hasta la playa de Ereaga, y en pocos minutos cayó la noche y terminó aquella inusual jornada.

  

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