Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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sábado, 12 de julio de 2014

Kappa

      

      “Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos!” (Kappa, de Ryunosuke Akutagawa).


      Hace ya unos años que compré Kappa, la novela de Ryūnosuke Akutagawa, y ahora su delgado cuerpo de papel descansa bajo el peso de una montañita de libros, algunos tan hermosos como ella, la novela.
      Kappa es una de esas singulares lecturas que dejan huella. No se trata del buen sabor de boca que puede dejar un libro de pasar el rato, de lectura ligera y de «lo termino y paso a otro de igual hechura».
      El sabor de Kappa es refinado; emana un grato aroma que inunda los cinco sentidos; se lee de un tirón, y queda la pena de saber que se tardará en encontrar un libro de semejante categoría. Un auténtico placer, el leerlo; al menos lo fue para mí.

      ¿A qué lectores recomendaría Kappa? A los que disfrutan leyendo de todo un poco.
    ¿Qué son los kappas? Pues son seres mitológicos de los humedales del Japón, una mezcla de rana y tortuga, les gusta violar mujeres, comer niños y saciar la curiosidad. Su plato favorito es el pepino, que sin lugar a dudas lo prefieren a un niño.

      Ryunosuke Akutagawa, en Kappa, narra el fantástico viaje que hizo al mundo de los kappas el paciente número 23 de un psiquiátrico antes de enloquecer. La historia es una sátira de la sociedad japonesa de la primera mitad del siglo XX. Decía Ryunosuke Akutagawa que había tratado de emular Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.

      Los fragmentos del libro que aparecen aquí están cogidos de Internet. El motivo es que para buscar fragmentos en el ejemplar que yo poseo tendría que desmontar y montar la montañita de libros en la que está enterrado, lo cual me llevaría media tarde.

      «A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.
      Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:
      -¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.»

      «Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.
      -Porque se los comen a todos.
      Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que "se los comen". Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.
      -Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.
      -¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?
   -Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la "Ley de Matanzas de Obreros".»

      Ryunosuke Akutagawa nació y murió en Tokio (1 de marzo de 1892 - 24 de julio de 1927). Se suicidó ingiriendo veronal.