Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)






domingo, 25 de junio de 2017

La batalla


     
     

      He leído La batalla de Patrick Rambaud, y su lectura me ha sorprendido gratamente, aunque he tenido la sensación de que quizá a ratos el ritmo se ralentiza. Narra la batalla de Aspern y Elssing, vista desde el lado francés. Tuvo lugar el 22 de mayo de 1809, y en ella se enfrentaron Napoleón y el Archiduque Carlos de Austria. El resultado fue derrota táctica de Napoleón y más de 40 000 bajas entre ambas partes.

      El estilo empleado en la novela es sencillo y agradable, como corresponde a una buena obra de arte. «Sencillez», en el caso de una obra de arte significa talento y dominio del medio. En una obra literaria equivale también a horas de corrección del texto, a saber tirar a la papelera el sobrante y acertar en lo que se deja. Patrick Rambaud es un veterano escritor que sabe lo que se hace, sobrado de recursos. Puede que yo piense que en ocasiones en la novela se abusa de los adjetivos, y puede que, en realidad, los adjetivos sean los que deben ser y yo un lector poco preparado.

      Rambaud demuestra un estudio concienzudo de las guerras napoleónicas, o al menos esa es la impresión que se lleva el lector no iniciado. Una de las costumbres de los húsares franceses que he descubierto en la novela es que se dejaban trencillas para amortiguar los golpes de sable.

      Keith Carradine y Harvey Keitel, en sus papeles de oficiales de húsares del ejército de Napoleón, llevaban estas trencillas en la película inglesa Los dualistas dirigida por Ridley Scott en 1977, adaptación de la novela homónima de Joseph Conrad. Novela que os recomiendo, así como la película, si os gustan las historias ambientadas en las guerras napoleónicas.

      En La batalla Rambaud describe con realismo las terribles consecuencias de las heridas en combate, y cómo improvisados ayudantes de cirujano amputan extremidades con serruchos de carpintero o cómo los heridos graves son desechados y abandonados a su suerte.



«A pie, entre charcos de sangre y por un camino sembrado de cuerpos, Boudet se dirigió a la iglesia en ruinas. Gritos abominables ascendían desde el cementerio. Preguntó qué era aquello y un teniente de la Guardia le respondió que eran húngaros a los que degollaban con arma blanca sobre las tumbas.
—Ya no podemos cargarnos de prisioneros.
—Pero ¿cuántos son?
—Setecientos, mi general.»


   
  En La marcha de la muerte de Christopher Summerville, libro de ensayo, se relata el hecho verídico de un húsar francés que cabalga con la mandíbula colgando por un sablazo británico, lo que nos da una idea de lo violento que debieron de ser aquellos combates. Os recomiendo también este libro, que se lee de un tirón. Narra la penosa marcha del ejército británico comandado por el general sir John Moore en 1808, desde Lisboa a A Coruña, con temperaturas de más de 20º bajo cero, equipado con zapatos cuya suela se pudría por la humedad, rehuyendo el combate directo, hostigado y perseguido durante 30 días por el ejército del Imperio. Sir John moriría en A Coruña, en combate con los franceses, mientras su ejército lograba embarcar hacia las islas británicas.


Patrick Rambaud

     


      Patrick Rambaud mereció los premios Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y Goncourt en 1997. 












Iván Gil
      

      
      Además, hay también un cómic de la novela publicado por la editorial Ponent Mon, con guión de Frédéric Richaud y dibujos de Iván Gil.











Frédéric Richaud





lunes, 29 de mayo de 2017

París era un fiesta

      

      Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos.
      Ernest Hemingway.

       (A Hemingway se le conocía por Hem, Papa, Tatie o Ernest.
      Los manuscritos en los que se basa París era una fiesta los encontró Charles Ritz, dueño del Hotel Ritz, 28 años después, olvidados en dos maletas en el sótano del hotel. Se los envió a Hemingway.
      La trama se desarrolla hacia 1925).


      Sin duda, la parte de París era una fiesta que más me ha gustado ha sido en la que Hemingway cuenta su relación en París con Scott Fitzgeradl. La primera vez que Hemingway lo vio fue estando en un bar llamado Dingo, en la rue Delambre, en compañía de unos personajes a los que califica como «compañías perfectamente malas». Scott llegó acompañado con un lanzador de béisbol llamado Dunc Chaplin, un tipo que le calló simpático a Hemingway, más que Scott.

Scott Fitzgeradl
      Hemingway describe a Scott como un hombre hermoso, con cara de muchacho aún sin hacer y se pregunta si al cabo esta resultaría guapa o graciosa: el pelo rubio y ondulado, muy rubio, frente alta, muy alta, «ojos exaltados y cordiales, y una delicada boca irlandesa de larga línea de labios». La barbilla firme, las orejas perfectas y la nariz recta.

      En el Dingo, Scott no para de alabar los cuentos de Hemingway, lo que ha este le ponía nervioso. Hemingway deseaba conocer a un escritor famoso como Fitzgeradl, y estaba encantado de tenerlo delante, pero «Entonces todavía estaba en rigurosa vigencia el código según el cual las alabanzas eran la deshonra».

      Bebieron champán, que pidió Scott, y Hemingway observó que tenía las piernas cortas y la cara ligeramente hinchada. Entonces, en un momento, de la conversación, el rostro de Scott se demuda y Hemingway, preocupado, sugiere llevarle a un hospital. Dunc Chaplin lo tranquiliza, Scott siempre se pone así cuando bebe de más y deciden meterlo en un taxi y enviarlo a casa.

      Días más tarde se vuelven a encontrar. Estuvieron hablando de escritores, editores y agentes, del mundillo literario, de los críticos y de la vida del escritor de éxito. Scott le pareció divertido a Hemingway, esta vez: «… una persona normal, inteligente y muy simpática».
      «Hablaba con desdén pero sin amargura de todas sus cosas publicadas, y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores.»

      Scott le promete a Hemingway prestarle ese nuevo libro, The Great Gatsby. «Oyéndole hablar del libro no imaginaba uno lo bueno que éste era, salvo precisamente porque él hablaba con la timidez que muestran todos los escritores no fatuos cuando han hecho algo que está muy bien».

      El libro no se vende bien, le confiesa Scott, pero tiene buena crítica. «Scott estaba sorprendido y ofendido por la poca venta del libro, pero repito que no tenía entonces ninguna amargura, y sobre la calidad del libro se le veía a la vez tímido y contento».
  
Scott y Zelda
      Scott y su mujer, Zelda, han tenía que dejar en Lyon el Renault descapotable que conducían, por culpa de la lluvia. Le pide a Hemingway que lo acompañe en tren a recogerlo. El plan consistía en coger el expreso de la mañana del día siguiente, llegar a Lyon, hacer revisar el coche, cenar y al otro día retornar temprano a París por carretera.

      A Hemingway le hace ilusión viajar con Scott, un escritor de éxito, del cual puede recibir útiles consejos durante el viaje. Aún no había leído El Gran Gatsby, y Hemingway (1899) veía a Scott Fitzgeradl (1896) como un escritor bastante mayor que él que escribía entretenidos cuentos en el Saturday Evening Post, «… pero no se me ocurrió que pudiera ser un escritor serio».

      Todavía en París, Scott se sincera con Hemingway y le dice que solía alterar sus cuentos unas vez escritos para hacerlos más comerciales, aunque fueran buenos. A Hemingway no le parece honrado actuar de esa forma, y además le parece que perjudica al talento del escritor. Scott se justifica, se ve obligado a hacerlo para poder escribir buenas novelas y estropear un cuento después de haberlo escrito honestamente no arruinaba en absoluto la creatividad.

      A Hemingway no le convencen los argumentos de Scott «… y hubiera querido discutírselo, pero necesitaba una novela en que apoyar mi convicción, y entonces yo no había escrito todavía ninguna novela. A partir del momento en que empecé a despedazar mi estilo y a desprenderme de toda facilidad y a probar de construir en vez de describir, mi trabajo se había hecho apasionante. Pero me resultaba muy difícil, y no veía modo de escribir una novela larga. A menudo necesitaba toda una mañana de trabajo intenso para escribir un párrafo».

Hadley y Hemingway
      A Hadley, la mujer de Hemingway, no le parecían gran cosa los trabajos literarios de Scott. Para ella el paradigma del escritor era Henry James. Sin embargo, le pareció una buena idea el viaje de Ernest junto a Scott.

      A la mañana siguiente, Hemingway estaba puntualmente en la estación. Se suponía que Scott debería estar esperándole con los billetes. Al llegar la hora de salida y no ver a Scott recorre el andén en su busca. Finalmente, se sube al tren en marcha y lo busca en los departamentos. No lo encuentra y le pide al revisor un billete en marcha. Hemingway está irritado con Scott, pero a lo largo del trayecto se le va pasando el enfado. En Lyon se aloja en un hotel y a la mañana siguiente le comunican de conserjería que Scott le aguarda en el vestíbulo. Scott ha tomado el tren siguiente al de Hemingway y no se explica cómo este no lo ha esperado en la estación.

      El Renault de Scott es un pequeño descapotable al cual le habían quitado la capota. Esta se había roto cuando desembarcaron el coche en Marsella, y Zelda, que odiaba las capotas en los coches, hizo que la quitaran. Una lluvia primaveral intermitente les hace detenerse varias veces y buscar refugio bajo los árboles o en los cafés de carretera. Comen pollo trufado y pan, y beben a discreción vino blanco de Mâcon.

      Scott le dice a Hemingway que había conocido a Zelda durante la guerra, y que hacía cosa de un año esta le había engañado con un aviador francés. Le cuenta varias versiones del mismo relato, pero a Hemingway le parece más triste la primera. «Scott sabía hablar y contar un relato. Hablando no tenía problemas de ortografía ni de puntuación, y no daba la impresión de analfabetismo que daban sus cartas tal como él las escribía. Fuimos amigos durante dos años antes de que aprendiera a ortografiar mi nombre».

      Una vez en París, Scott le presta El gran Gatsby a Hemingway. «Tenía una sobrecubierta chillona, y recuerdo que me avergonzaron la vulgaridad, el mal gusto y el bajo reclamo de aquella presentación. Parecía la sobrecubierta para un mal libro de ciencia ficción. Scott me dijo que no me fijara en la sobrecubierta, que el motivo del dibujo era un anuncio que había junto a una carretera en Long Island y que no tenía importancia en el relato. Dijo que al principio le gustó aquella sobrecubierta, pero que luego dejó de gustarle. Yo la retiré para leer el libro.
      Cuando terminé de leerlo, comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad, y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser un buen amigo suyo (…). Si era capaz de escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor».

      Zelda no le caía bien a Hemingway. «… estaba celosa del trabajo de Scott». Cuando este decidía abandonar las juergas y escribía con regularidad «… allí estaba Zelda quejándose de lo mucho que se aburría, y arrastrándole a otra borrachera».

      Scott bebe demasiado y no logra organizar las jornadas de escritura.
      «Continuamente intentaba trabajar. Cada día probaba y fracasaba. Echaba la culpa a París, la ciudad mejor organizada para que un escritor escriba, y continuamente pensaba en encontrar algún buen lugar donde él y Zelda podrían volver a ser felices juntos.»

      Hemingway le insistía a Scott que escribiera sus cuentos honestamente «… y de que no hiciera truquitos para adaptarlos a una fórmula». Scott Fitzgeradl le contestaba que «La novela no se vende. Tengo que escribir cuentos, y tienen que ser cuentos de éxito para las revistas».

      A la vuelta de un verano sin verse, Hemingway encuentra a Scott cambiado. «Fue difícil aguantarle durante todo aquel otoño, pero en los ratos en que no estaba borracho logró empezar una novela (...) cuando se emborrachaba iba siempre en mi busca y, dentro de su borrachera, estorbar mi trabajo le daba casi tanto placer como a Zelda le daba estorbar el suyo. La cosa se prolongó durante años pero, durante años también, no tuve ningún amigo tan leal como Scott cuando no estaba borracho».


      Y Hemingway sigue hablando en París era un fiesta de su relación con Scott y de Zelda y de él y de más cosas…






miércoles, 26 de abril de 2017

80 aniversario del bombardeo de Gernika




GUERNICA DE PABLO PICASSO

      



      
      «Una cosa es absolutamente segura. La gente dice que fue una intervención divina la que decidió la guerra civil en favor de Franco; quizá sea así, pero no fue una intervención del estilo de las de la Madre de Dios, sino la intervención del general alemán von Richthofen y de las bombas de sus escuadrones que llovían desde el cielo las que decidieron la cuestión».  Adolf Hitler.

      

  
      Se cumple hoy, 26 de abril, el 80 aniversario del bombardeo de Gernika (de 7.000 habitantes, entonces. El día del bombardeo era lunes de mercado y habría unas 12.000 personas) por la Legión Cóndor alemana al mando de Wolfram von Richthofen, y la Aviación Legionaria italiana. El ataque duró 3 horas y participaron alrededor de 43 aviones.
 
      Casi un mes antes, el 31 de marzo de 1937 la Aviación Legionaria italiana había bombardeado Durango dejando 340 muertos a su paso.


  

      «El primer avión apareció hacia las cuatro de la tarde y dejó caer algunas bombas. Al cabo de unos quince minutos tuvo lugar la primera oleada, tres aviones en formación triangular que volaban muy bajo. Así empezó el bombardeo sistemático de Gernika que se prolongó durante más de tres horas.

      “Su táctica consistió en arrojar primero bombas rompedoras ordinarias, luego racimos de pequeñas bombas incendiarias y simultáneamente, ametrallar al personal al descubierto, no sólo el que se encontraba en la ciudad, sino también en sus alrededores e incluso en las anteiglesias comarcales”. Martínez Bande. Vizcaya.
 
      Durante el bombardeo se lanzaron sobre Gernika un mínimo de 31 toneladas de bombas. El centro urbano de la villa, de menos de 1 km2, quedó totalmente arrasado. El 85,22% de los edificios -un total de 271- fueron totalmente destruidos y el resto parcialmente afectado. Las bombas incendiarias provocaron un incendio que no pudo ser sofocado en varios días.

      El Gobierno de Euskadi registró 1.654 víctimas mortales. El alcalde de Gernika, Jose Labauria, expresó que más de mil personas habían perdido la vida en Gernika, entre ellas, 450 en el refugio de la calle Andra Mari. El padre Eusebio Arronategi, que como Labauria estuvo en Gernika durante el bombardeo y los días posteriores colaborando en las labores de rescate e identificación de los cadáveres, expresó que vio "a miles de sus conciudadanos asfixiados, muertos y heridos". 38 testigos presenciales, incluidos todos los reporteros internacionales que acudieron a Gernika, secundaron estas cifras.

      "Cuando pasó el bombardeo, la gente salió de sus refugios. Nadie lloraba. Sus rostros mostraban asombro. Ninguno de nosotros podía comprender lo que veía. Al ponerse el sol, aun no podía verse más allá de los 500 metros. Por todas partes causaban estragos las llamas y ascendía un pesado humo negro". Alberto de Onaindía. Recogido por Hans Christian Kirsch: Der Spanische Bürgerkrieg in Augenzeugenberichte.

      Cuando cayeron las primeras bombas la gente buscó cobijo en los lugares que consideraron más seguros o sencillamente en los sitios que estaban a su alcance. Además de los refugios municipales, también se podía acudir a las fábricas, a las bodegas y a los sótanos de los edificios. Hubo personas que prefirieron abandonar la villa y se ocultaron en el monte, entre los matorrales, en las huertas y en los caseríos, incluso en las zanjas.

     "Cuando a las cuatro y media de la tarde, estaba comprobando las sumas de la precitada liquidación en la oficina de los contratistas de la calle San Juan [...] vimos un avión que daba vueltas sobre la villa y se marchaba hacia Amorebieta, después de soltar tres bombas explosivas sobre diferentes puntos de la villa. La gente que como día feriado era numerosa, asustada, se guareció en los refugios o huyó hacia los bosques y caseríos cercanos. Yo me amparé en el refugio que habíamos hecho en los sótanos y allí aguanté, una hora aproximadamente, el bombardeo ininterrumpido [...]". Castor Uriarte, Bombas y mentiras sobre Guernica.

      Información cogida de la web Fundación Museo de la Paz de Gernika».




      «Vimos cosas terribles.Vimos a una familia que conocíamos porque vivía en nuestra calle esconderse en un bosque. Allí estaban la madre, dos hijos y la abuela. Los aviones volaron en círculos sobre ellos durante un largo tiempo y, al fin, aterrorizados, les obligaron a salir de su refugio. Se refugiaron en una zanja. Vimos a la abuelita cubrir al niño con el delantal. Los aviones volaron bajo y los mataron a todos en la zanja, excepto al niño. Pronto se puso en pie y empezó a vagar por el campo, llorando. Y lo mataron a él también.

      Todos estaban siendo ejecutados. Había cuerpos por todo el campo. Más tarde tuvimos que recogerlos con cestas. Muchos de ellos. Después de un tiempo los aviones se marcharon y volvimos a entrar en Gernika. No era sino una ruina humeante». Imanol Aguirre, testigo del bombardeo.





      A las 19:52 horas del 23 de febrero 1945, 367 aviones Avro Lancaster y 13 Havilland Mosquito, de la Royal Air Force del Reino Unido comenzaron a bombardear la ciudad alemana de Pforzheim.

      Los aviones lanzaron cerca de medio millón de bombas explosivas e incendiarias, con un peso total 1.825 toneladas. El centro de la ciudad ardió a los 10 minutos de caer la primera bomba. La columna de humo que se formó alcanzó los 3 km de altura.

      En un área de 3 por 1,5 km todo quedó destruido. Murieron 17. 600 personas, unas por las bombas, otras por el fuego y otras, que se habían arrojado al río Enz, contaminado por la composición química de las bombas incendiarias, murieron ahogadas. El bombardeo terminó a las 20:10 horas.

      El 4 de marzo aviones estadounidenses bombardean la ciudad y matan alrededor de 100 personas.

      El 7 de mayo de 1945 Alemania se rendía a los Aliados.

      Desde 1989 Gernika y  Pforzheim están hermanadas.






jueves, 16 de marzo de 2017

Video de promoción de Hades. La Era del Infierno




Nos desviamos hacia el interior del país por un camino que discurría paralelo a uno de los afluentes del Támesis. Poco a poco los arrabales de Londres fueron quedando atrás y nos vimos sumergidos en un paisaje campestre, donde de cuando en cuando emergía la mole blanca de una granja entre los equisetos y el follaje. Como surgidas de la nada, empezaron a aparecer de la espesura ruinas de edificios realizados con enormes bloques de piedra que me recordaron mucho a las construcciones incaicas.

El carruaje se detuvo en lo que parecía la plaza de una ciudad en ruinas. Ingleses y diablos de otras especies excavaban en zanjas abiertas dentro de un terreno acotado con estacas y cuerdas, en la misma plaza. A un lado habían levantado un campamento arqueológico con bungalós de madera.

(…) me condujo a una nave de madera levantada para albergar los resultados de las excavaciones, repleta de frisos y esculturas. Arqueólogos de bata blanca se afanaban sobre mesas repletas de vasijas rotas, pequeñas figuritas que representaban insectos y una miríada de cascotes de cerámica y otros objetos indescifrables.

Un joven diablo ocre, de facciones delicadas y agradables, se acercó al vernos. Llevaba una larga peluca rubia recogida en una coleta, y una bata blanca debajo de alas cristalinas que le caían, lacias, por la espalda hasta los «tobillos». (Hades. La Era del Infierno).



Ir al video
Os presento el video de promoción que he creado para la novela Hades. La Era del Infierno.
La música la he bajado de Internet, de una página donde ofrecían música libre de derechos de autor. Se trata de Sarabande, de Georg Friedrich Haendel (1685 - 1759), un tema musical que empleó Stanley Kubrick (1928 - 1999) para la película Barry Lindon. He tratado de recuperar la página de música para incluir en los créditos el nombre del pianista, pero no lo he conseguido, lo cual lamento muchísimo.
Las ilustraciones de los dos casacas rojas provienen de una viñeta del comic Ticonderoga, de Hugo Pratt (1927 - 1995), modificadas para la realización del video.

miércoles, 8 de marzo de 2017

8 de marzo, Día Internacional de la Mujer




Marie Curie
       «Las mentiras son muy difíciles de matar pero una mentira que atribuye a un hombre lo que en realidad era el trabajo de una mujer tiene más vidas que un gato». Marie Curie.


      «¿Sabe usted qué papel ocupaban las mujeres en las Olimpiadas griegas? ¿La primera mujer griega? Le diré yo, el lugar 800.
      ¿Sabe cuántas mujeres hay entre los 100 primeros jugadores de ajedrez? Yo le diré: ninguna.»
      «Por supuesto que las mujeres han de ganar menos que los hombres, porque son más débiles, más pequeñas y menos inteligentes». Janusz Korwin-Mikke.

      La noche del pasado miércoles, en el Parlamento Europeo, Janusz Korwin-Mikke, eurodiputado ultraderechista polaco, respondía así a la eurodiputada española del PSOE Iratxe García que había defendido la equiparación salarial entre hombres y mujeres.

      «Se qué le duele y le preocupa que las mujeres puedan representar a los ciudadanos en igualdad de condiciones que usted. Yo vengo aquí a defender a las mujeres europeas de hombres como usted.», fue la respuesta de Iratxe García.

      No es ya una novedad el descubrir que el Parlamento Europeo es el desagüe de la mediocridad de algunos partidos, ni que algunos partidos europeos son en sí mismos auténticas cloacas, pero en el caso de Janusz Korwin-Mikke él, como polaco, debería saber que jamás llegará ni a los talones a la que fue Maria Salomea Sklodowska (1867- 1934), polaca de nacimiento, más conocida como Marie Curie. 

      Para entender que no debe haber una diferencia salarial (y de ningún tipo, porque es injusto) entre ambos sexos, no hace falta ser ni alto ni fuerte sino medianamente inteligente… y humano.


Emmy Noether
     

       «En el reino del álgebra, en el que los mejores matemáticos han trabajado durante siglos, ella descubrió métodos que han probado su enorme importancia... La matemática pura es, a su manera, la poesía de las ideas lógicas. ... En este esfuerzo hacia la belleza lógica se descubren fórmulas espirituales necesarias para conseguir una penetración más profunda en las leyes de naturaleza». Albert Einstein (1879-1955) en homenaje a Emmy Noether, matemática alemana (1882-1935).














lunes, 23 de enero de 2017

Balzac. La novela de una vida




Stefan Zweig
        «El inesperado éxito de mis libros proviene, según creo, en última instancia de un vicio personal, a saber: que soy un lector impaciente y de mucho temperamento. Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo, lo innecesariamente morboso de una novela, de una biografía, de una exposición intelectual. Solo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles que les quitan tensión y les restan dinamismo.»

       «Si algún arte conozco es el de saber renunciar, pues no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia.»
(Stefan Zweig).


      Estoy leyendo una biografía de Honoré de Balzac escrita por Stefan Zweig (1881-1942): Balzac. La novela de una vida. Los principios en las letras de Balzac no fueron nada fáciles. A los 20 años abandona la notaría en la que trabaja y anuncia que desea ser escritor, para sobresalto de sus padres. De mala gana, ante la firme voluntad del joven Honoré, estos acceden a financiarle: le darán 120 francos al mes durante dos años. Estos dos años son el plazo que tiene Balzac para lograr hacerse con un nombre y vivir de su talento literario, en el que nadie cree, o deberá regresar a la notaría.

Honoré de Balzac
      La madre de Balzac, en total desacuerdo con la decisión de su hijo de ser escritor, le alquila una habitación de tres al cuarto en París, en el número 9 de la calle Lesdiguières, con el ánimo oculto de desanimarlo. Un desván penoso y desagradable que costaba 5 francos mensuales. Por mobiliario, la madre le proporciona una incómoda cama y una mesa y dos sillas, viejas.

      Balzac se encarga de empapelar las tristes paredes, instalar los libros que lleva consigo (no muchos), preparar las hojas y las plumas para escribir. Para alumbrarse dispone de una vela en una botella y un poco de petróleo para el quinqué. Dispone de dos años para convertirse en escritor profesional, la cuestión es que no sabe qué va escribir. En la cabeza de Balzac flota la idea crear una obra maestra, pero ¿de qué clase? ¿Teatral, filosófica? ¿Novela, poesía, cuento?

      Leyó incansablemente decenas de libros, buscando un tema para su futura obra y para aprender el oficio de escritor:

      «No hacía nada más que estudiar para formar mi estilo, hasta que comprendí que acabaría perdiendo la razón.»

      Balzac había decidido escribir una obra filosófica, pero abandona la idea tras dos meses de intentos. Escribir una novela lo ve lejos de sus posibilidades. Aún está verde como escritor. Tal vez un drama histórico. Otra vez lee libros y más libros en busca de un tema. Encuentra uno: Cromwell. Escribe a su hermana Laure para comunicarle su decisión:

      «Me he fijado al fin en el tema de Cromwell y lo he escogido porque es el más espléndido de toda la historia moderna.»


      Está decidido a escribir Cromwell, un drama en verso, y su decisión es firme. Sin embargo, duda de su talento:

      «Las ideas se me acumulan, pero me veo impedido de continuo por mi poco talento en el arte de versificar.»

      Se encierra en su cuchitril de París y no sale nada más que para comprar pan, fruta y café. En el invierno el frío se hace insufrible. Se abriga con una manta de lana y un chaleco de franela. Le pide a su hermana que le envíe un mantón y a su madre que le haga un gorro de punto. Durante el proceso de creación de Cromwell a veces se siente desamparado e inseguro.

      «Todas mis aflicciones tienen su origen en mi reconocimiento del poco talento que tengo.»

      Desea escribir una obra de arte magnífica, intemporal, que marque un hito en la literatura. Pero duda... Le escribe a Laure:

      «… te ruego que no me digas nunca, cuando me hables de mis obras: “Esto está bien”. Debes limitarte a mostrarme mis errores; guárdate los elogios.»

      En enero de 1820 ha terminado el primer borrador de Cromwell. Han pasado cuatro meses. En mayo regresa a la casa de sus padres con la obra corregida y resuelta. Balzac va someterla al juicio de su familia y algunos amigos relevantes que han sido invitados para una lectura en público. La madre se encarga de pasar a limpio el manuscrito, que se encontraba plagado de tachaduras. El Cromwell no satisface al auditorio familiar, que no se siente competente para juzgar el valor literario de la obra. Se recurre a un profesor de literatura de prestigio, con algunas obras dramáticas publicadas, y se le solicita su opinión. Este recomienda al joven Balzac que practique la literatura de forma subsidiaria, mientras se gana la vida con una lucrativa profesión. Balzac no piensa renunciar a su vocación. Su respuesta es la de un creador nato:

      «Si yo aceptara una colocación, estaría perdido. Me convertiría en un chupatintas, en una máquina, en un caballo de circo que da sus treinta o cuarenta vueltas y come, bebe y duerme en las horas señaladas; me convertiría en una criatura vulgar. Y a esto se le llama vivir, a este rotar como piedra de molino, a esa eterna repetición de las mismas, eternas cosas.»

      Aún no ha consumido todo el tiempo del plazo pactado con sus padres. Vuelve a su cuartucho de París dispuesto a luchar por sus sueños. Ha renunciado a la gloria y a convertirse en un escritor inmortal. Lo único que desea es ganarse la vida escribiendo. Descubre que la novela de masas es la forma más rápida para obtener dinero. Es la literatura del momento. Sigue la línea de los escritores que triunfan. Y de nuevo fracasa. Ha pasado un año y medio. El 15 de noviembre de 1820 sus padres le comunican que el 1 de enero de 1821deberá abandonar el cuartucho de Paris y regresar al hogar. Parece que su carrera de escritor ha concluido. Nada indica que las cosas vayan a suceder de otra manera.

      Entonces la casualidad hace que conozca a un joven escritor sin ningún talento, Auguste le Poitevin de lʼEgreville. Este le propone escribir literatura basura, escribir deprisa novelas de ficción con un concreto número de páginas, robando la historia a otros escritores si fuera preciso. Auguste cuenta con un editor. Trabajarían en colaboración. Auguste le proporcionaría la historia y Balzac la escribiría. Las ganancias a partes iguales. Balzac está conforme. Firman como A. de Viellerglé (Auguste) y Lord Rʼhoone (Balzac).

      Más tarde se desligaría de Auguste y continuaría él solo durante años, vendiendo sin ningún escrúpulo su pluma al mejor postor. Resulta paradójico que una de las figuras más notables de la literatura francesa del siglo XIX deba su brillo a la literatura basura. De no haber recurrido a ella, la estrella de Balzac habría languidecido en un despacho de notario.






Goethe
      

«El hombre no puede permanecer siempre en estado consciente; debe repetidamente sumergirse en lo inconsciente, porque allí vive la raíz de su ser». (Goethe).