Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

domingo, 19 de junio de 2016

Curso de literatura europea



«¡Qué sabios seríamos si conociéramos cinco o seis libros!»
(Gustave Flaubert)

Gustave Flaubert
Se dice que Gustave Flaubert tardó cinco años en escribir Madame Bovary, en jornadas de seis horas, pero no acabo de creérmelo. ¿Se pueden emplear cinco años, al ritmo de seis horas diarias, en escribir una novela de alrededor 400 páginas? ¿En literatura de ficción, se puede inventar «algo» razonablemente bueno sentándose a escribir seis horas diarias, en plan galeote de las letras? Dostoievski invirtió quince días a toda máquina en escribir su novela El jugador. Oscar Wilde se encerró dos semanas en su casa para escribir El retrato de Dorian Gray. Es obvio que los dos llevaban las novelas más que pensadas antes de sentarse a escribirlas.

Estoy leyendo Curso de literatura europea, de Vladimir Nabokov (1899-1977). No me acaba de seducir. Quizá sea porque no lo estoy leyendo de la forma correcta. O pude que en estos momentos no tenga la mente receptiva a lecturas que tal vez requieren un estado de ánimo sosegado y libre de los nubarrones de la vida social. Algunos libros han de ser leídos en la estación del año adecuada. Son como las flores: no desprenden el mismo aroma si las olemos en los invernaderos. Es preciso que el lector esté en sintonía con el libro. Y yo ahora me encuentro offsite, en todos los sentidos.

Las primeras páginas del libro, las que hasta ahora más me han llenado, las dedica Nabokov a dar buenos consejos al lector sobre la actitud más adecuada ante una obra literaria de ficción, consejos que invitan a reflexionar:

«Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Nada tienen de malo las lunáticas sandeces de la generalización cuando se hacen después de reunir con amor las soleadas insignificancias del libro. Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a comprenderlo. Nada más injusto para con el autor que empezar a leer, supongamos, Madame Bovary, con la idea preconcebida de que es una denuncia de la burguesía.»

«Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo, de manera que la primera tarea consiste en estudiar ese mundo nuevo con la mayor atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión evidente con los mundos que ya conocemos.»

«El tiempo y el espacio, el color de las estaciones, el movimiento de los músculos y de la mente, todas estas cosas no son, para los escritores de genio (por lo que podemos suponer, y confío en que suponemos bien), nociones tradicionales que pueden sacarse de la biblioteca circulante de las verdades públicas, sino una serie de sorpresas extraordinarias que los artistas maestros han aprendido a expresar a su manera personal. La ornamentación del lugar común incumbe a los autores de segunda fila; estos no se molestan en reinventar el mundo; solo tratan de sacarle jugo lo mejor que pueden a un determinado orden de cosas, a los modelos tradicionales de la novelística.»

Vladimir Nabokov
«Las diversas combinaciones que un autor de segunda fila es capaz de producir dentro de estos límites fijos pueden ser bastante divertidas, pese a su carácter efímero, porque a los lectores de segunda les gusta reconocer sus propias ideas vestidas con un disfraz agradable. Pero el verdadero escritor, el hombre que hace girar planetas, que modela a un hombre dormido y manipula ansioso la costilla durmiente, esa clase de autor no tiene a su disposición ningún valor predeterminado: debe crearlos él. El arte de escribir es una actitud fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción.»

«El artista maestro asciende por una ladera sin caminos trazados; y una vez arriba, en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra? Con el lector jadeante y feliz. Y allí, con un gesto espontáneo, se abrazan y, si el libro es eterno, se unen eternamente.»

«… el buen lector es aquel que tiene imaginación, memoria, un diccionario, y cierto sentido artístico…»

«Cada cual tiene su propio temperamento; pero desde ahora os digo que el mejor temperamento que un lector puede tener, o desarrollar, es el que resulta de la combinación del sentido artístico con el científico. El artista entusiasta propende a ser demasiado subjetivo en su actitud respecto al libro; por tanto cierta frialdad científica en el juicio templará el calor intuitivo. En cambio, si el aspirante a lector carece por completo de pasión y de paciencia —pasión artística y paciencia de científico—, difícilmente gozará con la gran literatura.»

«La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando el lobo, el lobo, con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando el lobo, el lobo, sin que le persiguiera ningún lobo.»

«La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza siempre engaña.»

«Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.»



«Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal. Es ahí donde tiene lugar el estremecimiento revelador, aun cuando al leer debamos mantenernos un poco distantes, un poco despegados. Entonces observamos, con un placer a la vez sensual e intelectual, cómo el artista construye su castillo de naipes, y cómo ese castillo se va convirtiendo en un castillo de hermoso acero y cristal.»





domingo, 5 de junio de 2016

Blas de Otero

     



Blas de Otero
  

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

(EN EL PRINCIPIO, de Blas de Otero)






Paul McCarney
Paul McCarney, el ex Beatle, ha estado en Madrid. El pasado jueves. En el estadio Vicente Calderón. Ha actuado ante 40.000 incondicionales seguidores. Ha salido en todas las televisiones. «¡Qué pasa, troncos!», ha gritado en castellano, y ha gustado más este ¡qué pasa troncos!, en castellano, que si hubiera cantado siete veces siete Yesterday. De hecho, si se hubiera sentado en el escenario a comer un bocadillo mientras sus canciones sonaban en playback habría gustado lo mismo. La gente iba a verle a él, al mito. No todos los días pasa una estrella cerca de tu casa.
La que sí dio mordiscos a granel, y no precisamente a un bocadillo, fue una de las secretarias de Paul, encargada del avituallamiento, en la madrugada del miércoles, un día antes del concierto. Expulsada de una discoteca por comportamiento indebido, en estado de embriaguez, se lío a puñetazos, mordiscos y escupitajos con el personal de seguridad de la discoteca, primero, y luego con los policías que habían acudido a mediar en el altercado. Cualquiera de los 40.000 hubiera dado cien pavos por lucir en la piel la dentadura de Paul grabada a fuego. O por poder retener en un frasquito de perfume chino un salivazo, incluso un vómito, del Ex, pero no por el gargajo de una desconocida, por muy secretaria de Paul que sea. Los escupitajos de los desconocidos dan asco, y los mordiscos, desprovistos de su valor icónico, son lo que son. A la secretaria la dejaron en libertad, tras un juicio rápido en los juzgados de Plaza de Castilla, y pudo acudir al concierto sin ningún problema.


En Bilbao se celebra el centenario del poeta Blas de Otero. De las farolas de la Gran Vía y El Arenal cuelgan carteles recordando a los bilbaínos la efemérides.

Pido la paz y la palabra
Escribo
en defensa del reino
del hombre y su justicia. Pido
la paz
y la palabra. He dicho
«silencio»,
«sombra»,
«vacío»
etcétera.
Digo
«del hombre y su justicia»,
«océano pacífico»,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.

Blas de Otero nace en Bilbao, el 15 de marzo de 1916, en el convulso siglo XX, en una familia acomodada. Estudia  la primaria en el colegio de Juana Whitney, madre de la pedagoga y humanista María de Maeztu Whitney (Vitoria, España, 18 de julio de 1881 – Mar del Plata, Argentina, 7 de enero de 1948), y el preparatorio e ingreso de Bachillerato lo hace en los jesuitas. De niño odiaba el colegio y adoraba la vida familiar. A su institutriz francesa, Isabel, más tarde le escribiría un poema:

Mademoiselle Isabel

Mademoiselle Isabel
Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésta, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en ésa.

Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le...le..., oh Isabel,
Isabel..., tu jardín tiembla en la mesa.

De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa

rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
-mademoiselle Isabel- y de mi cielo.


Al arruinarse económicamente, la familia se traslada a Madrid. Allí, un Blas de Otero adolescente, descubre su vocación literaria. Cuando tenía trece años, muere su hermano, de dieciséis años, y tres años después su padre. Su carácter se agria por esta causa y Blas empieza a obsesionarse con la muerte. La desaparición del padre ha empeorado la ya precaria situación económica y la familia y regresa a Bilbao. Blas tiene que hacerse cargo de la manutención de la familia. Mientras estudia Derecho por libre, a la vez trabaja. Esta situación le supera y en su salud emocional se producen fisuras por las que se cuelan graves crisis nerviosas. Encuentra consuelo en la religión, la amistad y el arte. Su vida religiosa es muy intensa (1933–1944): firma sus poemas como «Blas de Otero, C. M»: Congregante Mariano.

Ecce homo

En calidad de huérfano nonato,
y en condición de eterno pordiosero,
aquí me tienes, Dios. Soy Blas de Otero,
que algunos llaman el mendigo ingrato.

Grima me da vivir, pasar el rato,
tanto valdría hacerme prisionero
de un sueño. Sí es que vivo porque muero,
¿a qué viene ser hombre o garabato?

Escucha cómo estoy, Dios de las ruinas.
Hecho un cristo, gritando en el vacío,
arrancando, con rabia, las espinas.

¡Piedad para este hombre abierto en frío!
¡Retira, oh Tú, tus manos asembrinas
-no sé quién eres tú, siendo Dios Mío!


Acaba Derecho en 1935.  Durante la Guerra Civil combate en el bando nacional. En el 41 trabaja como asesor jurídico. Crece su prestigio de escritor. En 1943 deja el trabajo y se traslada a Madrid para matricularse en Filosofía y Letras. La universidad no cubre sus expectativas intelectuales y retorna a Bilbao. Su hermana mayor, que sustenta a la familia, enferma y debe dejar el trabajo. A Blas le mortifica el sentimiento de culpa por haber abandonado a su familia: quema sus poemas, en un arranque de furor expiatorio. Enseña Derecho por libre y a la vez que prepara oposiciones. En el 45, una crisis nerviosa le recluye en un sanatorio: sus convicciones religiosas se hacen pedazos. Su fama como poeta crece de forma desbordante. En 1952 se autoexilia en París y, como un péndulo que sujeto firmemente a uno de sus extremos y al romperse el anclaje oscila con fuerza hacia el otro, Blas de Otero se afilia al Partido Comunista.

Campo de amor
Si me muero, que sepan que he vivido
luchando por la vida y por la paz.
Apenas he podido con la pluma,
apláudanme el cantar.

Si me muero, será porque he nacido
para pasar el tiempo a los de detrás.
Confío que entre todos dejaremos
al hombre en su lugar.

Si me muero, ya sé que no veré
naranjas de la China, ni el trigal.
He levantado el rastro, esto me basta.
Otros ahecharán.

Si me muero, que no me mueran antes
de abriros el balcón de par en par.
Un niño, acaso un niño, está mirándome
el pecho de cristal.


Regresa a España y se dedica a viajar por Castilla y León. Vive de su trabajo, cuando puede, y de las ayudas de la gente que iba conociendo.

Se traslada a Barcelona (1956―1959). Gana los premios Premio de la Crítica en el 58 y el el Premio Fastenrath en el 61. En 1964 se instala en La Habana. Se le otorga el Premio Casa de las Américas. Se casa con la cubana Yolanda Pina. A los tres años se divorcia y regresa a Madrid. Desde 1969 hasta su muerte su compañera sentimental sería Sabina de la Cruz, la cual le propició un mundo maravilloso mundo de armonía interna.

Cartilla (poética)
La poesía tiene sus derechos.
Lo sé.
Soy el primero en sudar tinta
delante del papel.

La poesía crea las palabras.
Lo sé.
Esto es verdad y sigue siéndolo
diciéndola al revés.

La poesía exige ser sinceros.
Lo sé.
Le pido a Dios que me perdone
y a todo dios, excúsenme.

La poesía atañe a lo esencial
del ser.
No lo repitan tantas veces,
repito que lo sé.

Ahora viene el pero.

La poesía tiene sus deberes.
Igual que un colegial.
Entre yo y ella hay un contrato
social.

Ah las palabras más maravillosas,
«rosa», «poema», «mar»,
son m pura y otras letras:
o, a…

Si hay un alma sincera, que se guarde
(en el almario) su cantar.
¿Cantos de vida y esperanza,
serán?

Pero yo no he venido a ver el cielo,
te advierto. Lo esencial
es la existencia; la conciencia
de estar en esta clase o en la otra.

Es un deber elemental.


Blas de Otero muere de una embolia pulmonar el 29 de junio de 1979, en Majadahonda (Madrid). Su sepultura se encuentra en el cementerio civil de Madrid.

HOMBRE
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!