Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






"…Y mañana caminaré por las márgenes del submundo". G.F. Fast. Relato


                 Dedicado a Alberto Senda, Dámaris, Janett Camps y Nicolás García Anarós.



José Lasa se dio unos cachetitos de colonia en la cara, delante del espejo, mientras repasaba mentalmente los pedidos del día. La señora Cristina de Orozco pasaría a recoger la fórmula magistral para las migrañas a las diez en punto. Aún estaba por hacer, pero para esa hora ya la tendría preparada. Teo, el aprendiz, llegaba un cuarto de hora antes y ponía en orden la trastienda y cuidaba que específicos y excipientes estuvieran a mano. La farmacia abría a las nueve.
El alcohol de la colonia le había irritado la piel. Las mejillas escocían. Cerró el frasco de cristal y lo colocó en el armario del baño, junto a la navaja de afeitar. Se examinó la cara en el espejo. Retorció las puntas del bigote y las curvó hacia arriba. Llevaba ya un tiempo planteándose la posibilidad de recortar las puntas, pero no terminaba de animarse. Quizá mañana…
Esa noche había vivido una espantosa pesadilla. En torno a las dos y media le habían despertado unos bruscos movimientos del colchón, como si alguien saltara sobre el mismo. Abrió los ojos y se dio de narices con un hombrecillo, negro como la tinta china y tan plano como un borrón, en el lado de la cama que le correspondía a él; el otro lado lo ocupaba Mercedes, su adorable esposa. La cabeza del curioso ser era acorazonada, similar a la cabeza de las mantis, y se hallaba colonizada por dos grandes ojos redondos y blancos con una diminuta pupila negra en el centro.
El hombrecillo, o lo que fuera aquella cosa, se apoyaba en las rodillas y en dos raquíticos brazos para sacudir el colchón. No abultaba más que un chiquillo de cinco años, el talle estrecho, el pecho ancho y las piernas como alambre. Lo miraba fijamente, examinándolo con la frialdad de aquellos ojazos blancos.
Tiró las sábanas a un lado y de un brinco saltó por encima de su mujer, que dormía plácidamente. Volvió de forma inmediata a la habitación armado con un cuchillo de lonchear rosbif que había cogido en la cocina. La hoja metálica centelleó a la luz de las farolas de gas de la calle, que entraba por la ventana atravesando la cortina. El bicho había desaparecido. Se aseguró de que no estuviera debajo de la cama ni en ningún otro lugar de la casa. Begoñita, la niña, un angelito, descansaba en su cuarto.
Escondió el cuchillo debajo de la almohada y durante media hora, más o menos, dormitó con un ojo abierto y la respiración agitada. Al final, se quedó dormido del todo y durmió a pierna suelta hasta que el despertador sonó inmisericorde a su hora, como correspondía a una precisa maquinaria suiza. Caminó por el largo pasillo de madera en bata, camisón y chancletas, el cuchillo de rosbif colgando con desgana de la mano. Lo dejó en la cocina y puso rumbo al baño.
Mercedes no se había enterado de nada. Cuando saltó por encima de ella se limitó a lanzar un resoplido. Era la mujer marmota. Pero…, un momento…, Mercedes... ¿Mercedes?
Dejó de atusarse el bigote y arrastró las chanclas hasta la habitación. Mercedes no estaba en el dormitorio. En su lugar quedaba en la almohada y el colchón, de lana, la huella de la cabeza y el cuerpo. Al levantarse, distraído por la pesadilla, no le había prestado atención a ese detalle, el de que su mujer no se encontraba en el lecho. Claro que no resultaba nada extraordinario, puesto que Begoñita solía despertarse por las noches y a veces Mercedes se quedaba dormida junto a la niña, sin darse cuenta, vencida por el sueño.
Se desplazó hasta el cuarto de la niña y entreabrió la puerta, suavemente. La cama estaba vacía;  en lugar de la niña había un hueco en el colchón, equivalente al molde en escayola de una niña de tres años.
¿Dónde había ido a parar su familia? ¿Qué ocurría aquí?, se preguntaba.
El instinto lo llevó a mirar por la ventana. Descorrió la cortina..., la calle..., «Nada, ni un alma», se dijo. Por lo común, a esas horas  de la mañana siempre había alguien caminando hacia el trabajo. También aquello resultaba extraño.
Contempló la cama de la niña, mientras se tomaba unos segundos para reflexionar. «Calma, mucha calma. En ocasiones como esta conservar la calma es un don», se dijo. Pero acto seguido se contradijo: «¿En ocasiones como esta? ¿Es que hay ocasiones como esta? Y si las hubiera, ¿sería humanamente posible conservar la calma?».
De pronto le vino una idea que iluminó de luz el mar de confusión en que navega la razón: «¡Mercedes había abandonado el hogar con la niña en brazos!».
Pero, ¿qué motivos iba a tener Mercedes para dejar el nido?
Ninguno.
Mercedes era una marimandona y en aquella casa no se movía un florero sin su aquiescencia.
¡Un amante! De eso se trataba.
No, impensable.
¿Por qué?
«¡Porque es impensable!», exclamó para sus adentros el boticario golpeándose la frente con la palma de la mano.
De todas maneras, revisó el armario de la niña y comprobó si faltaba alguna prenda. Todo estaba en su sitio. Tampoco en el ropero del matrimonio faltaba ni un guante. Si Mercedes se había ido de casa lo había hecho en camisón. Además, los cerrojos de la puerta estaban echados por dentro. Como no se hubiera descolgado por la ventana… «Pero ¡basta ya de ideas descabelladas! Aquí ocurre algo gordo, ¡y muy gordo! ¡Algo asombroso!», se dijo.
Salió a la escalera vestido tal y como estaba, en bata y camisón. Aporreó con la aldaba la puerta de los vecinos. No abrió nadie. ¿Dormían? Había metido escándalo como para despertar un regimiento. Cogió la aldaba y golpeó otra vez, con más ganas.
—¡Don Ramón, abra usted! —gritó.
Nadie abría. ¿Cómo era posible? Pegó la oreja a la puerta… No se oía ni una mosca.
Fue al piso de abajo y se lió a aldabonazos con la primera puerta que le vino a mano, sin obtener ningún resultado. Lo mismo le pasó cuando repitió la acción con la puerta de al lado. Se asomó a la barandilla.
—¡Fuego, fuego! —gritó a pleno pulmón, tanto hacia arriba como hacia abajo, con la esperanza de despertar a alguien.
Regresó rápidamente a la casa y se vistió. Se puso el abrigo y salió pitando. En el descansillo se detuvo, volvió a la casa y cogió el bombín del perchero. Bajó las escaleras de dos en dos, hasta llegar a la calle. Desierta... ¿Dónde se había metido la gente? ¿Y los carruajes? ¿Y los ómnibus? ¿Dónde estaba todo el mundo? Dio dos enérgicas palmadas.
—¡Sereno! —voceó. Nadie respondió a la llamada. Silencio total. Dio otras tantas palmadas que rebotaron en las fachadas de los edificios como pelotas en un frontón.
«Cuídate de los idus de marzo, ¡oh, César!», leyó en el escaparate de un quiosco. Hacía dos días que habían asesinado al zar de Rusia, Alejandro II, y el suceso seguía dando pábulo a las portadas de los periódicos. Leyó la fecha de los diarios: 15 de marzo de 1881. Eso fue ayer.
En cuatro zancadas llegó a la farmacia. Cerrada. Miró la hora en el reloj de bolsillo, un reloj de plata que Mercedes le había regalado por su cumpleaños; en el interior, en la tapa, Mercedes había hecho grabar, «A mi amado esposo. Mercedes». El reloj marcaba las nueve y cuarto. Era la primera falta de puntualidad de Teo. Aguardó veinte minutos en el interior, consumido por los nervios. Luego dejó la farmacia y caminó a paso vivo hasta la casa de Teo. Encontró cerrado el portal. Aporreó la puerta con la aldaba hasta casi derribarla.
—¡Teo, Teo! —llamó hasta desgañitarse, sin perder de vista las ventanas del tercer piso.
Nadie se asomó. Ni siquiera un indignado vecino para amonestarle con un «¡Deje usted de dar la murga a estas horas, desvergonzado, o aviso a los guardias!»
Entonces vio aquella cosa en el cielo. Un punto brillante, como el reflejo del sol en un metal. «¿Qué será eso?», se preguntó. Recorrió las calles en busca de un ser humano y acabó llegando a la conclusión de que el único ser vivo que coleaba en Bilbao era él. Ni siquiera había visto un animal. Al mediodía forzó la puerta de una panadería y robó pan del día anterior que reposaba en una estantería. Se refugió en casa y no volvió a pisar la calle. De vez en cuando descorría la cortina para comprobar si la gente había vuelto. Sólo comió ese día huevos fritos con chorizo y el pan duro que había robado. Tranquilamente habría podido asaltar un colmado y llevarse una ambrosía, pero no tenía el cuerpo para nada.
Al anochecer el mundo se le vino encima y se desahogó llorando a lágrima viva; un río de mocos le anegó el bigote. «¿Qué es lo que sucede?, Dios bendito, ¿qué es lo que sucede?», se lamentaba en voz alta. «Si estuviera Mercedes… Ella sabría cómo actuar», pensaba.
«Mercedes sabría qué hacer. Ella sabía manejar los problemas como nadie», se repetía.
 José Lasa había crecido arropado por las faldas de una joven madre viuda, dos tías solteras y una abuela materna. Lo colmaron de mimos. Mercedes se apercibió de que su marido estaba enmadrado al poco tiempo después de la boda, y también de que dependía de las manos femeninas en todo aquello que se saliera de la profesión de farmacéutico. De manera que tomó el timón del hogar recién fundado y se puso al mando sin vacilación. De aquella nave ella era capitana y piloto. El cometido de José quedaba reducido a abastecer de alimentos la gambuza.
Por la mañana desayunó el pan duro sobrante del día anterior. Lo untó con mantequilla y sumergió las lonchas en un tazón de café con leche. El pelo le había crecido desmesuradamente durante la noche; le caía por encima de las orejas hasta los hombros. Se lo cortó a tijeretazos. También la barba le había crecido. Le llegaba hasta el pecho. Al afeitarla se descubrió en la cara algunas arrugas que antes no estaban. Notó que había envejecido, como si de la noche a la mañana le hubieran caído encima diez años. Por aquí y por allá plateaba alguna hebra de cabello.
Pensó en Mercedes y Begoñita y tuvo una llorera matinal. Por si fuera poco, los sonrientes rostros de la madre, las dos tías y la abuela llegaron para enconar el disgusto. Después de ir en busca de Teo se había pasado por el hogar de las cuatro mujeres. Lo encontró vacío. ¡Qué desamparado y perdido se sentía sin aquellos perspicaces seres femeninos, de ojos grandes y voz suave y cauta! Ellas todo lo sabían y a todo encontraban remedio.
Bajó a la calle resuelto a aporrear con la aldaba la puerta de la casa de Teo, hasta que le salieran ampollas. Teo tenía que estar. Al menos él no podía desaparecer así como así. Se trataba de un joven serio y altamente cumplidor.
Las farolas de la calle seguían encendidas, a pesar de que ya no era de noche. En el cielo, el destello se había transformado en una línea ancha y alargada como la hoja de una espada. Una espada que apuntaba al corazón del mundo y que refulgía con los rayos del sol.
En primer lugar pasó por la botica, para asegurarse de que Teo no había aparecido por allí. La encontró cerrada. Seguidamente se encaminó al domicilio del aprendiz. En el camino tropezó con un caballo negro, enganchado a una victoria, que comía la hierba de un parterre. El caballo levantó la cabeza por unos instantes para mirarle con curiosidad. El boticario sintió que le volvía la esperanza. ¡Un ser vivo, por fin, en aquel mundo vacío!
El caballo se dejó acariciar. Entonces le vino a la cabeza una idea, tal vez disparatada: ¿y si la gente solo había desaparecido en Bilbao? Tomó las riendas del coche y lo encaminó en dirección contraria a la casa de Teo.
Por los pueblos que pasaba sólo percibía soledad. Nadie en las casas, en los caseríos, ningún estibador en los muelles, nadie en los barcos atracados en el Nervión. Ninguna persona, ningún ser vivo. En Getxo, la nada, nadie, el vacío, el desierto…
Las tablas del pantanal resonaron como las de un ataúd. Se detuvo ante un pequeño velero, el Mercedes y Begoña, de siete metros de eslora. Luego recorrió el pantanal en sentido contrario. Desenganchó el caballo del carruaje y lo dejó en libertad. Había pensado navegar hasta Santander y comprobar si allí las cosas eran diferentes. El mar, la ruta más corta. De paso, podría arribar en otros puertos y ver cómo iban las cosas. Pero caía la tarde y se encontraba cansado.
Rompió los cristales de una lujosa mansión y se coló dentro. En la cocina halló comida. Luego se dejó caer vestido en una cama y durmió hasta el mediodía. El pelo y la barba le habían crecido durante la noche. Le caían en cascada sobre los hombros y el pecho. Había vuelto a envejecer. Tenía la apariencia de un hombre pasada la cincuentena. Se cortó el pelo y se afeitó la barba. Resultaba curioso que sólo él envejeciera. Su ropa, los muebles de la mansión, la comida de la despensa, los restos de la cena…, nada de eso había envejecido más allá de las horas transcurridas.
El Mercedes y Begoña era un excelente velero, muy marinero y manejable. En un embarcadero de mineral, en la costa, oyó chiar a unas decenas de gaviotas. ¡Qué buena señal! ¡La vida volvía al mundo! A la vista quedaba el puerto de Castro Urdiales. Merecía la pena arribar y comprobar si allí las cosas eran como tenían que ser. En el cielo, el destello metálico había crecido hasta adoptar la inconfundible forma de una hoja de espada. «Puede que en Castro tengan una explicación para este fenómeno atmosférico», pensó.
No halló a nadie. Ni personas, ni perros, ni gatos. Lo recorrió de cabo a rabo: Castro Urdiales era un pueblo fantasmal. Comió algo en un colmado y se hizo a la mar.
A la vuelta de unos acantilados divisó la línea alargada de la playa de Laredo. Le llegaba un fuerte olor a salazón a medida que se aproximaba al puerto.
Recorrió el pueblo sin encontrar a nadie. El mundo estaba vacío también allí. Forzó la puerta de una casa, dispuesto a pasar la noche. A lo lejos, en la semioscuridad del ocaso, vio luces en las ventanas de un edificio; luces blancas, como si el día hubiera quedado retenido entre las paredes de aquella casa. Se encendían y apagaban, dependiendo de si alguien entraba o salía de las habitaciones. ¡Aquello sí significaba vida humana! Lloró de alegría, esta vez. En el cielo, el destello era ahora una espada que brillaba en la noche: su hoja, su cruz y su puño. Del pomo brotaban pálidos haces de luz que sembraban de caminos luminosos el firmamento estrellado.
Al día siguiente varó el pequeño velero en las arenas de la desembocadura de un río. La casa de las luces blancas se encontraba en una loma, dentro de una marisma. Envuelta en un bosquecillo de robles, algunos tan altos como el tejado, lo mismo podría ser un convento que un monasterio.
Siguió el muro que rodeaba la casa y la negra  cancela de hierro chirrió cuando la empujó para entrar. De nuevo había envejecido por la noche; y de nuevo cortó la melena y afeitó la barba, entrecanas, que caían sobre hombros y pecho.
En un huerto de frutales vio la figura de una monja, de pie junto a un membrillo. La brisa de la mañana mecía los hábitos negros de la religiosa.
Tropezó hasta dos veces cuando corrió hacia ella. La emoción le impedía coordinar juiciosamente los pasos que daba y las lágrimas le impedían ver las sinuosidades del terreno. Una estatua, eso es lo que se encontró. Una estatua de piedra pómez, de mujer, vestida con los hábitos de una monja.
En el interior del convento descubrió más estatuas de piedra pómez, de mujeres vestidas de monja. Encontró estatuas en los pasillos, en las habitaciones…, de pie, sentadas, caminando, leyendo… ¿Quién las había creado y para qué las habían colocado entre las paredes de un convento? Los muebles, los objetos, de absurdos y extraños diseños y materiales. Tubos de vidrio blanco que irradiaban una luz pálida como la luz del día. Por ninguna parte lámparas de gas o ampollas de petróleo.
En el comedor encontró diez estatuas de monjas sentadas a una mesa alargada. Sobre la mesa platos, vasos y cubiertos. Jarras de agua fresca y transparente. Soperas con sopa caliente. Fuentes repletas de trozos de pescado enharinado. Frutas, pan recién hecho. Algunas estatuas sostenían cucharas con sopa humeante camino de la boca.
Se sirvió sopa y pescado. Comió pan y fruta y bebió el agua de las jarras. Apoyó la cabeza en los brazos y durmió sobre la mesa. Al despertar, las estatuas habían desaparecido y la mesa se encontraba vacía. En una ventana vio su rostro, arrugado; el pelo y la barba, blancos, hasta los hombros, hasta el pecho. El joven farmacéutico de treinta y un años en cuatro días se había convertido en un octogenario.
Caminó con dificultad por los pasillos, vacíos, sin ninguna estatua. La monja del membrillo también había desaparecido. Al otro lado del edificio había un cementerio. Descendía un poco hacia la marisma. En la reja de la puerta, en letras doradas, esta inscripción: «…Y mañana caminaré por las márgenes del submundo».
Se sentó sobre una tumba y apoyó la espalda en la lápida. El mar, y a la derecha la mole de una montaña de piedra con una cruz negra en la cima. En el cielo el sol arrancaba brillos metálicos de la hoja de la espada. Le sobrevino un repentino sopor y se quedó dormido.
Notó un cosquilleo en la mano derecha. Allí había un singular hombrecillo de apenas quince centímetros de altura que le mordía los dedos. Vestía como un dandi, a la moda de 1881.
El hombrecillo se asustó y dio un traspié. Permanecía en el suelo, apoyado en las manos, la cadena de oro del reloj visible en el ojal del chaleco de seda.
—¡Os ruego que no me matéis! —exclamó el hombrecillo.
El boticario se miró la mano. El hombrecillo le había comido parte de los dedos índice y corazón. Sin embargo, no brotaba sangre de las heridas ni sentía ningún dolor. La carne parecía de mazapán. Se lamió las heridas. Sabían dulces.
—Tranquilícese —dijo el boticario—. Dígame quién es usted y por qué me comía los dedos.
El hombrecillo tenía la mandíbula anormalmente sobresaliente y puntiaguda, con dos incisivos a la vista que le daban un aire bobalicón. Los ojos, negros y saltones; las orejas más redondas de lo habitual. Por lo demás, su porte era distinguido y denotaba una esmerada educación. Nada indicaba que se tratase de un individuo aficionado a comerse los dedos de la gente.
—Mi nombre es Hércules, caballero —respondió el hombrecillo.
—Señor Hércules, no es de buenas maneras comerse los dedos de los demás.
—Mil disculpas, señor…
—Lasa, José Lasa. Farmacéutico.
—Pues mil disculpas. En realidad, todo ha sido un malentendido. Nosotros no nos alimentamos de seres vivos.
—¿Nosotros? A ver, a ver, dígame.
—Nosotros vivimos en el subsuelo. Allá tenemos nuestras casas y nuestras familias; nuestras ciudades con sus calles, comercios y centros de ocio. Nos alimentamos de carne humana recién muerta. ¡Puag!, nos repugnan los cadáveres en descomposición. Nuestros carniceros visitan las tumbas y llenan los colmados con la carne de los muertos. Pero ha ocurrido últimamente algo extraordinario y terrible, y es que todo el mundo ha desaparecido y me he quedado solo. Como resulta que tampoco hay humanos, nadie se muere y llevo ya tres días  sin comer de fuste. Al verlo a usted aquí, en el cementerio, me ha dado por pensar que estaba usted muerto, más que nada por el tufillo a descomposición que desprende usted. He encontrado la carne de los dedos algo dulce, más bien empalagosa, pero tenía el estómago en los pies y ¡qué remedio!
—Pues, señor Hércules, no creo haber oído su apellido.
—Hércules, a secas. Tomamos nuestros nombres de las lápidas de los cementerios.
—Pues, señor mío, si yo estoy muerto usted también. Por pura lógica.
Se oyó, entonces, un gran estruendo. Del cielo descendió velozmente la espada y se hundió casi hasta el puño en la montaña rocosa de la cruz en la cima. El suelo tembló. De la hendidura brotaron rojos ríos de lava que bajaron por la ladera arrasándolo todo. Ardían los árboles y los arbustos. Luego una luz pálida cegó al boticario. De la luz empezaron a surgir figuras oscuras; primero una, después dos más, tres, cinco, nueve, más de diez, quizá más de doce. Rodearon al boticario. Oyó a las figuras hablar entre ellas. Voces de mujer, suaves y cálidas, protectoras. Acogedoras voces femeninas. Tranquilizadoras voces de mujer.
—¿Está muerto?
—¿De qué va vestido?
—Son ropas antiguas.
—¿Cómo habrá llegado hasta aquí?
—Es un anciano.
—Las alimañas le han comido parte de los dedos.
—Una rata ha salido corriendo.
Una de las figuras se arrodilló ante él. Su rostro, de blancura lunar, carecía de boca y nariz; unos enormes ojos marrones brillaban en él.
—No toque nada, hermana.
—Tiene un reloj de bolsillo. Parece muy antiguo, de plata. Lleva una inscripción en el interior: «A mi amado esposo. Mercedes».

  



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