Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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sábado, 29 de noviembre de 2014

Black Friday



      Hoy han encendido las luces de Navidad. Aún es pronto, y hay quien considera un despilfarro hacerlo por estas fechas. En el Ayuntamiento se han curado en salud: dicen que es para potenciar el comercio. Si no recuerdo mal, solían encenderlas para la Inmaculada. A mí me gusta ver la ciudad iluminada de esta forma.

      Las Siete Calles y la Gran Vía estaban abarrotadas. Hoy era el Black Friday, el día de las grandes rebajas, una costumbre que los comercios han importado de Estados Unidos, de ahí su nombre en inglés en vez de en castellano o euskera. En Estados Unidos las rebajas deben de ser espectaculares pero aquí son de poca chicha.

      En la Gran Vía los árboles estaban iluminados con lucecitas azul Bilbao, como todos los años. Desde el cielo parecerá un río luminoso. El azul Bilbao es un color azul subido con una pizca de rojo.

      Cerca de la Diputación había unos puestos donde vendían vinos y comida de Andalucía. Por los altavoces sonaba una guitarra con música andaluza. Resultaba extraño, pues por aquí es raro oír música de Andalucía en la calle, si es que se oye alguna vez. La guitarra, aumentada la resonancia por los altavoces, parecía que su música salía de las entrañas de la tierra. Era un placer escucharla, y evocador. De pronto me he sentido transportado a Granada, cuando por estas mismas fechas estuve allí hace ya mucho tiempo.

      Hacía unos estupendos 17º para pasear y ver escaparates. En la churrería que han puesto en El Arenal me he comprado media docena de churros. Estaban riquísimos. Pero engordan. La churrera los ha regado con un sunami de azúcar y cuando los he terminado creía que me iba a convertir en una caña de azúcar. Me habría gustado que el tiempo se hubiera detenido y que esta tarde no acabase nunca, o que se repitiera un día y otro, como a Phil en el Día de la Marmota. Sería maravilloso. Entonces me comería una docena de churros todos los días, en vez de seis.

      Desearía que el tiempo no pasase y que todo se quedara como está. Pero no va a ser así. ¡Qué pereza!