Y qué harás ahora

¿Y qué harás ahora, mi querido hijo de ojos azules? ¿Y ahora qué harás, mi joven querido? Voy a regresar afuera antes de que la lluvia comience a caer, caminaré hacia el abismo del más profundo bosque negro, donde la gente es mucha y sus manos están vacías, donde el veneno contamina sus aguas, donde el hogar en el valle encuentra el desaliento de la sucia prisión y la cara del verdugo está siempre bien escondida, donde el hambre amenaza, donde las almas están olvidadas, donde el negro es el color y ninguno el número, y lo contaré, lo diré, lo pensaré y lo respiraré, y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas puedan verlo, luego me mantendré sobre el océano hasta que comience a hundirme, pero sabré bien mi canción antes de empezar a cantarla. (A hard rain`s a-gonna fall. Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura 2016)


feliz 2018

feliz 2018

lunes, 16 de diciembre de 2013

Europa, un buen negocio



«Toda opinión tiene una opinión contraria de igual peso.» (Michel de Motaigne).

Estoy viendo por la tele imágenes que llegan de Ucrania: miles de manifestantes atiborrando una plaza en medio de una intensa nevada. Enfrente, los manifestantes tienen a los antidisturbios, con los cascos ocultos bajo una capa de nieve, que cargan contra ellos como lo harían los antidisturbios en cualquier otra parte del mundo: sin miramientos.

Los reporteros entrevistan a algunos manifestantes. «Es el futuro lo que nos jugamos», dicen la mayoría. Pelear por un futuro mejor ha sido el motor de todas las revoluciones, por eso entiendo que los manifestantes aguanten el frío y los golpes de los antidisturbios. Entonces, cuando me entero de lo que les lleva a soportar tantas penalidades, no salgo de mi asombro: quieren que su gobierno firme un acuerdo para que Ucrania entre en la Unión Europea. Al parecer, la mitad de los ciudadanos de Ucrania están a favor de que su país entre en la Unión Europea y la otra mitad de que entre (o siga) en la órbita de Rusia.

Desconozco lo que supone estar en la órbita de Rusia, pero sí sé que estar en la órbita de Alemania significa acabar como la Luna: llena de cráteres y sin vida. Sé lo que ha significado para los ciudadanos que el pabellón azul, con su corona de espinosas estrellas, flamee en las instituciones.

En España nadie consultó a los ciudadanos si querían entrar en la Unión Europea.

La Unión Europea ha puesto de moda una palabra : «Recortes». Es la más oída y la más temible. Incluso más que la otra palabra que la Unión Europea también ha puesto de moda por aquí: «Rescate». Pero no tan temida como esta otra palabra: «Desahucios».



La Unión Europea es la unión de los banqueros, las multinacionales y los políticos corruptos contra el ciudadano, cada vez más indefenso y empobrecido. Son la nueva aristocracia, la del gobierno del pueblo pero sin el pueblo. Son los que nos meten miedo para que no protestemos, para amedrentarnos y poder arrebatarnos los derechos más elementales del ser humano.

Al final de la película Mátalos suavemente, dice Brad Pitt: «América no es un país, sólo es un negocio». Europa también.






lunes, 2 de diciembre de 2013

Cristina de Pizán.


      «De mujer me convertí en varón, por la Fortuna que así lo quiso; así me transformó ella, cuerpo y espíritu en un hombre natural, perfecto; antes, yo era mujer, ahora soy un hombre, no miento, mi paso lo demuestra claramente filósofos, poetas y moralistas, todos (...) parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina al vicio.» (Cristina de Pizán).

      «Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados... Yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter...» (Cristina de Pizán).

      «Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado. Pero, por más que intentaba volver sobre ello, apurando las ideas como quien va mondando una fruta, no podía entender ni admitir como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres. Al mismo tiempo, sin embargo, yo me empeñaba en acusarlas porque pensaba que sería muy improbable que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia -me parece que todos habrán tenido que disfrutar de tales facultades- hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras que me era casi imposible encontrar un texto moralizante, cualquiera que fuera el autor, sin toparme antes de llegar al final con algún párrafo o capítulo que acusara o despreciara a las mujeres....» (Cristina de Pizán).

      Se considera a Cristina de Pizán la primera escritora profesional de Europa. Nació en Venecia, hacia 1364, aunque la mayor parte de su vida la pasó en Francia. Cuando tenía cuatro años su padre, Tomas de Pizán, se trasladó a Francia con toda la familia, en donde trabajó como físico (médico) del rey Carlos V El sabio. En París, Tomás de Pizán hizo todo lo posible porque la pequeña Cristina estudiara y aprendiese; no así su madre, que hizo cuanto estuvo en su mano por apartarla del conocimiento intelectual y darle una educación más acorde con la de las mujeres de su época, centradas en el hogar, los hijos y el marido. En aquel tiempo las mujeres estaban consideradas seres inferiores al hombre, y la madre de Cristina había sido educada para aceptar este despropósito como cierto.

       «Mi madre me mantuvo ocupada con la rueca y otras tonterías de chicas (…) Me tuve que conformar con las migas académicas que caían de la mesa de mi padre.»

      A los quince años se casó con Etienne du Castel, de quien estuvo muy enamorada. En 1389 murió Etienne y Cristina, con veinticinco años, tuvo que hacerse cargo de los tres hijos habidos en el matrimonio, y además de su madre y de una sobrina.

      «Se abrió la puerta de nuestras desgracias (...) y yo, todavía joven, entré.»

      Tras la muerte de Etienne vino una época en que los acreedores se incautaron de las posesiones de la viuda, y la falta de dinero hizo vivir a la familia casi en la indigencia.

      «Cuando vi el cúmulo de dificultades que se me amontonaban encima, quise morirme.»

      Luchó por la herencia de su marido, metida en pleitos donde su condición de mujer provocaba las gracias malintencionadas del funcionario de turno.
«Soportando las bovinas risas de gordos beodos.»

      Para salir del trance, Cristina de Pizán tuvo que dedicarse a escribir, tarea que se consideraba propia de hombres, y en la que ella triunfó despertando la admiración de intelectuales y mecenas. Denunció en sus escritos la misoginia, imperante en la época. Murió en el año 1430, a la edad de sesenta y seis años. Su obra más famosa es La ciudad de las damas.

      

«Las mujeres pueden ser buenas y dulces. Ojalá, hijo mío, tú tengas la fortuna de conocer a una de ellas.» (Cristina de Pizán).




lunes, 25 de noviembre de 2013

Yo salté la tapia.

«Los saltos al otro lado de las tapias —especialmente cuando ya no se es joven— pueden ser extraordinariamente peligrosos. Para saltar con éxito se necesitan sentido del humor, espíritu aventurero y una firme convicción de que aquello sobre lo que se salta es un obstáculo en el que se terminará por tropezar.
Mi salto tuvo lugar el 26 de octubre de 1941.
En ese día abandoné el convento en el que, durante veintiocho años, había vivido en la clausura más absoluta, y salí al mundo.»

      Así es como empieza el capítulo primero del libro Yo salté la tapia. De nuevo en el mundo después de veintiocho años en un convento, escrito por la inglesa Mónica Baldwin. El prefacio está firmado en, Cornwall, febrero 1948. Puede que éste sea el año de su publicación.

      El libro que yo tengo está editado por «Ediciones Dinor S.L., San Sebastián, año1955». Es una segunda edición. El tomo está viejo y mohoso, lo compré el domingo 17 en una tienda de segunda mano. De él me encandiló el estilo de narrar de la autora, y el tema por lo raro. De momento sólo lo he ojeado, y puede que algún día lo lea. Bueno, a veces compro libros descatalogados por impulso, siempre que se ajusten a mi economía; este me costó 2,65€.

     Mónica Baldwin (1893-1975) fue sobrina del primer ministro británico Stanley Baldwin, primer Conde Baldwin de Bewdle (1867-1947). Ingresó en un convento de Agustinas en 1914, y permaneció en él hasta que en 1941 logró la dispensa papal de sus votos. Su nombre de religiosa era hermana Mary Cuthbert.

     Lo que sigue a continuación es el relato que hace Mónica Baldwin de su salida del convento, cuando su hermana Freda fue a recogerla. Más bien parece a cómo debe de ser el despertar de una persona tras veintiocho años de crionización.

      «Con mucha oportunidad vino a buscarme mi hermana Freda en una mañana helada y desapacible. Trajo consigo una atmósfera de ligera desaprobación y una maleta conteniendo las ropas que yo tenía que ponerme antes de hacer, por fin, mi salida al mundo.

      La serie de sustos que me esperaban empezó violentamente en mi primer encuentro con la ropa interior de actualidad. Estaba verdaderamente espantada. 

      Las ropas a la que yo estaba acostumbrada habían sido inventadas por la ascética rigurosa del siglo XIV (…)

      Así que cuando mi hermana me alargó un manojo de fantasías ligeras, de tamaño y aspecto aproximado a una tela de araña, me quedé perpleja.

      Ella dijo: “Aquí tienes tu muda de ropa interior. Ahora, la mayoría de las mujeres usan solamente bragas y un sostén; pero hoy hace frío y, por eso, he pensado que debías ponerte primero una camisa”.

      Examiné aquel objeto pensando en 1914. En aquellos días, una muchacha “decente” se ponía primero una larga camisa de lana, de escote alto y mangas hasta el codo, adornada con una fila de botones en forma de perlas en todo el delantero…

      Después vino la versión moderna del corsé. Era solamente una ligera tira de encaje, de la cual colgaban tiras de goma en un número sorprendente. Me pareció un gran adelanto sobre la idea del siglo XIV. El único inconveniente era que una tenía que escurrirse dentro de ella como una serpiente, puesto que no tenía cierres de ninguna clase.

   

   Lo que más me maravilló fueron las medias.

      La clase a que yo estaba acostumbrada eran unas cosas enormes, mucho más gruesas que las que los hombres usan para ir de excursión por los pantanos, y encogidas a fuerza de repetidos lavados, hirviéndolas hasta tener la forma y la consistencia de botas de montar. El par de medias que Freda me proporcionó era de seda, del mismo color de la piel, y tan transparentes que me maravillaba el pensar que la gente pudiera molestarse siquiera en usar una cosa semejante.

      Dije firmemente: “Freda, no puedo salir con semejantes medias. Parece que llevo las piernas desnudas”.

      Ella sonrió pacientemente.

      “Tonterías —dijo—. Todo el mundo las usa. Si salieras con otra clase de medias, te seguiría la gente”.

      (…) Pensaba qué se habría hecho de las camisolas de escote alto con sus adornos de pasacintas e incrustaciones, y de aquellos pantalones largos de algodón blanco, increíblemente anchos.

      La contestación a mi no formulada pregunta resultó ser una cosa etérea llamada braga, hecha aparentemente de tela de araña. Sentía que mis dientes castañeaban cuando me lo ponía (o hay que decir las ponía?).

      Todavía me esperaba otro susto.

      Me alargaron un objeto que solamente puedo describir diciendo que era un busto femenino, modelado con todo realismo. Era demasiado evidente que su objeto era dar importancia a unos contornos que en mi juventud siempre estaban decorosamente ocultos.
“Esto —dijo mi hermana— es un sostén”.

(…)

      El peor problema fue mi pelo.

      Durante veintiocho años había sido cortado casi al rape, como el de un condenado, y tapado con el increíble sistema de cubrecabezas instituido por la Orden a la que pertenecía (…) En verano era lo mejor para darle a una dolor de cabeza. El milagro, naturalmente, era que habiendo llevado todo eso durante tantos años, todavía me quedase algo de pelo.

      Sin embargo, unos dos meses antes de mi éxodo, me dieron permiso para dejármelo crecer. El resultado fue que mi cabeza se parecía a una “Golliwog” comida por la polilla. (“Golliwog”, muñeca de una clase especial, con el pelo corto y alborotado, muy en boga en 1914). Mi hermana, en previsión de esto, había tenido la inspiración de traerme un sombrero admirable. Aunque no era una toca ni una boina, ni un sombrero, combinaba las ventajas de las tres cosas. Me lo puse con un poco de aprensión. Quizá el efecto haya sido un poco frívolo; sin embargo, tapaba bastante satisfactoriamente mis pelos de bruja.

      Ahora estábamos en el umbral.

      Al cruzarlo pensé dos cosas. Una fue que la puerta, que en aquel instante se cerraba con llave tras de mí no era una puerta, sino una guillotina. Y acababa de cortar de cuajo separándolas de mí, radical e irrevocablemente, todas las cosas que durante veintiocho años habían constituido mi vida y nadie puede saber lo amarga que es esa sensación sin haberla experimentado personalmente.

      El otro pensamiento lanzaba luz sobre mí con la urgencia de un mandamiento:

“No mirarás hacia atrás.”

      Y supe instintivamente que si deseaba guardar el equilibrio en la cuerda floja que se extendía ante mí, tenía que dar un portazo, y continuar mirando en línea recta hacia adelante. De otra manera, tendría que sufrir el castigo.

      Crucé el patio y salí al pálido sol de octubre.

      Para bien o para mal, había saltado la tapia.»




martes, 19 de noviembre de 2013

ROSA LEON. Palabras para Julia.




https://www.youtube.com/watch?v=BjRVzdHJjWo



                                                     




Otro día

Estos días he estado un poco liado en la publicación del libro La invasión y otros relatos. Son los ocho relatos que he escrito para el blog, sin contar el último, El alquiler

He tenido algún problema con Amazon; me decían que habían detectado que los relatos estaban publicados en Internet, gratis, y que no tenían muy claro si yo poseía la propiedad intelectual. Me daban un plazo de cinco días para sacarles de dudas o retirar la publicación de La invasión; si no lo hacía así, ellos se encargarían de anular mis publicaciones en Amazon. He tenido que quitar los relatos del blog, y, curándome en salud, he colocado el número de registro del libro en la primera página, debajo del título y del nombre del autor. Luego, más tiempo perdido, he puesto un primer precio algo alto al libro, pero ya lo he bajado a 0,99$.

 Otra cosa que me ha pasado es que la presentación del libro me sale repetida en Amazon, pero esta rectificación la haré más adelante, cuando haya pasado el periodo de la promoción gratuita, para no cargármela.


También estoy escribiendo una novela, que me lleva su tiempo; y me gustaría seguir escribiendo más cuentos, que no sé si publicaré en el blog, teniendo en cuenta los problemas que da. En el registro de la propiedad intelectual se mosquearon un poco cuando les dije que los relatos habían sido publicados en Internet. Les expliqué cómo eran las cosas y la sangre no llegó al río.

Y como además de escribir también me gusta leer, y ya se sabe que si queremos ser buenos escritores debemos leer, aunque luego no nos lean, pues entonces apenas tengo tiempo para el blog.


.

lunes, 21 de octubre de 2013

De museos

Esta semana ha sido mi semana de los museos. El miércoles estuve en una exposición retrospectiva del pintor impresionista Darío de Regoyos (Ribadesella, Asturias, 1857–Barcelona, 1913) en el Museo de Bellas Artes de Bilbao; se exhibían más de 130 obras repartidas entre óleos, pasteles, acuarelas, dibujos y grabados. La sala estaba abarrotada de gente, y había varias visitas guiadas; «En aquel tiempo, los impresionistas no estaban bien vistos por la burguesía, que era quien compraba cuadros, y había que tener mucho valor para arriesgarse a seguir esta tendencia», decía uno de los guía.
  

Hoy he ido al Guggenheim. En la 2ª planta había una exposición de Antoni Tàpies (Barcelona, 13 de diciembre de 1923 - 6 de febrero de 2012) titulada Del objeto a la escultura (1964–2009):

«Organizada de manera cronológica y temática, alternando el desarrollo temporal con el análisis de los temas, materiales y técnicas que ocupan al artista, la exposición permite apreciar nítidamente los elementos característicos del universo de Antoni Tàpies: desde su idea del muro hasta objetos como sillas, camas o libros, que constituyen parte de su vocabulario personal y que él transforma en esculturas de rasgos monumentales o en sutiles piezas de pequeñas dimensiones. La exposición descubre la constante preocupación de Tàpies por el problema escultórico y sitúa, por primera vez, a su escultura frente a sí misma.»

En una de las salas había una obra titulada Pila de plats (Pila de platos, 1970), y se trataba de una serie de platos soperos puestos uno encima de otro hasta formar una pila. Un poco más allá, en una visita guiada, un guía se había detenido ante un expositor y explicaba algo, abriendo los brazos y gesticulando de forma apasionada, mientras los componentes del grupo que dirigía miraban con detenimiento una masa arrugada de papel manchado con pintura. En otro expositor vi una obra titulada Trill (Trillo, 2009), que era un trillo, y a su lado había otra obra que era un palé, aunque no recuerdo cómo se titulaba, pero supongo que se titularía Palé porque eso es lo que era. Había también una silla con ropa, titulada Cadira i roba (Silla y ropa, 1970) y el asiento de paja de una banqueta; también había una butaca, titulada La butaca, o para decirlo de forma correcta, había una obra titula La butaca, que era una butaca. Una obra, definida como objeto-tapiz, se titulaba Armari (Armario, 1973), y se trataba un armario abierto, con ropa. Y había otras muchas obras de Arte Povera, de Antoni Tápies.

Salí de la exposición con el sentimiento de que los genios tienen el poder de los dioses, y que son capaces de convertir en oro cuanto tocan.

 




Estos días pienso mucho en los colegas escritores que tienen problemas en el trabajo; los veo aquí, en la Red, informando de que dichos problemas los mantendrán alejados durante una temporada. Desde aquí deseo que todo se les resuelva positivamente.

En un twuit he pillado una dirección que lleva a un artículo que trata sobre los escritores independientes. Se titula El escritor,Amazon y la literatura del futuro, y lo firma Antonio Ramos Zúñiga. Está muy bien. A ver si os gusta y se os alegra la cara. Pinchar en el título.


viernes, 4 de octubre de 2013

"Francisca", relato de Gerard F. Fast




            Francisca estrujó el paño, y un hilo de sangre tiñó el agua tibia de la jofaina. De fuera le llegó el sonido de un motor y se acercó a la ventana, sin dejar de asearse. El descuidado camino carretero descendía a través del pinar y, tras un interminable suplicio de curvas cerradas y baches, desembocaba en el pavimento negro de la carretera comarcal, dos kilómetros más abajo. Desde la planta superior del caserío Francisca podía ver el camino hundirse en el pinar y disfrutar de una perspectiva privilegiada del valle; el caserío quedaba por encima del desmonte del camino carretero, en la curva que había a la entrada del pueblo.

 Un camión de mudanzas acababa de ascender el último tramo de cuesta; llevaba inscrito en letras blancas el nombre de la empresa de mudanzas en la loneta verde de la caja. La máquina, un moderno Hispano-Suiza de 1914,  resoplaba y tosía como un animal enfermo, expulsando gases negros por el tubo de escape; tras echar los restos, se detuvo frente a la casa del pintor. Éste abría la cancela del jardín justo en ese momento.

Francisca se secó cuidadosamente las ingles, sin quitar ojo a lo que sucedía en la calle. De la caja del camión habían saltado dos mozos de cuerda vestidos con blusas azules, y otros tres surgieron luego de la cabina; uno de ellos habló con el pintor, y poco después todos juntos recorrían el camino de losas del jardín y entraban en la casa.

Francisca cogió el paño de lino que estaba doblado sobre el mueble de la jofaina y se lo colocó entre las piernas; luego se subió la braga, acomodó el paño con la mano y soltó la enagua, que cayó pesadamente desde la cintura hasta los tobillos. Antes de asearse se había quitado el delantal y la falda y los había puesto sobre la cama de matrimonio.

Una vez abajo, entró en la cocina, fue hasta el fogón, de un puchero se sirvió café recién hecho, apartó la chapa con un gancho, echó una paletada de carbón y puso leche a calentar. A un lado del fuego un cocido de garbanzos, recién hecho, había impregnado el ambiente con su aroma denso. María, la madre de Francisca, elegía alubias en la mesa, y a su lado la pequeña Águeda, de cuatro años, partía trozos de hogaza y los echaba en un tazón.

―Si sigues echando migas de pan a la leche luego no vas a querer tomarla ―le advirtió María a la niña, apuntándola con el dedo.
―¡Sí la voy a querer tomar! ―respondió muy resuelta Águeda, sin apartar la vista del tazón.

Francisca giró la cabeza y por unos instantes posó sus negros ojos en la pequeña Águeda. El suave perfil de la niña le recordaba al de los angelitos de las estampas, y su cutis delicado, y su pelo sedoso, le arrancaban brillos en lo más profundo y umbrío de su ser.

Antes de tener a la niña, a Francisca le solían asaltar inquietantes episodios de melancolía durante los cuales el discurrir de la vida en el caserío resultaba una carga fastidiosa, sofocante e ineludible. Las nubes posadas sobre el horizonte montañoso, el murmullo de los arroyos, el aroma de los prados, la lluvia, el viento ―toda la naturaleza―, le producían un irreprimible deseo de absorberlos, de introducirlos dentro de sí y expulsarlos luego en forma de algo que ella no conseguía definir, algo así a como quien gesta y alumbra un hijo. Entonces le invadían angustiosos deseos de dejarlo todo ―a su marido, a su madre, al caserío― y huir a no sabía dónde, y comenzar una nueva vida en otro lugar, remoto y desconocido. Cuando esto sucedía, notaba como si en sus entrañas un lobo hambriento le estuviera devorando la juventud, día tras día, hasta que de ésta no quedara sino el reflejo de una piel arrugada, pegada a las sinuosidades del rostro. Normalmente estos episodios de desaliento afloraban al comienzo de cada estación y se iban atemperando a medida que éstas discurrían. 


Otras veces tenía sueños en los cuales estaba lejos de sus montañas, y se veía a sí misma muerta de miedo, perdida en una ciudad laberíntica, de amenazadores pasadizos y tenebrosas callejuelas, en donde rostros huraños y huidizos pasaban a su lado sin apiadarse ni de su expresión asustada ni de sus lágrimas. Y cuando se despertaba de estos sueños, angustiada, temblando y sudando, se agarraba a la rutina con la energía y desesperación con que el náufrago se ase a la tabla, y entonces no deseaba más que permanecer en el caserío para el resto de sus días y envejecer al amparo de las protectoras paredes centenarias, las cuales el paso del tiempo había robustecido. Entonces Francisca cerraba los párpados y se deleitaba con la dulce visión de una apacible vejez, sin privaciones; imaginaba el presente y el futuro, unidos por un gran costurón de arrugas que sellaba definitivamente los miedos y las angustias del pasado; imaginaba las pupilas apagadas de la vejez, ya sin el aterrador brillo de los soñadores ojos juveniles; imaginaba la paz y la tranquilidad de la última etapa, la vida deslizándose suavemente...; y se dejaba llevar…

Puedes seguir leyendo el relato en  La invasión y otros relatos.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Escritores

No sé qué me pasa, pero de un tiempo a esta parte no puedo quitarme de encima la sensación de sentirme como la zorra de la fábula de Esopo, que desprecia las uvas que no puede alcanzar, aun deseándolas, y exclama: «¡Bah!, si no están maduras». 



Escribir por escribir, sin una meta, a la larga puede llegar a ser una distracción pesada que yo terminé por abandonar cuando descubrí que, para evadirme de la realidad, no necesitaba poner en papel aquello que imaginaba. Pero un día se me ocurrió que tal vez podría ser un escritor profesional, y a partir de ese día perseguí las uvas altas de la parra, las que parecen más sabrosas, vistas desde abajo. Salté, pero eran los saltitos patosos de un ambicioso poco entrenado. Me preparé a fondo, y los saltos que daba me llevaban alto, tan alto que podía ver las deliciosas transparencias ambarinas del sol al atravesar las uvas y oler el aroma meloso de éstas. Sin embargo, a pesar del aplicado entrenamiento, los racimos parecían estar cada vez más altos. A pesar de todo, yo seguía saltando y rebotando en el suelo, sin parar, sin darme cuenta de que me había convertido en una pelota de ping-pong,  en vez de un escritor.

Hoy estamos a mediados de septiembre. En la hoja del calendario hay escrita en mayúsculas, en letras grandes, en euskera, la palabra otoño: «UDAZKENA». Al fondo se ve una antigua foto del Naranjo de Bulnes, manchado de nieve: «… una de las montañas más famosas e inexpugnables de España. Ubicada en el corazón de los Picos de Europa…», pone. Un montañero vestido con ropas antediluvianas está de pie, detrás de la última «a» de la palabra en euskera. Se parece a Groucho Marx. La foto parece antigua, de los felices años veinte, y la han coloreado. 

Ahora como las uvas del suelo, y miro con el rabillo del ojo los racimos altos, pero ya no los persigo. Pronto llegará el invierno, la nieve cubrirá las granos caídos y no habrá nada para comer; lo malo de estar abajo es que al llegar el invierno pasas hambre y frío…

Una extraña pereza me invade. El espíritu del ser humano debe de estar compuesto de músculos y tendones invisibles que se fatigan lo mismo que los de carne. No siento ganas de nada. Me gustaría envolverme en un ovillo de seda y dormir a pierna suelta en su interior. Pero no puede ser; la vida, lo real, está ahí, al acecho, y no respeta ninguna de mis fantasías. Es como una píldora amarga que hay que endulzar, si no con un poco de azúcar, como cantaba Mary Poppins en la película, sí con las palabras de esos grandes escritores que de tan humanos como eran sentimos que nos parecemos a ellos…, al menos en algo:








«Me importa un bledo el mundo, el futuro, lo que diga la gente, cualquier institución establecida, incluso la fama literaria, que en una ocasión me hizo pasar tantas noches sin dormir imaginándola. Ya está, así es como soy, tal es mi carácter.» (Gustave Flaubert).












«Dentro de una semana más o menos, partiré hacia Nueva York para encerrarme en una habitación de un tercer piso, a trabajar como un esclavo en mi "ballena" antes de que entre en prensa. Esa es la única forma de acabarla ahora, dado lo mucho que me distraen mis actuales circunstancias. Solo con la calma, la tranquilidad, el ánimo silencioso con que crece la hierba, debería un hombre componer siempre, cosa que, temo, rara vez poseo yo. Los dólares me condenan y el malicioso diablo está siempre sonriéndome, manteniendo la puerta entreabierta. Mi querido señor, me asalta un presentimiento: acabaré finalmente agotado y pereceré, como un molinillo viejo, hecho pedazos por el constante desgaste sufrido al moler una y otra vez. Lo que más me siento impelido a escribir es lo que está prohibido y no da dinero. Por lo que el producto final es malo, y todos mis libros son chapuzas.» (Herman Melville).






«Cuanto más se adentra uno en su propia alma, más se atreve a expresar sus más secretos pensamientos, y más se estremece uno al descubrirlos cuando están escritos, pues le resultan muy extraños, y en esa extrañeza está el mérito. Por este motivo es uno original, y si además es sincero, si tus palabras indican de verdad lo que sientes, entonces eres sublime.» (Stendhal).

«Uno no debería escribir a no ser que tenga cosas importantes y profundamente hermosas que decir, pero entonces debe decirlas con la mayor sencillez, como si estuviera intentando transmitirlas sin que se noten. Es lo opuesto a lo que hacen los idiotas de este siglo, pero es lo que consiguen hacer los grandes.» (Stendhal).







«La gente poco sensible al arte suele pensar que una obra de arte posee unidad cuando los mismos personajes actúan en ella de principio a fin, cuando todo se construye según un único plan de incidentes, o cuando se describe la vida de una única persona. Esto es una equivocación, y esa unidad solo parece real al observador superficial. La argamasa que hace que toda obra de arte sea un todo, de manera que produzca el efecto de una ilusión semejante a la vida, no es la unidad de persona o lugar, sino la relación moral del autor con el tema.» (León Tolstói).







«Flaubert, a quien solía ver en ocasiones, me cogió cariño. Reuní valor para mostrarle algunos ensayos. Los leyó amablemente y dijo: "No sé si tiene usted talento. Lo que me ha traído demuestra cierta inteligencia, pero no olvide esto, joven: el talento no es más que mucha paciencia. Trabajo".

Durante siete años escribí versos, escribí cuentos, escribí novelas, y hasta escribí una obra de teatro execrable. Nada de eso sobrevivió. El maestro lo leyó todo, y en la cena del siguiente domingo ampliaba su crítica inculcándome, poco a poco, dos o tres principios que resumen su larga y paciente enseñanza. "Si tienes originalidad —decía—, debes sacarla a la luz. Si no la tienes, debes adquirir alguna.» (Guy de Maupassant).

«Sea lo que sea lo que quieres decir, solo hay una palabra para expresarlo, un verbo que lo ponga en movimiento y solo un adjetivo para describirlo. Y por eso has de buscar esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, hasta que los encuentres, sin conformarte nunca con aproximaciones, sin recurrir a trucos y malabarismos verbales, por acertados que sean, para evadir la dificultad.» (Guy de Maupassant).

La música, a través de los auriculares, me acompaña...



domingo, 1 de septiembre de 2013

La Zona Muerta



[…] no hay duda de que la vida humana es un espectáculo triste: es fea, pesada y compleja. Para los hombres sensibles, el único objetivo del arte es «hacer que se evapore todo lo desagradable»… (Gustave Flaubert).



«Me llamo David  Sharp, y viajo con Asian Trekking. Tengo mucho sueño», respondió David Sharp a la  expedición liderada por Mark Inglis, cuando le preguntaron quién era, antes de que lo dejaran abandonado a su suerte.





Cuando decidí sentarme a escribir mi relato La Tierra sabía que lo primero que tenía que hacer era buscar información sobre los montes más altos del mundo. No  imaginaba que lo que iba a encontrar me dejaría un desagradable sabor de boca, que aún me dura. 


El relato iba a comenzar con la paulatina disminución de las montañas y relieves de la Tierra, disminución que no cesaría hasta que la superficie del globo no quedase bien lisa, como una perla. Por lógica, el primer monte que debía empezar a perder altura era el Everest.


Pero ¿qué sabía yo del Everest, aparte de que mide 8.848 metros de altura? Cuatro cosas; y como en la cima iba a situar a un grupo de científicos necesitaba conocer en qué condiciones tendrían éstos que realizar su trabajo.


Busqué en Internet y encontré que los últimos 848 metros hasta la cima son conocidos como «Zona Muerta» o «Zona de la Muerte», en donde apenas hay oxígeno para tenerse en pie; que la temperatura media en la cumbre es de -36°; que la nieve es tan blanda que a un helicóptero le resulta imposible posarse sin hundirse, y más cosas.



Pero también descubrí que el Everest es un filón explotado por empresas dedicadas a conducir turistas inexpertos hasta la cima, y que el camino a ella está sembrado de cadáveres. Hay uno al que llaman el «Saludador» porque ha quedado muerto en una postura que parece que saluda, y otro  al que conocen por «Botas Verdes», por sus botas color verde fosforito. Éste es un policía indio que murió en el llamado Desastre de 1996; su nombre era Tsewang Paljor.

 Los cadáveres sirven de referencia para la ascensión: «Quedan tres horas de subida hasta "Botas verdes"», suele decirse. 


Los cuerpos están allí, congelados, casi como recién muertos, y los que suben les hacen fotos y les toman en sus cámaras de video: en uno de los campamentos base, a un lado de las tiendas de campaña, se ve el cadáver de un montañero. Una persona se acerca a él con una videocámara y grava, fascinado por la muerte de un semejante; mientras, en las tiendas la vida sigue imperturbable.


Todo lo que iba leyendo sobre el Everest me descolocaba, y mi imagen romántica de la cumbre y de los intrépidos aventureros que se atreven a desafiarla se iba diluyendo a medida que avanzaba en la investigación; poco a poco, dentro de mí iba quedando un poso de amargura y decepción.


David Sharp
Leo el caso de David Sharp, un profesor de matemáticas inglés que murió tras pisar en solitario la cumbre del Everest el 15 de mayo de 2006. En el descenso, cuando está a poco más de ocho mil metros de altitud, se le acaba el oxígeno de las cuatro botellas que llevaba y empieza a sentir el mal de altura. Hasta cuarenta alpinistas pasan a su lado. Lo ven de pie, junto a una roca, luego manipulando una botella de oxígeno y, finalmente, sentado sin fuerzas en el suelo, en una oquedad, al lado de «Botas Verdes». Nadie lo socorre. Todos pasan a su lado y lo ignoran, abandonándolo a su suerte: nadie tiene intención de ayudarlo y renunciar a la consabida y estúpida foto coronando el Everest. Normalmente, todos los días hay hasta ciento cincuenta personas en el campamento base; el rescate de David Sharp no tendría por qué haber resultado muy problemático. El sherpa de la expedición de Mark Inglis, Dawa, fue el único que intentó salvarle la vida, pero ya era demasiado tarde; puede que si lo hubiera intentado nueve horas antes, cuando pasó por delante de David Sharp camino del Everest, el resultado habría sido otro. Pero había que llevar  la recua de turistas hasta la cima… 


Esto es lo que opinó sobre los hechos el alpinista neozelandés sir Edmund Hillary, primero en alcanzar la cima del Everest en 1953, junto al sherpa Tenzing Norgay:

Edmund Hillary
«Creo que, en conjunto, la actitud con la que se escala hoy el Everest es un horror. A la gente sólo le interesa llegar a la cima y no le importa lo más mínimo que alguien pueda estar en apuros. Durante mi expedición, de ninguna manera hubiéramos dejado morir a un hombre bajo una roca. Simplemente no hubiera sucedido. Si tienes a alguien que te necesita mucho y tú tienes fuerzas, entonces tu obligación es hacer todo lo posible para bajar a ese hombre, y el hecho de llegar a la cumbre se convierte en secundario



 

El deportista vasco Juanito Oiarzabal, declaró, en su momento: 
«Esa gente no puede ser considerada montañera. El Everest lleva años convertido en un circo, y cada año es peor. De hecho, yo no tengo el más mínimo interés en volver allí. Es un clásico: alguien está en problemas, la gente pasa a su lado y nadie se digna ni siquiera a mirarle a los ojos.»



Mark Inglis
Mientras David Sharp agonizaba, la expedición de Mark Inglis coronaba el Everest y él se convertía en la primera persona con piernas ortopédicas que alcanzaba la puta cima.

«Decidí no ayudarlo porque estaba muy mal (David Sharp), prácticamente muerto. No parecía estar bien equipado, no llevaba oxígeno, ni guantes adecuados» (Mark Inglis, justificando su decisión de no socorrer a David Sharp).


Once días después de la muerte de David Sharp, una expedición capitaneada por el estadunidense Dan Mazur se topa con el alpinista australiano Lincoln Hall —a pocos metros del cuerpo congelado de David Sharp—, al cual se ha dado por muerto la noche anterior:
«Sentado a nuestra izquierda, cerca, a unos dos pies de distancia de una caída de 10,000 pies, vimos a un hombre. No estaba muerto ni durmiendo, sino sentado con las piernas cruzadas, en el proceso de cambiarse su camisa. Tenía el traje desabrochado hacia abajo, hasta la cintura, los brazos fuera de las mangas; no llevaba sombrero, ni guantes, ni gafas de sol; no tenía máscara de oxígeno, ni regulador, picador de hielo ni oxígeno, ni bolsa de dormir; estaba sin colchón, sin comida, sin botella de agua.
Lincoln Hall
—Imagino que estará sorprendido de verme aquí —me dijo.
Fue un momento de total incredulidad para todos nosotros. Aquí estaba un caballero, aparentemente lúcido, quien había pasado la noche sin oxígeno a 8600 metros de altitud, sin el equipo adecuado y apenas vestido. ¡Y vivo!» (Dan Mazur).
Mazur detiene inmediatamente la ascensión; dan los primeros auxilios al australiano, piden ayuda al campamento base y se prepara una expedición de rescate. Lincoln Hall salva la vida, y muchos se preguntan si no la habrían salvado otros que fallecieron en el Everest, a los cuales se negó ayuda, entre ellos David Sharp. 

El Everest siempre estará ahí, puede esperar. La vida de una persona no» (Dan Mazur).



David Sharp





«En el Everest nunca estás solo, mamá, aquello está lleno de gente por todas partes», le dijo David Sharp a su madre, antes de partir.