Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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lunes, 29 de mayo de 2017

París era un fiesta

      

      Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.
      Ernest Hemingway.

       (A Hemingway se le conocía por Hem, Papa, Tatie o Ernest.
      Los manuscritos en los que se basa París era una fiesta los encontró Charles Ritz, dueño del Hotel Ritz, 28 años después, olvidados en dos maletas en el sótano del hotel. Se los envió a Hemingway.
      La trama se desarrolla hacia 1925).


      Sin duda, la parte de París era una fiesta que más me ha gustado ha sido en la que Hemingway cuenta su relación en París con Scott Fitzgeradl. La primera vez que Hemingway lo vio fue estando en un bar llamado Dingo, en la rue Delambre, en compañía de unos personajes a los que califica como «compañías perfectamente malas». Scott llegó acompañado con un lanzador de béisbol llamado Dunc Chaplin, un tipo que le calló simpático a Hemingway, más que Scott.

Scott Fitzgeradl
      Hemingway describe a Scott como un hombre hermoso, con cara de muchacho aún sin hacer y se pregunta si al cabo esta resultaría guapa o graciosa: el pelo rubio y ondulado, muy rubio, frente alta, muy alta, «ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios». La barbilla firme, las orejas perfectas y la nariz recta.

      En el Dingo, Scott no para de alabar los cuentos de Hemingway, lo que ha este le ponía nervioso. Hemingway deseaba conocer a un escritor famoso como Fitzgeradl, y estaba encantado de tenerlo delante, pero «Entonces todavía estaba en rigurosa vigencia el código según el cual las alabanzas eran la deshonra».

      Bebieron champán, que pidió Scott, y Hemingway observó que tenía las piernas cortas y la cara ligeramente hinchada. Entonces, en un momento, de la conversación, el rostro de Scott se demuda y Hemingway, preocupado, sugiere llevarle a un hospital. Dunc Chaplin lo tranquiliza, Scott siempre se pone así cuando bebe de más y deciden meterlo en un taxi y enviarlo a casa.

      Días más tarde se vuelven a encontrar. Estuvieron hablando de escritores, editores y agentes, del mundillo literario, de los críticos y de la vida del escritor de éxito. Scott le pareció divertido a Hemingway, esta vez: «… una persona normal, inteligente y muy simpática».
      «Hablaba con desdén pero sin amargura de todas sus cosas publicadas, y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores.»

      Scott le promete a Hemingway prestarle ese nuevo libro, The Great Gatsby. «Oyéndole hablar del libro no imaginaba uno lo bueno que éste era, salvo precisamente porque él hablaba con la timidez que muestran todos los escritores no fatuos cuando han hecho algo que está muy bien».

      El libro no se vende bien, le confiesa Scott, pero tiene buena crítica. «Scott estaba sorprendido y ofendido por la poca venta del libro, pero repito que no tenía entonces ninguna amargura, y sobre la calidad del libro se le veía a la vez tímido y contento».
  
Scott y Zelda
      Scott y su mujer, Zelda, han tenía que dejar en Lyon el Renault descapotable que conducían, por culpa de la lluvia. Le pide a Hemingway que lo acompañe en tren a recogerlo. El plan consistía en coger el expreso de la mañana del día siguiente, llegar a Lyon, hacer revisar el coche, cenar y al otro día retornar temprano a París por carretera.

      A Hemingway le hace ilusión viajar con Scott, un escritor de éxito, del cual puede recibir útiles consejos durante el viaje. Aún no había leído El Gran Gatsby, y Hemingway (1899) veía a Scott Fitzgeradl (1896) como un escritor bastante mayor que él que escribía entretenidos cuentos en el Saturday Evening Post, «… pero no se me ocurrió que pudiera ser un escritor serio».

      Todavía en París, Scott se sincera con Hemingway y le dice que solía alterar sus cuentos unas vez escritos para hacerlos más comerciales, aunque fueran buenos. A Hemingway no le parece honrado actuar de esa forma, y además le parece que perjudica al talento del escritor. Scott se justifica, se ve obligado a hacerlo para poder escribir buenas novelas y estropear un cuento después de haberlo escrito honestamente no arruinaba en absoluto la creatividad.

      A Hemingway no le convencen los argumentos de Scott «… y hubiera querido discutírselo, pero necesitaba una novela en que apoyar mi convicción, y entonces yo no había escrito todavía ninguna novela. A partir del momento en que empecé a despedazar mi estilo y a desprenderme de toda facilidad y a probar de construir en vez de describir, mi trabajo se había hecho apasionante. Pero me resultaba muy difícil, y no veía modo de escribir una novela larga. A menudo necesitaba toda una mañana de trabajo intenso para escribir un párrafo».

Hadley y Hemingway
      A Hadley, la mujer de Hemingway, no le parecían gran cosa los trabajos literarios de Scott. Para ella el paradigma del escritor era Henry James. Sin embargo, le pareció una buena idea el viaje de Ernest junto a Scott.

      A la mañana siguiente, Hemingway estaba puntualmente en la estación. Se suponía que Scott debería estar esperándole con los billetes. Al llegar la hora de salida y no ver a Scott recorre el andén en su busca. Finalmente, se sube al tren en marcha y lo busca en los departamentos. No lo encuentra y le pide al revisor un billete en marcha. Hemingway está irritado con Scott, pero a lo largo del trayecto se le va pasando el enfado. En Lyon se aloja en un hotel y a la mañana siguiente le comunican de conserjería que Scott le aguarda en el vestíbulo. Scott ha tomado el tren siguiente al de Hemingway y no se explica cómo este no lo ha esperado en la estación.

      El Renault de Scott es un pequeño descapotable al cual le habían quitado la capota. Esta se había roto cuando desembarcaron el coche en Marsella, y Zelda, que odiaba las capotas en los coches, hizo que la quitaran. Una lluvia primaveral intermitente les hace detenerse varias veces y buscar refugio bajo los árboles o en los cafés de carretera. Comen pollo trufado y pan, y beben a discreción vino blanco de Mâcon.

      Scott le dice a Hemingway que había conocido a Zelda durante la guerra, y que hacía cosa de un año esta le había engañado con un aviador francés. Le cuenta varias versiones del mismo relato, pero a Hemingway le parece más triste la primera. «Scott sabía hablar y contar un relato. Hablando no tenía problemas de ortografía ni de puntuación, y no daba la impresión de analfabetismo que daban sus cartas tal como él las escribía. Fuimos amigos durante dos años antes de que aprendiera a ortografiar mi nombre».

      Una vez en París, Scott le presta El gran Gatsby a Hemingway. «Tenía una sobrecubierta chillona, y recuerdo que me avergonzaron la vulgaridad, el mal gusto y el bajo reclamo de aquella presentación. Parecía la sobrecubierta para un mal libro de ciencia ficción. Scott me dijo que no me fijara en la sobrecubierta, que el motivo del dibujo era un anuncio que había junto a una carretera en Long Island y que no tenía importancia en el relato. Dijo que al principio le gustó aquella sobrecubierta, pero que luego dejó de gustarle. Yo la retiré para leer el libro.
      Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser un buen amigo suyo (…). Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor».

      Zelda no le caía bien a Hemingway. «… estaba celosa del trabajo de Scott». Cuando este decidía abandonar las juergas y escribía con regularidad «… allí estaba Zelda quejándose de lo mucho que se aburría, y arrastrándole a otra borrachera».

      Scott bebe demasiado y no logra organizar las jornadas de escritura.
      «Continuamente intentaba trabajar. Cada día probaba y fracasaba. Echaba la culpa a París, la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda podrían volver a ser felices juntos.»

      Hemingway le insistía a Scott que escribiera sus cuentos honestamente «… y de que no hiciera truquitos para adaptarlos a una fórmula». Scott Fitzgeradl le contestaba que «La novela no se vende. Tengo que escribir cuentos, y tienen que ser cuentos de éxito para las revistas».

      A la vuelta de un verano sin verse, Hemingway encuentra a Scott cambiado. «Fue difícil aguantarle durante todo aquel otoño, pero en los ratos en que no estaba borracho logró empezar una novela (...) cuando se emborrachaba iba siempre en mi busca y, dentro de su borrachera, estorbar mi trabajo le daba casi tanto placer como a Zelda le daba estorbar el suyo. La cosa se prolongó durante años pero, durante años también, no tuve ningún amigo tan leal como Scott cuando no estaba borracho».


      Y Hemingway sigue hablando en París era un fiesta de su relación con Scott y de Zelda y de él y de más cosas…