Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

lunes, 28 de enero de 2013

"Mierda de artista"



Hace un tiempo leí que en Internet se había hecho el siguiente experimento: se habían analizado los textos de más de una veintena de «escritores de Amazon», todos ellos autores en castellano de los más vendidos en esta editorial. Según los que llevaron a cabo el experimento —y si la memoria no me falla— apenas media docena de textos lograron superar la prueba y merecer que a sus autores se les llamase "escritores". Los demás no salieron muy bien parados.

No sé por qué los autores de Amazon despiertan tanto interés entre aquellos que, de no existir la compañía estadounidense, no les habrían dedicado ni dos renglones. ¿A quién le puede molestar que E. L. James se haya montado en el dólar vendiendo en Amazon su libro, Cincuenta sombras de Grey? ¿A quién le puede molestar que escritores desconocidos —a muchos de los cuales la industria del libro ha desterrado y condenado al ostracismo literario— publiquen por su cuenta en la web? A esta última pregunta la respuesta es que, seguramente, a nadie. Lo irritante, según parece, es que vendan; y que vendan bien parece  que es aún más irritante.

Si alguien piensa que a los escritores consagrados no se les puede sacar los colores es que todavía no se ha pasado por La fiera literaria.

Se puede alegar que los escritores independientes no aportan nada nuevo a la literatura, pero eso está por ver; aún no hay perspectiva suficiente. Si se los compara con los escritores consagrados, algunos de ellos premios noveles, salen perdiendo en la comparación, como es lógico; pero no sólo los indies, sino también los que han publicado con editorial.

Tampoco veo por qué hay que meterse con los lectores que leen a esos autores considerados malos escritores, ni llamarles, despectivamente, poco leídos o poco exigentes. Puede que lo sean; y si es así, ¿qué?, de lo suyo gastan. Cada cual emplea su tiempo y su dinero en lo que le da la gana, y en ello no hay nada censurable.

En septiembre de 2012 escribí una entrada titulada Escritores en Amazon, en la cual establecía un paralelismo entre los pintores impresionistas del siglo XIX y los escritores que publicaban en Amazon. Que artistas tenidos hoy por mediocres mañana puedan ser tenidos por genios es algo que ya ha pasado en la pintura. Paul Cézanne, de quien hasta los niños se burlaban por su manera de pintar, es considerado el padre de la pintura moderna. No veo por qué no puede suceder algo semejante en literatura.

El enemigo de la industria del libro y de la «buena literatura» no son los escritores de Amazon. El enemigo es Internet y las nuevas tecnologías. Sin embargo, que a nadie le quepa duda de que la industria del libro acabará dominando la situación, como siempre lo han hecho todas las industrias.
 
En 1961 el artista conceptual italiano Piero Manzoni presentó una obra titulada Mierda de artista, consistente en noventa latas que, según las etiquetas, contienen mierda de artista. Cada lata es considerada una obra de arte y se vende a precio más que de oro. Pues vale. De lo suyo gastan.

miércoles, 9 de enero de 2013

La Cruz de Hierro



En la película Stalingrado, dirigida por Joseph Vilsmaier, un hambriento pelotón alemán observa impaciente el descenso en paracaídas de un paquete con abastos que acaba de lanzar un avión de la Luftwaffe. Hundido en la nieve, el paquete es despojado de los sellos por los famélicos soldados; y mientras sus compañeros hurgan ansiosamente en busca de alimentos, uno se incorpora y se aleja unos pasos. En el paquete viajaban unas cajitas con condecoraciones, destinadas a los desmoralizados soldados de un exhausto 6º Ejército Alemán, cercado y agónico. El soldado ha cogido una condecoración y se la ha prendido en el pecho; sonríe feliz; las privaciones y la desolación que le rodean han desaparecido; el brillo de la medalla borra las penalidades de su rostro y le convierte en un héroe.


Parece que siempre estemos necesitados de medallas para sentirnos a gusto con nosotros mismos. Debe de ser algo propio de la condición humana. ¿Qué sentido tiene realizar una gran hazaña si no hay quien prenda en nuestro pecho la medalla Al Mérito? Las respuestas a esta pregunta suelen ser de manual: la superación de uno mismo, el respeto por el propio «yo», la satisfacción por el deber cumplido, y un largo etcétera de respuestas encomiables muy del gusto de nuestro súper ego. Pero en la realidad, en la vida social cotidiana, necesitamos que se reconozcan nuestros méritos y que se nos dé una palmadita en el lomo.

Dicen que la labor del escritor es una labor solitaria. Puede que, en realidad, se deba ser un solitario para escribir. Pero una vez concluida su obra, es raro el escritor que no busca el reconocimiento en el exterior, en los demás; y sufre y se desespera si ese reconocimiento no llega. Da igual que el escritor cuente con una personalidad madura, definitiva y asentada: buscará la aprobación de los demás, y no le importará si esa aprobación viene de personas a las cuales la literatura les interesa bien poco. Y cabe la posibilidad de que, si el reconocimiento no llega, el escritor dude de la calidad de su trabajo y termine por abandonar.


Henry James llevaba mal las críticas a sus obras, si no se ajustaban a lo que él deseaba oír, y se deprimía. Aunque dichos comentarios se hicieran por sus amigos con toda la buena fe del mundo. Edith Wharton, que lo conoció bien, definió al autor de Otra vuelta de tuerca y Las bostonianas como un solitario que no podía vivir solo. Puede que esta definición valga para los escritores sin editorial que vagan como almas en pena por Internet.

Henry James y Edith Wharton
  La escritora neoyorquina opinaba que un escritor no daría lo mejor de sí mismo hasta que no dejase de pensar en los lectores, los editores y las editoriales, y escribiese para ese «yo creativo» que vive en algún lugar en lo más profundo del alma del escritor.

No parece que ese «yo creativo» necesite de medallas, y no estaría de más intentar seguir el consejo de E. Wharton. 

Pero resulta tan difícil hacerlo…