Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

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jueves, 23 de mayo de 2013

Lord Byron


Lo que tengo en estos momentos delante de mí es una biografía, un libro del que no recuerdo dónde ni cuándo lo compré. Tiene algo más de cien páginas, y gran parte de ellas son de papel cuché. Se ha conservado bien, y da gusto pasear por su interior. Huele a libro, un aroma que desconocerán las generaciones del futuro, y sabe a historia, la del poeta que mejor representa el espíritu del Romanticismo: Lord Byron.

Lo primero que leí del libro fueron unos fragmentos de pensamientos y cartas de Byron, que me impresionaron mucho; empezaban con esta frase: «Pocos han vivido más que yo». Y seguía:

George Gordon Byron (Lord Byron)
«Mis sufrimientos comenzaron a muy temprana edad; tan pronto, que muy poca gente me creería si quisiera precisar la época y los acontecimientos que los acompañaron. Probablemente, fue éste uno de los motivos de la precoz melancolía de mis pensamientos: haber tenido una experiencia prematura de la vida.»
«Muchas veces regreso con la imaginación a los días de mi infancia y me asombro de la intensidad de mis sentimientos en aquel tiempo: su recuerdo permanece imborrable aún hoy día. Mi pobre madre y después mis compañeros de colegio, con sus burlas, me habían acostumbrado a considerar mi enfermedad como una terrible desgracia; después nunca he logrado superar este triste sentimiento. Es menester una gran bondad natural para poder vencer la amargura corrosiva que una deformidad física genera en el alma y que indispone contra todos 

Lord Byron era cojo. Padecía la enfermedad de Little.

«Amo la naturaleza y admiro la belleza. Soy capaz de soportar la fatiga, las privaciones no me arredran, y he visitado algunos de rincones de los más bellos del mundo. Pero por todas partes hállanse diseminados amargos recuerdos, en especial, de mi más reciente e íntima desventura.» 

Este párrafo me recuerda al monólogo del replicante Roy, en Blade runner. 

«Jamás lograré hacer comprender a la gente que la poesía es la expresión de una pasión que se inflama, pero que no existe una vida entera de pasión, como tampoco existe una fiebre perenne o un terremoto sin descanso. Por otra parte, ¿quién podrá hallarse en tal situación?»

«Mientras escribí los excesos y absurdos que han deformado el gusto del público, me han aplaudido como un eco; hoy, en cambio, cuando en los últimos tres o cuatro años he dado a luz cosas que no se deberían “dejar morir” (como dice Milton), toda la piara ronca y gruñe y se revuelca en sus inmundicias. Sin embargo, es justo que yo deba expiar mi culpa por haberlos corrompido, puesto que nadie ha contribuido más que yo, con mis primeras obras, a producir aquel estilo exagerado y falso 

George Gordon Byron nació el 22 de enero de 1788, en Londres. Su madre fue Catherine Gordon, escocesa de buena familia; mujer rellenita, de nariz grande, y un patrimonio de veintitrés mil libras esterlinas que sedujo al futuro padre de Byron, el apuesto capitán John Byron, apodado «Jack el Loco» no por nada. A los tres años, «Jack el Loco» había dilapidado la mayor parte del patrimonio de Catherine.

Lord Byron murió el 19 de abril de 1824 en Missolonghi, Grecia, a causa de una fiebre mal curada.

Nosotros, que nos gusta soñar y escribir, debemos algo al genial y atormentado Lord Byron, me parece. 

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                                          OSCURIDAD, de Lord Byron

Tuve un sueño que no era del todo un sueño. El brillante sol se apagaba, y los astros vagaban apagándose por el espacio eterno, sin rayos, sin rutas, y la helada tierra oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.

La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día, y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror de esta desolación, y todos los corazones se congelaron en una plegaria egoísta por luz, y vivieron junto a hogueras, y los tronos, los palacios de los reyes coronados, las chozas, las viviendas de todas las cosas que habitaban, fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron, y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas para verse de nuevo las caras unos a otros.

Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo de los volcanes, y su antorcha montañosa, una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía; se encendió fuego a los bosques, pero hora tras hora fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza tenían un aspecto no terreno cuando de pronto haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían; y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban sus pilas funerarias con combustible, y miraban hacia arriba suplicando con loca inquietud al sordo cielo, el sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,  rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo, y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron y se enroscaron escondiéndose entre la multitud, siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.

Y la Guerra, que por un momento se había ido, se sació otra vez; una comida se compraba con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor.

Toda la tierra era un solo pensamiento y ése era la muerte inmediata y sin gloria; y el dolor agudo del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne; el magro por el magro fue devorado, y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno, y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres, hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida, sino que con un gemido piadoso y perpetuo y un corto grito desolado, lamiendo la mano que no respondió con una caricia, murió.

De a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos de una ciudad enorme sobrevivieron, y eran enemigos; se encontraron junto a las agonizantes brasas de un altar donde se había apilado una masa de cosas santas para un fin impío; hurgaron, y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas en las débiles cenizas, y sus débiles alientos soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama que era una ridícula; entonces levantaron sus ojos al verla palidecer, y observaron el aspecto del otro, miraron, y gritaron, y murieron.

De puro espanto mutuo murieron, sin saber quién era aquel sobre cuya frente la hambruna había escrito “Enemigo”. El mundo estaba vacío, lo populoso y lo poderoso era una masa, sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida; una masa de muerte, un caos de dura arcilla.

Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos, y nada se movía en sus silenciosos abismos; los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar, y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían dormían en el abismo sin un vaivén.

Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas, antes ya había expirado su señora la Luna; los vientos se marchitaron en el aire estancado, y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba de su ayuda… Ella era el universo.




martes, 7 de mayo de 2013

Relato oriental



El hombre cogió de las riendas al burro y tomó el sendero del sur; era alfarero, y había cargado al burro con botijos, platos, vasijas, tinajas, cazuelas y otros productos de barro salidos de su taller, que pensaba vender en la feria de Damasco. A su lado caminaba su hijo, un adolescente de trece años. El padre había pensado que el chico ya tenía edad suficiente para conocer las incomodidades del oficio, y le había animado a que lo acompañase.


Era la primera vez que el chaval realizaba el viaje, y sus piernas no estaban hechas todavía a subir y bajar pendientes.

 —Sube al burro —le dijo el padre, al ver que el chico daba muestras de cansancio.

Cuando pasaron por una aldea, alguien gritó:

—Mirad ese chaval. ¡Qué haragán! ¡El padre, casi un anciano, va a pie, mientras él viaja cómodamente en el burro!

Como el padre oyó el mismo comentario en otras aldeas, le dijo al chaval:
—Baja del burro, hijo mío, y me subo yo. No demos más qué hablar.

Y cuando pasaron por una aldea, alguien gritó:
—¡Qué desvergonzado! El niño va a pie mientras su padre, un hombretón en lo mejor de la vida, viaja cómodamente en el burro. ¡Miradle al pachorra! 


Como el padre oyó el mismo comentario en otras aldeas, le dijo al chaval:
—Será mejor que ninguno de los dos se monte en el burro, hijo mío, así no daremos qué hablar.

Y cuando pasaron por una aldea, alguien gritó:
—¡Serán tontos esos dos! Tienen un hermoso burro y van andando. ¡Los hay zoquetes! 

Como el padre oyó el mismo comentario en otras aldeas, le dijo al chaval:
—Hijo, subámonos en el burro y no demos más qué hablar.

Y cuando pasaron por una aldea, alguien gritó:
—¿Será posible? Ved como llevan esos dos al pobre borrico, cargado hasta arriba de tinajas, que va echando el bofe; y no contentos se montan ellos también. ¿Habéis visto mayor crueldad? ¿No podrían bajarse y llevar ellos parte de la carga?

Como el padre oyó el mismo comentario en otras aldeas, le dijo al chaval:
—Hijo, vamos a bajarnos del burro y a coger algo de la carga. No demos qué hablar.

Y cuando pasaron por una aldea, alguien gritó:
—¡En mi vida he visto nada igual! Esos dos tienen un burro ¡y llevan parte de la carga ellos mismos! ¡Mirad, mirad todos a esos tres asnos!

Como el padre oyó el mismo comentario en otras aldeas, le dijo al chaval:
—Hijo mío, por mucho que hagamos nunca podremos conformar a todo el mundo. Dejemos que la carga la lleve el burro, que para eso lo tenemos. Súbete en él, si estás cansado, y sigamos nuestro camino hacia Damasco sin preocuparnos de lo que digan los demás.


Éste es un relato oriental del cual no recuerdo el título, pero sí el contenido.